| Revista Propuesta Educativa - Tomo 26

Escrituras y educación
Escribimos este editorial en un momento en que se abre una perspectiva
de esperanza para el país, con un nuevo gobierno que está
tomando decisiones claras y audaces para resolver la crisis institucional,
económica y social que venimos atravesando. Aun cuando los
resultados son todavía inciertos, constituyen signos auspiciosos
después de años en los que la caída política,
económica y social parecía no poder detenerse.
La recuperación de la esperanza, para algunos inesperada
y para otros buscada, debe ir acompañada de otras acciones
que sostengan y afiancen una construcción alternativa a las
políticas de exclusión que venían predominando.
Todos, gobernantes y gobernados, sabemos que hacen falta más
y mejores estrategias para producir las respuestas que se vienen
buscando. Habrá que ser creativos, y mantener la audacia,
para poder avanzar en esa construcción alternativa de la
que sólo tenemos algunas pistas.
La educación, en este marco, puede y debe tomar un rol protagónico.
La escuela pública sigue siendo uno de los pocos ámbitos
en los que el Estado todavía sostiene la promesa de inclusión
social. Los docentes y directores saben cuánto costó
y cuánto cuesta sostenerla en un contexto en el que muchas
otras dinámicas sociales expulsan a sus alumnos. Hay que
destacar que ese costo muchas veces lo pagan los mismos docentes,
tanto en términos económicos inmediatos (por sus magros
salarios o por lo que deben poner de su bolsillo para compensar
la falta de presupuesto) como en términos psíquicos
y afectivos. ¿Cuántos se detienen a pensar lo que
significa escuchar a diario el sufrimiento de los chicos y de sus
familias y en ese contexto hacerle lugar a la enseñanza y
el aprendizaje de la lengua, la matemática o la historia?
¿Cuántos evalúan el impacto concreto en los
docentes de la crisis de la autoridad del Estado y de la escuela,
que debilita entre otras cosas el sentido que tiene el ir a la escuela
para los chicos y que dificulta establecer normas para la vida en
común?
Hace poco el ministro de Educación de Brasil, Cristovam Buarque,
convocó a constituir un movimiento social por la educación
que aglutine fuerzas para colocarla en el centro de la agenda de
los nuevos gobiernos, y que pelee por mayor presupuesto educativo.
Evidentemente, sin mayores recursos será difícil mejorar
las condiciones de trabajo de docentes y alumnos, y por ende obtener
mejores resultados en los procesos de enseñanza-aprendizaje.
Pero junto a la discusión presupuestaria, es importante debatir
qué tipo de sistema educativo y de escuela queremos, para
que esos mayores recursos produzcan una educación más
inclusiva y más preocupada por construir otros futuros para
sus alumnos.
Estamos lejos de tener todas las respuestas. Creemos, además,
que hay que buscarlas colectivamente, desde las instituciones educativas
y desde la sociedad en general. Pero quisiéramos llamar la
atención sobre tres problemas de la educación que
nos parece serán decisivos para pensar qué sistema
educativo y qué escuela queremos en los próximos años.
El primer problema es revisar qué efectos tuvieron la reestructuración
social y la reforma educativa de los '90 en la profundización
de la desigualdad en la Argentina. Es sabido que esta década
implicó un ensanchamiento de la inequidad: la riqueza está
cada vez más concentrada y la pobreza más extendida.
Pero a la par que se profundizó la desigualdad, la enseñanza
secundaria y polimodal crecieron aceleradamente en América
Latina, a diferencia de otros países europeos y norteamericanos,
donde la expansión del nivel medio se produjo en tiempos
de crecimiento económico y constituyó parte de los
proyectos vitales de ascenso social para la mayoría de las
familias. Al mismo tiempo, puede señalarse que la brecha
entre provincias y entre sectores sociales se agrandó, y
que los índices de abandono, repitencia y fracaso escolar
crecieron significativamente conforme creció la pobreza.
Es importante señalar que este crecimiento no fue igual para
todas las jurisdicciones, y ello habla también de los sistemas
educativos provinciales y de la heterogeneidad de sus capacidades
políticas y técnicas. Conocer cómo y por qué
se dieron estos procesos será de vital importancia para diseñar
nuevas estrategias. También faltan análisis cualitativos
sobre los efectos de la reforma: sabemos poco sobre hasta qué
punto se transformaron las prácticas cotidianas, en qué
sentido se lo hizo, con qué nuevas lógicas y con qué
actores, y qué impacto tuvieron estas transformaciones en
la producción de estas nuevas desigualdades. Y a la par que
producir este conocimiento, hay que proceder rápidamente
a redistribuir posibilidades y recursos concretos para resolver
las cuestiones más urgentes.
Un segundo problema, común a todas las instituciones argentinas,
es la construcción de otra institucionalidad que recupere
la idea de un ordenamiento más democrático y participativo.
El sistema educativo, en todos sus niveles, debe promover también
una nueva institucionalidad, poniendo en práctica, o creando
donde fuera necesario, mecanismos de participación y de control
público, y trabajando para mejorar las leyes y normas existentes,
de manera que puedan ser más justas y más eficaces
en esa promoción del bien común. La igualdad es, entre
otras cosas, igualdad ante la ley; la destitución de cualquier
capacidad normativa desde el Estado, en el contexto actual, no hace
más que beneficiar a los más poderosos y profundizar
la situación de indefensión y desamparo de los desposeídos.
Es necesario reconstruir instituciones que tengan la capacidad y
la legitimidad suficiente para desarrollar políticas para
el bien común. Pero esa capacidad debe fundarse en un orden
democrático y apoyarse en el debate público colectivo.
Parece importante reactivar los mecanismos de participación
educativa que proponen las leyes, volverlos verdaderos foros públicos
donde se debata qué educación queremos, y crear otras
formas de gobierno donde fuera necesario.
El tercer problema es darles otro lugar a los docentes en la construcción
de una escuela más inclusiva. Los cambios culturales y sociales
de las últimas décadas, así como las políticas
educativas de los '90, tendieron a desautorizar a los docentes como
transmisores de la cultura. Se los puso bajo sospecha, con repetidas
quejas por su desactualización, su resistencia al cambio
y hasta por su supuesta "pereza" -con el argumento sobre
las pocas horas de trabajo diario y las extendidas vacaciones de
que "gozan" los docentes-. Nos parece urgente volver a
autorizar a los docentes como hacedores y constructores de la escuela,
como agentes centrales de la transmisión cultural y por lo
tanto responsables de una tarea de primer orden para toda la sociedad.
Ésta es una tarea que habrá que hacer desde el gobierno,
pero también desde los sindicatos docentes, los intelectuales,
los padres y los alumnos, los medios de comunicación y otras
organizaciones sociales. En esa reautorización, nos parece
importante que no prime la nostalgia por los viejos maestros, quienes,
más allá de sus virtudes, priorizaron muchas veces
la obediencia y la docilidad de los alumnos en vez de promover la
iniciativa y la pasión por el saber. Hay que imaginar nuevas
formas de autoridad docente más pluralistas y en diálogo
más abierto y sensible a la cultura y la sociedad contemporáneas.
Y hay que proponer formas de trabajo colegiadas, que ayuden a poner
en común los saberes disponibles, compartir esa escucha diaria
del sufrimiento y pensar estrategias de trabajo que conviertan a
las escuelas en espacios más hospitalarios y estimulantes
para todos los que trabajan allí. La creatividad y la audacia
también van a ser necesarias para repensar la escuela en
un sentido de mayor justicia y más democracia.
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