Este
libro se inscribe como un nuevo grito en el territorio de las
voces mutiladas de los niños y de las niñas violentados
por los adultos cuyo deber es cuidarlos y preservar sus derechos.
Es un grito nuevo que anticipa y anuncia la decisión de
tomar la palabra como definición política; proviene
de los llamados y de los quejidos de las víctimas1 y habrá
de desembocar en el discurso, así como otros en la música
y en la poesía.
Es un grito que se añade a los precedentes que han sido
escritos por quienes denuncian, advierten y sancionan; apela al
grito porque los niños y las niñas que ejercen sus
derechos gritan, protestan y encaran a los adultos siempre que
pueden hacerlo. No logran ser escuchados cuando las violencias
los arrollan, superan sus voces y estrangulan el asombro primordial
que los malos tratos les suscitan; porque desde que nacen esperan
que sean los adultos quienes los cobijen y sostengan; la vida
misma los posiciona en esa espera ineludible sin la cual no podrían
persistir como estadio humano. Es desde allí, desde esa
zona impuesta por la vida que los acoge en el tránsito
que ellos no buscaron, no eligieron y al cual se deben por haber
nacido, desde la espera confiada en los adultos, que se encienden
los asombros con que las violencias los vulneran, los dañan
y los aterrorizan.
La vulnerabilidad -del latín vulnerare, herir- incluye,
como ya ha sido descripto, la idea de recibir un golpe. Los eventos
dañinos o destructivos que tienen eficacia en los sujetos
pueden provenir de sus procesos psíquicos o del mundo externo.
También las comunidades pueden tornarse vulnerables cuando
sobre ellas se desatan catástrofes políticas o ambientales
y también cuando sus miembros -o significativa parte de
ellos- protagonizan sucesos vergonzosos. La perspectiva social
y económica es la que describe la vulnerabilidad como dependencia
inevitable de las desigualdades sociales que incluye la asimetría
de poder entre los sexos, o entre los géneros.
Haber elegido la vulnerabilidad y el desvalimiento como coordenadas
que posicionen a las organizaciones familiares como padecientes
y a la par responsables por los sufrimientos de los más
débiles pretende desactivar la ilusión que conduce
a suponer que, por definición, las familias serían
hontanar de paz y fortalecimientos amorosos para sus miembros.
Ilusión que acompaña a otras, por ejemplo, creer
que los escritos técnicos -como éste que presentamos-
aportan mensajes claves, proféticos y asumibles como garantía
de lo que “se debería hacer”, como si desde
nuestras subjetividades reenviásemos directivas destinadas
a corregir “el dolor y la injusticia en el mundo”,
cuando solamente encadenamos palabras derivadas de aquel grito
simbólico que proponemos para que vulnerabilidades y desvalimientos
adhieran a los nuevos sentidos que los lectores y las lectoras
quieran aportarles. Nos proponemos trabajar con la relación
que podamos establecer entre la palabra tomada y la significación
que cada cual le otorgue.
El valor de grito simbólico que desde aquí anunciamos
-y que desearíamos escuchar en vivo cuando cada criatura
indefensa y desasosegada soporta la violencia que el placer adulto
convoca- ha sido el motor de este trabajo en conjunto que por
una parte recupera ensayos anteriormente presentados en congresos
o editados, junto a la producción de nuevos textos y varios
artículos periodísticos, porque el periodismo escrito
es uno de los soportes decisivos en el esclarecimiento que el
tema reclama. Trabajamos juntos, incluyendo el aporte inédito
de los materiales que Silvio Lamberti, abogado, y Jorge Garaventa,
psicólogo, prepararon. A ambos les agradezco acompañarme
en este nuevo volumen que Ediciones Novedades Educativas ha imaginado
como necesario complemento de sus ediciones especializadas; tanto
Garaventa cuanto Lamberti han producido cuidadosos y rigurosos
textos que integran perspectivas técnicas y personales
cuya originalidad y sistematización incluyen novedosos
planteos en los estudios que se ocupan de vulnerabilidad, desvalimiento
y malos tratos.
Quienes escribimos perfilamos otros avances resultantes de actuales
investigaciones y otros derivados de las denuncias que ha sido
posible incluir en la justicia. Los malos tratos y abusos contra
niños y contra niñas históricamente acamparon
en el imaginario social como datos de una realidad capaz de avalar
injusticias, beneficios y acomodos para los adultos violentos,
a la vera de prejuicios, costumbres y coincidencias ideológicas
decimonónicas con aquellos jueces que deben estudiar cada
historial y sancionar a los responsables.
En la sala de audiencias no es pertinente gritar, pero en ella
las víctimas gimen, lloran y tartamudean ante las preguntas
de algunos jueces o secretarios de juzgado que no titubean en
poner en práctica una discursividad intrusiva, innecesariamente
detallista y por ende agraviante para la escucha de niños
y niñas que concurren al ámbito judicial en busca
de apoyo, defensa y sanción para los culpables. También
en este ámbito puede fracasar la confianza esperanzada
de quienes han sido victimizados por otros adultos.
La exposición que hacen las víctimas, desguarnecidas
ante algunos funcionarios de la justicia, abarca un capítulo
cuya trascendencia reclama espacios especializados que no podremos
incluir en este texto. Pero aun derivada hacia otros volúmenes,
dicha derivación irá acompañada por el grito
que sonorice el reclamo.
El grito simbólico cumple con la exigencia de ajustarse
a la escena que niños y niñas maltratadas protagonizan,
tornándola audible, ya que no es corriente que sea visible,
si exceptuamos los peritajes forenses que denuncian las lesiones
y las miradas de las docentes que diagnostican el tono azulado
que campea en el cuerpo de sus alumnos. Ésas son las vulnerabilidades
que las organizaciones familiares transitan, por golpeadoras o
por indiferentes, así como las instituciones jurídicas
cobijan las vulnerabilidades que ellas imponen a las organizaciones
familiares que recurren a ellas. Originan de ese modo el desvalimiento
que resulta de carecer de recursos para hacerse escuchar, cuando
son las instituciones las que levantan la voz en nombre de una
justicia cuyo alarido -pretendidamente justiciero- acalla los
reclamos de quienes demandan por haber sido vulnerados. Ésta
es la peor de las violencias que las instituciones derivadas del
Derecho pueden abarcar, particularmente cuando es posible comprobar,
en su antítesis, el cumplimiento irreprochable y certero
de quienes asumen la defensa de las niñas y los niños
en ejercicio de sensatez y -como los expertos dicen- “estando
a derecho” de las víctimas; así ocurre en
los historiales en los que las vulnerabilidades se acogen a la
esperanzadora voz que dictamina en su favor.
Hemos omitido, por razones de espacio, las vulnerabilidades asociadas
con el trabajo y la explotación que padecen niños
y niñas tramitados como esclavos; también silenciamos
-a pesar de haber dedicado anteriormente varios artículos
al tema- el desvalimiento que padecen los chicos de las comunidades
indígenas que son los descendientes de los pueblos originarios,
así como la vulnerabilidad y el desvalimiento y la victimización
que sobrellevan niños y niñas con necesidades especiales.
Sabemos que es preciso enunciar, meticulosamente, la nómina
de violencias que ellos y ellas padecen.
Como corolario de aquello que este volumen no aborda, dejamos
constancia de que “más del 56 por ciento de menores
de 14 años es pobre en la Argentina”,2 es decir que
el porcentaje de vulnerabilidades y desvalimientos que podemos
inferir como efecto de vivir en la pobreza (en oportunidades en
la pobreza extrema) abriría mosaico de ejemplos ilustrativos.
La violencia contra los chicos construyó una identidad
política y se instituyó como tal al oponerse, diferencias
mediante, al trato que los adultos están obligados a aportarles
a los más pequeños y que la Convención de
los Derechos del Niño3 rubrica.
Cualquier identidad precisa construirse en relación con
el otro o con lo otro: eso otro es el trato debido, opuesto al
favorecido por las violencias. Al mismo tiempo, la característica
proteica de cualquier identidad obliga a que ésta sea cambiante
y modificable por acumulación, cambio o pérdida:
o sea, la identidad política que adquirió el concepto
“violencia contra los chicos” progresivamente incluye
nuevas prácticas y posibilidades para violentar, mientras
suprime otras. Dependerá de la vulnerabilidad de los sujetos
y del desvalimiento que pueda acogerlo. Si la antigua amenaza
“viene el cuco“ o “te lleva el viejo de la bolsa”
caducó en su eficacia, las amenazas contra los chicos responden
a otros códigos e implementan otros personajes.
Decir que adquirió, como discurso y como registro de realidad,
una identidad y lugar propios, se debe a que es posible reconocer
dichas violencias como legítimamente establecidas por quienes
son indiferentes acerca de ellas o complacientes con su ejercicio;
y contrastantes con lo diferente del trato cuidadoso y acorde
con la protección integral que niños y niñas
ameritan.
Aunque el conflicto es circunstancia definitoria de los procesos
sociales y psicológicos, se torna difícil incluir
esta oposición violencia/buen trato como una dimensión
conflictiva que forma parte de lo esperable en el intercambio
comunitario. Una lógica bivalente que separase bueno de
malo, justo de injusto, arriesgaría homogeneizar los hechos
violentos y a las víctimas. Precisamos dislocar los contenidos
de la expresión “violencias contra niños y
niñas”, que desemboca en un magma indiscriminado,
para discernir no sólo las especificidades que hace tiempo
han sido clasificadas, sino las autorizaciones psicosociales que
las avalan.
Precisamos multiplicar los gritos simbólicos rumbo a la
toma de la palabra, que a su vez demanda infraestructuras políticas
y socioeconómicas, tan frecuentemente anudadas con silencios
y complicidades. En esta tarea denunciante, clamante y pretendidamente
reparatoria, los medios de comunicación ocupan un lugar
significativo.
Eva
Giberti
Notas
1. Acaba de inaugurarse una campaña: “Un grito de
protesta puede acabar con mil gritos de dolor”. Amnistía
Internacional ha documentado un aumento del uso de la tortura
en la llamada “guerra contra el terror”. Súmate
a nuestra campaña contra este escándalo universal
y grita NO A LA TORTURA, http://xprofiler.ch/dispatcher/service?dh=50712122347130520&a=50719120609509365>
No nos caben dudas acerca de la condición de sujetos torturados
en la que corresponde incluir a los niños, a las niñas
y a los adolescentes de quienes hablamos en este libro.
2. El 56,4 por ciento de los menores de 14 años, en la
Argentina, vive en hogares pobres y el 24,1 por ciento está
por debajo de la línea de indigencia, según datos
del instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC).
De esta manera, la pobreza afecta a 4,5 millones de niños
que viven en la Argentina (segundo semestre de 2004).
La Convención considera al niño como sujeto, esto
es, como titular de todos los derechos que corresponden a todas
las personas, más derechos específicos por encontrarse
en una etapa de la vida de crecimiento. Sin embargo, cada vez
que la Convención Internacional sobre los Derechos del
Niño reconoce un derecho lo limita por razones diversas,
en general por la madurez, capacidad para formarse un juicio propio,
desarrollo emocional o interés superior del niño
-arts. 12 y 14 de la Convención- (Mary Beloff, en “Un
modelo para armar -y otro para desarmar-: protección integral
de derechos vs. derechos en situación irregular”).