Lucho Milocco

Argentina

Nací en un pequeño pueblo del interior de Santa Fe, Sastre, en medio de la pampa litoraleña, un territorio en disputa entre la cumbia y el cuarteto, pero por herencia, folclorista; un pueblo de seis mil habitantes, reconocido en su región por la riqueza musical que caracteriza a su sociedad.

Sería imposible hablar de la infancia en mi pueblo y no mencionar la importancia y trascendencia de los carnavales como una huella de la niñez. Si bien la raíz de aquel fenómeno comienza en la década del sesenta con la fundación de la banda municipal (de la que luego formé parte), adquirió el estatus de ritual con los carnavales y su comparsa. Hace más de cincuenta años, llegaban a la población grupos de músicos y bailarinas brasileñas para ser la banda de sonido de los carnavales durante las noches que duraban los festejos. Cada año se repetía el ritual. Con el paso de las décadas, el pueblo, que ya llevaba por adopción el ADN de los ritmos brasileños, armó su propia comparsa con las partituras de marchinhas y sambas.

De niño, era tan importante la llegada de las fiestas de fin de año como de los carnavales en los veranos. Uno se cría con esa emoción, con ese disfrute, que se manifiesta sonoramente en la comparsa, en su percusión y en esas melodías del Brasil que tocaban los vientos. Ese es el sonido de la felicidad en mi infancia. Y nos constituyó como individuos, ya que es una fiesta en la que el pueblo se entrega por completo y termina resultando que uno se encuentra con que el sodero toca el trombón; el dentista, el bombo; la profesora de matemáticas toca el saxo; el policía, la trompeta y la doctora baila en la comparsa. Allí, la música y la danza son un bien público para la sociedad sastrense. Digamos que esa fue una de las primeras escuelas en términos sociales.

En el seno familiar, soy el menor, y tengo dos hermanas mayores. Mi papá es músico, como consecuencia directa de todo el proceso que antes mencionaba en el pueblo. Fue docente de teatro, director de coro, tuvo sus grupos musicales, un artista de la madera; es amante de la poesía y la escritura y fue quien me incentivó a escribir de chico cuentos, obras de teatro y poemas. Mi mamá es docente y ejerció su profesión en nivel inicial, primario y secundario; también amante de la literatura y trabajó durante décadas como bibliotecaria de la escuela, donde transcurrió mucho tiempo de mi niñez. A su vez, ambos fundaron y llevaron a cabo durante muchos años un grupo de recreación y campamento para niñas, niños y adolescentes, lo que hacía que mi casa estuviera llena de jóvenes trabajando y planificando cada jornada entre juegos de ingenio, chistes, teatro, música y trabajo comunitario.

En ese hermoso cambalache aconteció mi infancia, entre el folclore, la cumbia, el cuarteto, la música brasileña del carnaval, los libros, los campamentos en el monte, el teatro, la madera, la escuela y, por supuesto, los amigos, las calles y las chozas. Ya en mi adolescencia empecé a sumergirme más, como una real elección, en la literatura, el teatro y la música.

Cuando cumplí los 18 años dejé el pueblo para buscar otro camino y allí fue que, luego de algún tiempo, empezó a volver, casi sin buscarlo, todo aquello que alimentó mi infancia. Estando ya en Buenos Aires con distintos proyectos musicales, comencé a trabajar con recreación en jornadas de campamentos para escuelas con niños y niñas de nivel primario y, casi al mismo tiempo, empecé a ejercer la docencia en nivel inicial. Fue por esos años que conocí a Cássio y a Eva, y al tiempo que nacen las amistades, surgió PIM PAU.

Libros del autor

Pim Pau. Arte y educación en las infancias


Harvez, Milocco y Carvalho
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