¿Qué función cumplen los padres de un niño?

¿Qué función cumplen los padres de un niño?

Perspectivas psicológicas y modelos vinculares (74)


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Fernando Osorio propone una serie de conjeturas respecto de los destinos de la función parental. Analiza el descrédito de la palabra del adulto que oscila entre la omnipotencia y la impotencia, en relación a la vivencia de autoridad y a la puesta de límites, dejando a los niños desprotegidos ante un mundo hostil. Recorre los modos en que se aceptan y naturalizan en la cultura moderna algunas transgresiones que resultan perjudiciales para la salud mental de un niño.
También repasa algunos conceptos fundamentales de la psicología: los procesos de constitución subjetiva, las etapas de la evolución psicosexual, los lugares que un hijo puede ocupar en la constelación familiar y en la fantasmática parental y el valor que tiene el circuito de la demanda entre padres e hijos.
Estas reflexiones se pueden transformar en herramientas para entender los motivos profundos de ciertos acontecimientos y para que los adultos comprendan las situaciones cotidianas de la infancia cuando deben tomar decisiones y actuar frente a determinadas encrucijadas.

Introducción
Capítulo 1.
El valor de la función materna
Capítulo 2.
El lugar del niño como equivalencia simbólica
Capítulo 3.
La represión del padre
Capítulo 4.
La vigencia de un mito
Capítulo 5.
La temprana manifestación de la sexualidad infantil
Capítulo 6.
Los objetos del mundo del niño: la disarmonía del objeto de satisfacción


Fernando Osorio

Psicólogo (UBA, 1989). Se desempeñó de 1992 a 2000 como coordinador del Equipo Interdisciplinario del “Programa de Rehabilitación Psicosocial Infanto-juvenil para Menores en Conflicto con la Ley Penal” (Consejo Nacional del Menor y la Familia). Realizó estudios de posgrado en la Facultad de Derecho (UBA) y en la Facultad de Psicología (UBA). Actualmente es columnista en la revista Caras y Caretas que dirigen Felipe Pigna y María Seoane.
Recibió el auspicio de la UNESCO para el dictado de su Seminario “Violencia en las escuelas”, actividad que realiza desde 2003 en la Facultad de Derecho (UBA) y fue declarada de “Interés educativo” por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y por la Comisión de Educación del Senado de la Nación.
En 2009 presidió el Comité Organizador del “1er Congreso Internacional sobre Conflictos y Violencia en las Escuelas”.

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Es necesario volver a pensar lo que se perdió de la familia; revisar nuevamente los destinos erráticos de la función parental y analizar las consecuencias que generaron, en los niños y en los jóvenes, esta pérdida y este desequilibrio social.
Los docentes del nivel inicial se preparan para responsabilizarse de un saber hacer y de los efectos que produzca su intervención, porque son los primeros adultos responsables de la socialización secundaria. Pero, muchas veces, los desequilibrios sociales superan cualquier buena intención y el educador se ve obligado a resituar no sólo su intervención, sino su saber, resultándole difícil no ser tildado de conservador o liberal.
Para algunos hechos de la vida cotidiana de la escuela, siente que francamente no tiene los recursos. Los niños en la actualidad se crían sobre preceptos que la posmodernidad se cuestiona poco y nada: la decadencia de la autoridad paterna; el desequilibrio en los roles sociales de la justicia y la seguridad; la promiscuidad sexual; los consumos y los abusos de casi cualquier sustancia o mercancía. Estos imponderables se transforman en los parámetros sobre los cuales los niños de este siglo se identifican. Y son, precisamente, las organizaciones escolares del nivel inicial las que padecen prima facie este desequilibrio.
El rol maternalizado del docente de nivel inicial
Es esperable que un docente del nivel inicial se desentienda del imperativo categórico que lo coloca como “segunda madre”. La maternalización del rol es una consecuencia de la deformación profesional, no importa el género. Tanto una maestra como un docente varón pueden maternalizar el rol y caer en el imperativo: segunda madre.
El ingreso de un bebé al jardín es un movimiento subjetivo que tendría que poder ayudarlo a demarcar un límite, un territorio distinto. No es con una segunda madre o con un padre maternalizado con quien debería encontrarse. Las diferentes percepciones, los contrastes y las frustraciones suelen permitirle a un niño sano un progreso de su maduración psicoafectiva que no hay razones para impedir, simulando que nada cambia. Es justamente desde la frustración y la adaptación a esas nuevas experiencias que el bebé y el niño pequeño podrán cumplir con determinadas operaciones de separación de su madre. En general, la experiencia indica que no lo favorece encontrarse con una segunda madre, indistintamente del género del docente de inicial, que intenta reproducir, de modo renegatorio, una escena familiar o maternal.
Es el bebé quien llega a un mundo vertiginoso y cambiante. Es responsabilidad del adulto acompañarlo para que pueda adaptarse a ese mundo; no lo contrario. Pretender que sea el mundo circundante el que se acomode al niño es presentarle una realidad que no coincide con la materialidad que lo rodea, con la que vivirá en un futuro. Los niveles de frustración de los que se lo quiere preservar pueden llegar a ser finalmente mucho más dañinos para su psiquismo, debilitado por esta acción, cuando tenga que enfrentarlos.
Suelen escucharse, tanto en la consulta clínica como en las organizaciones escolares, madres que preservan esta conducta renegatoria para que nada cambie. Entonces establecen, por ejemplo, un “absoluto” silencio mientras “su majestad el bebé”(1) duerme o come; mantienen en penumbras los sitios por los que circula; no le entregan el infantil sujeto a ninguna persona; no confían a nadie su cuidado; no pueden dejarlo; no pueden separarse; no pueden habilitar a nadie para que cumpla una función que consideran imposible de delegar. Se hace evidente que son ellas las que no pueden dejar a los niños en el jardín y postergan los períodos de adaptación hasta más allá de lo esperable.
Si las organizaciones escolares, en el nivel inicial, trabajan específicamente la separación gradual entre madre e hijo, para que pueda comenzar el proceso de socialización secundaria,(2) nada más lejano será construirle un mundo ficticio, tal como el de segundo hogar o segunda madre.(3) Muchos docentes del nivel inicial se maternalizan en la relación con las madres de sus alumnos. Suelen hacer alianzas sobre determinadas cuestiones atinentes a la crianza, favoreciendo y promoviendo al niño para que no se encuentre con frustraciones, tal como quiere su madre. Y justamente los docentes deben poner en práctica esas acciones que frustran al niño y le muestran que el mundo no pasa sólo por la relación con su madre. Un ejemplo muy habitual se produce cuando una madre solicita al docente de su hijo que realice determinada acción que ella omitió o no pudo hacer; cuando pide cierta complicidad para que el niño reciba un trato preferencial con relación a los demás, o determinado acompañamiento; a veces el pedido es ocultar algún error que la madre pudiera haber deslizado. Allí aparecen algunos docentes de nivel inicial cubriendo, para que el niño no se frustre, con la excusa de que él no tiene la culpa de la negligencia o la sobreprotección de su madre. Y no advierten que están renegando una situación que tiene que ver con la realidad material en la que vive ese niño, lo que es complejo para su psiquismo.
Resultaría perjudicial para un bebé o un niño pequeño, física y mentalmente sano, la postura que sostienen determinadas teorizaciones de la psicología, de darle continuidad a la función materna(4) dentro de la organización escolar. Especialmente las psicologías posfreudianas que responden a la psicología del self, del yo, de las defensas yoicas. Todas estas teorizaciones apuntan al fortalecimiento de una estructura consciente que le permite al sujeto una supuesta autosuperación de sus problemas. En general, toda la escuela inglesa y americana se alinea en este sentido. El origen tiene su fundamento en la psicología conductista, luego la psicología sistémica y actualmente en las neurociencias y la neuropsicología.(5) Estas formulaciones postulan que el sujeto sabe de sí mismo y tiene los elementos suficientes para hacer consciente lo inconsciente y poder superar las represiones primordiales. Responden así a un criterio capitalista que tiende a reintegrar y rehabilitar a los sujetos al sistema productivo, puesto que un sujeto enfermo no produce y genera una pérdida económica al Estado. Para ello hay que implementar estrategias epidemiológicas que inserten a los sujetos enfermos nuevamente en el sistema, pero a cualquier precio. Ésta es la razón del auge de la medicalización en esta época.
El jardín de infantes no puede olvidar su categoría de organización para la educación. Y si bien los docentes de nivel inicial desarrollan acciones que pueden estar emparentadas con funciones familiares de crianza, tales como la higiene, la alimentación, el sueño o cualquier otro hábito de la vida diaria, no se trata de una crianza familiar. Para esta última está la familia, la que tampoco debería perder esto de vista.
Algunas posturas teóricas de la psicología moderna sostienen que, si al niño se le ofrece algo muy diferente de lo que le brinda la madre, se atentaría contra su psiquismo. Y es precisamente desde lo diferente, desde lo que no está más, desde lo que no encaja exactamente, desde donde el niño progresará en su desarrollo psíquico.
Maternidad y maternaje
La noción clásica de maternaje sugiere que la mujer que se convierte en madre desarrolla instintivamente una función de cuidado, una serie de procesos psicoafectivos con relación a su bebé. Esta noción no contempla la ambivalencia como proceso psicoafectivo en la madre. Es decir, no avala, como conducta materna, el posible rechazo que una mujer pueda sentir por su hijo recién nacido o al que directamente no identifica como hijo. Tampoco contempla lo que le pasa a una mujer que da su consentimiento para dar en adopción a su bebé o a aquella mujer que puede dejar en una bolsa de residuos al recién nacido. Ninguna de estas mujeres desarrolla el llamado “instinto materno”, por lo cual no puede hablarse de instinto materno, ni de maternaje como acción psicogenética que se produce luego del parto, porque la noción de instinto no es selectiva en los animales inferiores, se cumple en todos los miembros de la especie.(6) Y si no se cumple es porque hay una anomalía genética o una mutación. En el caso del abandono humano, no se ha demostrado tal anomalía psicogenética, a pesar de los esfuerzos que hace la ciencia moderna para encontrarle, a todo, una explicación medible.(7) La antropología moderna, a través de los estudios de género, de notable actualidad en Latinoamérica, ha podido reubicar esta noción.(8) Delimita la cuestión de la maternidad específicamente a la capacidad de la mujer para gestar y parir y refiere como maternaje a la acción aprendida por parte del adulto con relación a su hijo, en lo que hace al cuidado, la crianza y la responsabilidad que tienen sobre él. Y lo novedoso de la propuesta es que no limita esta función a la mujer.(9) Corresponde decir, entonces, que este aprendizaje psicoafectivo que desarrolla, o no, un sujeto luego del parto, con relación al recién nacido, se cumplirá en determinadas condiciones. Estas circunstancias tendrán que ver con el estado de salud física y mental del sujeto que gesta y pare y de la salud física y mental de quienes se transforman en el entorno de ese sujeto convertido en madre –prioritariamente del sujeto que cumpla la función paterna–. Este último rol será el puente que se construirá entre madre e hijo para que puedan separarse y mantener distancia, pero seguir enlazados en el afecto.
Cruzada normalizadora
Dado que los docentes de nivel inicial son los primeros en encontrarse y tratar con las actuales transformaciones familiares, resulta importante detenerse a pensar el modo en que se presentan algunas familias modernas en el jardín.
Desde estas páginas se intenta sostener una posición teórica y ética que está siendo fuertemente cuestionada. La actual es una época en la que se intenta cuestionar todo.(10) Entre muchos otros, este cuestionamiento se refiere al intento posmoderno de equiparar los sexos.(11) Existe ante la ley una igualdad como seres humanos y existe una igualdad con respecto a los derechos y obligaciones como ciudadanos, tal como se sostiene desde las nuevas legislaciones, sobre todo a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU 1948). Pero una cuestión muy diferente es creer que hay igualdad entre los géneros respecto de la sexualidad y de las prácticas sexuales. El intento de equiparar y normalizar cualquier conducta sexual posibilita, entre otros aspectos de la cuestión, que los medios masivos de comunicación hagan apología de determinadas prácticas sexuales, como es el caso del travestismo. Del mismo modo, posibilita que ciertos grupos fundamentalistas pretendan la normalización de algunas aberraciones sexuales, como la pedofilia. De hecho un tribunal holandés, en el 2006, se negó a prohibir un partido político de pedófilos que pretenden, entre otras cosas, bajar la edad de consentimiento para tener relaciones sexuales de los dieciséis, como es actualmente en Holanda, a los doce años.(12)
En este libro expondremos aspectos de la conformación familiar que pueden percibirse muy conservadores, porque sostendremos la necesidad de una conformación familiar “tradicional” como punto de partida para la salud mental de un sujeto.(13) Esto quiere decir que se espera que haya:
1.         un padre que funcione como tal, poniendo límites a sus hijos y tomando a su mujer como causante de deseo sexual y de amor, y
2.         una madre que no abuse de su omnipotencia materna y que pueda nombrar a un hombre como el padre de sus hijos, a quien ame y en quien pueda apoyarse para criarlos, respetando la distribución de roles que la cultura impone.
Esta moderna equiparación de los sexos, sostenida por muchas agrupaciones civiles, no apunta sólo a los derechos humanos, que por supuesto son incuestionables. Esta equiparación termina planteando que cualquier presentación sexual, por ser parte de esta cultura, es normal. Para algunos teóricos modernos pareciera que da lo mismo que la función materna o paterna sea cumplida por una mujer o por un hombre. Da lo mismo tener dos padres del mismo sexo que una madre soltera, o que dos mujeres al frente de una casa.
La realidad de la vida cotidiana, en muchos lugares del mundo, demuestra que los niños y los jóvenes no se están criando con la salud mental que esa equiparación posmoderna pretende.
El psicoanálisis postula, tal como lo señalábamos más arriba, que lo instintual no existe en el humano, sino que todo su bagaje psicogenético se desarrolla según el entorno de crianza. A partir de esta enunciación, se ha desarrollado una corriente teórica, de mucha pregnancia en la cultura occidental, que justifica cualquier conducta sexual calificándola como “normal”.(14) Esta corriente normalizadora de las conductas sexuales desviadas tiene muchos matices y representantes. Y, actualmente, hay un enfrentamiento entre teóricos de las diferentes corrientes. Los posmodernos censuran a quienes sostienen que no da lo mismo cualquier conducta sexual, calificándolos de conservadores o moralistas.
No se trata de ser conservador. Se trata de no sostener, a ultranza, conductas y discursos francamente renegatorios. Si efectivamente la homosexualidad fuera natural y no una desviación de la conducta, tal como lo afirman estos teóricos posmodernos, la raza humana tendría señalada la fecha de su extinción por falta de reproducción. Si efectivamente la reproducción y supervivencia de la raza sólo se sostiene en la unión heterosexual, es porque algo “no natural” ocurre en la homosexualidad. No se trata de una opinión homofóbica o discriminatoria. Nada más lejos en la intención de este autor. Es fundamental respetar los derechos humanos y que cada sujeto pueda vivir como ha elegido. Lo que comienza a complicarse es que no se reconocen los límites que tiene esa elección. Aunque se quiera renegar de esto, la homosexualidad no garantiza la reproducción ni la supervivencia de la raza. Para que una pareja homosexual pueda tener hijos deberá acudir a un partenaire del otro género, aun a través de la más alta tecnología reproductiva, aun sin tener el más mínimo contacto con el otro sexo.
La actitud renegatoria de algunos sujetos homosexuales no garantiza la salud mental de los niños que pudieran criar. Porque se los criará desde la creencia de que se puede prescindir del sexo opuesto. Sobre todo en la polémica actual sobre la adopción. La renegación es un aspecto del psiquismo humano que produce muchas alteraciones mentales. Es un concepto que el psicoanálisis ha desarrollado para explicar la actitud que algunos sujetos desarrollan con relación a la ley y a la normativa que los atraviesan en su inserción a la cultura. Sin esta ley y esta normativa no hay sujeto de la cultura; hay salvaje. Sin el extremo del salvajismo, la renegación construye un tipo de sujeto que pretende desconocer la legalidad de algunos asuntos. Para el psicoanálisis, la renegación es el mecanismo que desarrollan los sujetos perversos para evadir la legalidad que lo atraviesa. Y si bien no le suponemos a la homosexualidad, ni al homosexual la categoría de perversión o de perverso, sostener una vida homosexual criando hijos como si se tratara de una pareja heterosexual requiere sostener ciertos niveles de renegación.(15)
Y no se trata de entrar en la vulgar polémica de si son o no roles culturales que puede cumplir cualquier humano. Por supuesto que el rol materno o paterno lo puede cumplir cualquier humano; de hecho, en muchas familias es así: padres feminizados y maternales y madres omnipotentes, masculinizadas y fundamentalistas. No obstante, las consecuencias de esa alternancia pueden producir serias perturbaciones para quien reciba ese cuidado. Por supuesto que no da lo mismo, para un bebé, que la función materna la cumpla un varón y no da lo mismo que una mujer cumpla la función paterna. Esta desviación normativa y cultural tendrá como primera consecuencia una acción renegatoria sobre la formación de ese sujeto. Y quien se cría en un contexto renegatorio muy bien puede incorporar ese rasgo como condición de subjetividad.
Si en una familia de padres heterosexuales, con roles invertidos, se producen severas perturbaciones en el psiquismo de los niños, no hay duda de que las consecuencias serían mucho más graves en una familia homoparental.
No se trata de pretender que un sujeto pueda cumplir mejor que otro una determinada función o rol social, de lo que se trata es de no negar la diferencia sexual anatómica de los sujetos que pueden cumplir esa función; sin considerar la marca que imprime en un hijo esta renegación.
Socialmente para un niño no es lo mismo presentar dos padres varones, o dos padres mujeres, a sus compañeros de escuela. Esa presentación está hablando de algo. Allí, en esa presentación, se advierte que falta algo. ¿Qué falta? Posiblemente, a la pareja de mujeres le falta el reconocimiento de que para tener al niño hizo falta un hombre. Y, en el caso de la pareja de varones, que hizo falta una mujer. Si hay algo que se intenta negar, en esta modernidad sexual de la igualdad, es la diferencia sexual anatómica.
Corresponde, a esta altura, hacer un recorrido breve sobre lo que se denomina actualmente “cruzada normalizadora de las perversiones”. En estos últimos años, los medios masivos de comunicación le han dedicado grandes segmentos al controvertido tema de la unión civil entre personas del mismo sexo. Esto ha ido generando otros debates: ¿se trata de una intención normalizadora de las perversiones? Este debate no deja alternativas para una reflexión más a fondo. Sólo hay contraposición de argumentos detrás de discursos moralizantes contra otros funcionalmente permisivistas y renegatorios. Ni la heterosexualidad ni la homosexualidad, ni ninguna otra condición sexual humana garantizan la felicidad, el bienestar o la salud. Lo que no se está pudiendo pensar en esta discusión es, justamente, que los asuntos de la sexualidad humana no resisten el debate público. Los mismos argumentos que se utilizan para destruir a una pareja homosexual podrían ser utilizados contra una pareja heterosexual. La condición erótica del ser humano, íntima y privada, es violentada en nombre del “interés público” y el debate social que son, por excelencia, los nuevos discursos de poder, posmodernos.
Nótese que antiguamente las fuerzas políticas que regulaban las prácticas
sexuales en Occidente eran: el derecho canónico, la pastoral cristiana y la ley civil.
Dicha regulación no hacía más que una violenta intromisión en la vida privada de las personas.(16) Hoy estas fuerzas han dado lugar a un discurso reivindicatorio de ciertas prácticas sexuales que, si se está atento, deja nuevamente en aguas turbias la delimitación entre lo público y lo privado. El argumento histórico equiparaba las perversiones con un acto delictivo, ya que su expresión no estaba dentro de los preceptos y tradición judeo-cristianos. La desviación sexual fue tomada por importantes juristas de los últimos dos siglos como el organizador psíquico de un delincuente. La desviación sexual se tomó como el potenciador o la semilla de toda una conformación alterada y peligrosa de la conducta y del comportamiento, que sólo merecía un castigo ejemplar. El progreso de la técnica y la imposición de la tecnología industrial violentaron mecanismos de poder político para controlar a los hombres en sus desviaciones (de cualquier naturaleza) con la intención de rescatarlos como fuerza de trabajo y para disciplinarlos. Es decir, cambió el escenario, pero no las intenciones.
Los tiempos pasaron y los mecanismos de poder se acomodaron a los nuevos tiempos. Así, los dispositivos de control social debieron provocar un giro normalizador en su discurso, dada la creciente oposición de grandes grupos sociales (aunque minorías) embanderados en los derechos humanos y contra la discriminación, a quienes se debía comenzar a incluir en los circuitos productivos, léase globalización. La desviación sexual pasó a ser, en esta nueva ola discursiva, una “elección de vida”. Los seres humanos pasaron a ser libres electores de su condición erótica, sin importar los condicionamientos intrapsíquicos y sociales de esa desviación. La condición sexual del hombre, íntima y privada, pasó a ser de “interés público” y debate social.
¿Cómo algo que fue cruel e injustamente castigado es ahora ensalzado? Tanto contraste no hace más que echar un manto de sospecha sobre cuál puede haber sido en aquel momento y ser hoy mismo el interés político, económico y social puesto en juego sobre estas minorías. La llamada normalización es una máscara que obtura la posibilidad de hablar del sufrimiento del hombre, de lo traumático, del dolor de su existencia, de su soledad frente a lo que verdaderamente no puede manejar. Imponer la idea de que la condición sexual de un sujeto es una elección y de que, por esa razón, hay que respetarla y no conmoverla, es falaz. El punto oscuro de todo esto es si el sujeto sufre o no por esa “supuesta” elección, y esto no es un debate público, no debiera serlo. Hay un discurso político que opera detrás del sujeto. O, mejor, que lo atraviesa y que lo piensa en términos de producción económica, sin importarle su subjetividad, su deseo, su sufrimiento. Esta vez no hay hogueras, ni censura, ni persecución social. Esta vez, la llamada normalización (cruzada normalizadora de las perversiones) opera como un aparato de poder y saber que amenaza nuevamente con olvidarse de la dignidad del hombre, exponiéndolo públicamente y forzando legislaciones sobre cuestiones que deberían ser absolutamente privadas.
¿Por qué toda esta advertencia? Porque en el texto que sigue se advertirá un tono, el del autor, que podría considerarse del período romántico de la historia cultural del hombre. En las páginas que siguen hay un ideal que tiene que ver con volver a pensar lo que se perdió de la familia, los destinos erráticos de la función parental y lo que generó, en los niños y en los jóvenes, esta pérdida. No da lo mismo ser hombre que ser mujer, desde el punto de vista subjetivo, para un hijo. La sexualidad se construye desde la cultura y desde los ideales parentales. Estos ideales y normas no deberían ser transmitidos desde una actitud renegatoria sobre los hechos, enmascarándolos en asuntos culturales o de derechos humanos.(17) Y, como dijimos, los docentes de nivel inicial, al ser los primeros que soportan el encuentro con la familia moderna transformada, deberán estar preparados para ello.
 
Notas
1. “His majesty the baby” es una formulación de Freud en su Introducción del Narcisismo (1914, cap. 2): “His majesty the Baby, como una vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres; el varón será un gran hombre y un héroe en lugar del padre, y la niña se casará con un príncipe como tardía recompensa para la madre. El punto más espinoso del sistema narcisista, esa inmortalidad del yo que la fuerza de la realidad asedia duramente, ha ganado su seguridad refugiándose en el niño. El conmovedor amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo redivivo de los padres, que en su transmutación al amor de objeto revela inequívoca su prístina naturaleza” (Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu).
2. Berger y Luckman (1968) exponen la noción de socialización secundaria, que tiene lugar una vez producida la socialización primaria en el seño familiar, pero que prosigue a todo lo largo de la vida y que tiene que ver con la tarea de iniciarse en los roles propios de la vida social. Este proceso se pone en marcha cada vez que una persona entra en una situación nueva y tiene que asumirla como algo que afecta su vida de manera estable y continuada, y que “está mucho más bajo el control de la persona que la primaria” (en Berger, P. y Luckman, T., La construcción social de la realidad, Buenos Aires, Amorrortu, 1968).
3. Se pueden consultar muchísimas opiniones sobre este tema en un Weblog: “Madre, padre, tutor o encargado. El lugar de los padres en la escuela de hoy”, en: weblogs.clarin.com/educacion/
4. Otros trabajos sobre el tema en “El proceso reproductivo. algunas consideraciones sobre el maternaje”, de Ignacio González Labrador, en Revista Cubana de Medicina (La Habana, 2001).
5. Sobre los avances de la epidemiología neoliberal se puede leer: Sandra Yannuzzi y Fernando Osorio, Inteligencia y subjetividad. Encrucijadas de la psicopedagogía clínica y del psicoanálisis (Buenos Aires, Noveduc, 2006).
6. Acerca del amor maternal como naturaleza o cultura se puede consultar el trabajo de Banditer, Elizabeth: ¿Existe el amor maternal? (Barcelona, Paidós- Pomairé, 1981) y también el libro: Banditer, Elizabeth, XY, la identidad masculina (Bogotá, Norma, 1993).
7. Algunas investigaciones en Chile señalan que el desarrollo de la función de maternaje sería la expresión de un gen determinado y no un aprendizaje. Se puede consultar: Hernández G., Guillermo; Kimelman J., Mónica y Montino R., Olga, “Salud mental perinatal en la asistencia hospitalaria del parto y puerperio” (Revista Médica de Chile Nº 11, nov. 2000).
8. “Yanina Ávila, colaboradora del Programa Universitario de Estudios de Género en la UNAM, asegura que la asociación actual entre maternidad y maternaje no es natural, sino que es una concepción cultural que deviene en el mito de que las mujeres ‘somos las únicas responsables de criar a nuestros hijos…’ (en Mujeres, maternidad y cambio. Prácticas reproductivas y experiencias maternas en la ciudad de México, Ángeles Sánchez Bringas, Programa Universitario de Estudios de Género / Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, 2003).
9. Fernández, Ana María, Los mitos sociales de la maternidad (Buenos Aires, Centro de Estudios de la Mujer, UBA, 1993). Y también otro libro de la misma autora: Las mujeres en la imaginación colectiva. Una historia de discriminación y resistencias (Buenos Aires, Paidós, 1992).
10. Sobre la tergiversación que existe entre lo moderno y lo posmoderno y la decadencia que se intenta transmitir sobre los valores del humanismo se puede leer: Inteligencia y subjetividad. Encrucijadas de la psicopedagogía clínica y del psicoanálisis, ob. citada.
11. Sugiero leer el debate que genera el psicoanalista Juan Ritvo, en su libro Del Padre, Políticas de su genealogía (Buenos Aires, Letra Viva, 2004), en torno a los derechos que reclaman los homosexuales a poder configurar un vínculo idéntico al de los heterosexuales, exigiendo poder adoptar hijos. Ritvo contesta a Elizabeth Roudinesco, quien, en su libro La Familia en desorden (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003) declara la muerte de la autoridad y del patriarcado, y la agonía conceptual del psicoanálisis y su incapacidad para interpretar el presente histórico. Juan Ritvo se pregunta “¿a qué quedará reducida la diferencia de los sexos? ¿No se fortificará el poder materno hasta arrasar toda diferencia?”
12. Se puede ampliar la información sobre esta nota del diario holandés en: http://www.lukor.com/not-por/0607/17143654.htm
13. Sobre los diferentes tipos de familia y sus transformaciones actuales se puede leer: Clínica de las transformaciones familiares, de Déborah Fleischer (Buenos Aires, Gramma, 2003).
14. Muchos medios masivos de comunicación hacen apología, por ejemplo, del travestismo o la prostitución.
15. Sandra Yannuzzi define renegación como el “arrasamiento de la subjetividad” y destaca “la marcada vocación del perverso por los discursos, la fascinación que produce en el neurótico el manejo admirable de la palabra. Los temas siempre son los mismos, la moral, la ética, la estética y también sobre el amor y el deseo, sobre todo lo que contribuye a constituir los ideales que ordenan el comportamiento humano. Ejemplos nos sobran. De Sade hasta nuestros días en la repetida oratoria, en donde podamos localizar cada vez cómo se afirma lo que en un mismo discurso se niega, sin siquiera rozar con el pudor o la vergüenza…” (publicado en http://www.psiconet.com/argentina/ameghino2002/renegacion.htm).
16. Una nota de Santiago Kovadloff, en el diario La Nación (2003) fue inspiración para alguno de los conceptos desarrollados. Sugiero la lectura de un párrafo que apunta a la responsabilidad de las religiones en la decadencia social de las familias: “…Voceros oficiales y semioficiales del catolicismo y del judaísmo no ocultan su inquietud ante las alteraciones que afectan a la familia. En ellas ven un síntoma eminente del deterioro de los valores que estiman esenciales. La proliferación del divorcio y de los vínculos homosexuales, la desorientación de los padres ante sus hijos, integran el repertorio de ejemplos indicativos de la crisis espiritual que los desvela. Pero cabe preguntarse si no han sido también cristianos y judíos los que han contribuido, a través de los desaciertos sembrados por muchos de sus representantes, a que se ensanchara el ámbito de la actual incertidumbre familiar. Si la autoridad de los adultos se ha deteriorado, no hay por qué descartar que entre ellos figuren curas y rabinos. Junto a la crítica de usos y costumbres que es preciso realizar, resulta indispensable un ejercicio radical de la autocrítica extensivo a todos los ámbitos y sectores con responsabilidad social en materia de familia...” (el artículo completo en La Nación on line: http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=552332).
17. Dejaré abierto, para otra oportunidad, el debate de la adopción a cargo de parejas del mismo sexo.

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