Ejercer la autoridad

Ejercer la autoridad

Un problema de padres y maestros (72)


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Las crisis de la organización familiar y escolar tienen en el centro de la polémica a la decadencia de la autoridad, la negligencia parental y la indolencia de los docentes frente a una infancia que demanda otros modos de ser entendida, mirada y escuchada. La declinación adulta de la función de autoridad deja a niños y jóvenes a la intemperie, despojados de derechos y dignidad. Resulta complejo decir “no”. Se deja hacer con indiferencia o no se deja hacer nada; que es lo mismo en su efecto subjetivo de degradación y arrasamiento.
Los autores analizan los supuestos básicos, los prejuicios y la ideología que transmiten los adultos como cultura y como usos y costumbres a la hora de criar y educar a un niño. Abriendo debates acerca de la ideología e idiosincrasia con la que llegan los niños y jóvenes, sociocultural e históricamente determinados, al encuentro con las organizaciones sociales, en este caso la escuela.

Prólogo
por Emma Ruiz Martín del Campo
Introducción
por Fernando Osorio
Capítulo I.
La psicologización y psiquiatrización del ámbito escolar.
Camilo E. Ramírez Garza
Capítulo II.
La intervención psicoanalítica en el campo educativo.
Patricia Linenberg
Capítulo III.
Sujetos desujetados.
Marisa Maneffa
Capítulo IV.
Formación de profesores para la solución de conflictos.
María Teresa Prieto Quezada, José Claudio Carrillo Navarro y José Jiménez Mora

Fernando Osorio

Psicólogo (UBA, 1989). Se desempeñó de 1992 a 2000 como coordinador del Equipo Interdisciplinario del “Programa de Rehabilitación Psicosocial Infanto-juvenil para Menores en Conflicto con la Ley Penal” (Consejo Nacional del Menor y la Familia). Realizó estudios de posgrado en la Facultad de Derecho (UBA) y en la Facultad de Psicología (UBA). Actualmente es columnista en la revista Caras y Caretas que dirigen Felipe Pigna y María Seoane.
Recibió el auspicio de la UNESCO para el dictado de su Seminario “Violencia en las escuelas”, actividad que realiza desde 2003 en la Facultad de Derecho (UBA) y fue declarada de “Interés educativo” por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y por la Comisión de Educación del Senado de la Nación.
En 2009 presidió el Comité Organizador del “1er Congreso Internacional sobre Conflictos y Violencia en las Escuelas”.

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María Teresa Prieto Quezada

Doctora en Educación por la Universidad de Guadalajara y Maestra en Investigación en Ciencias de la Educación de dicha universidad. Actualmente se desempeña como coordinadora de Investigación y Posgrado del Centro Universitario del Norte en la Universidad de Guadalajara, México. Es autora de artículos publicados en la Revista Mexicana de Investigación Educativa editada por el COMIE, y de la Revista Iberoamericana de Educación, además de la revista Educación y Desarrollo en México. Recientemente colaboró en la revista Novedades Educativas y participó en la elaboración de un capítulo del libro Ejercer la autoridad (Buenos Aires, Noveduc libros, 2009), compilado por Fernando Osorio. Integró el Comité Científico del 1er Congreso Internacional sobre Conflicto y Violencia en las Escuelas, organizado por Noveduc libros y realizado en Buenos Aires en octubre del 2009.

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José Claudio Carrillo Navarro

Licenciado en Filosofía, Maestro en Educación por la Universidad de Guadalajara, doctor en Psicología, profesor de tiempo completo en el Centro Universitario de Ciencias Económico-administrativas. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y del Consejo Mexicano de Investigación Educativa en México. Pertenece al cuerpo académico consolidado Investigación Educativa y estudios sobre la Universidad.

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Emma Ruiz Martín del Campo

Psicoanalista y Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Johann Wolfgang Goethe, Frankfurt, Alemania. Profesora e Investigadora del Departamento de Estudios en Educación de la Universidad de Guadalajara, México.

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Camilo E. Ramirez Garza

Psicoanalista. Profesor y supervisor en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) México. Profesor Facultad de Psicología de la Universidad Tecnológica de México (UNITEC) campus Monterrey.

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Marisa Maneffa

Maestra Auxiliar en Escuela Integradora. Docente Adscripta en Filosofía de la Educación, a cargo de Carlos Cullen (UBA). Asesoramiento técnico en la Asociación Civil ProyectARG (Proyectos Sociocomunitarios).

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La maestra pregunta:
- Dime Rocío, ¿cómo te imaginas la escuela ideal?
- ¡Cerrada, señorita!
Aníbal Litvin (1)
Para poder progresar, necesariamente se deben cometer errores inéditos (2), pues si se siguen cometiendo siempre los mismos, no se podrá crecer ni progresar en ninguna de las empresas que sean encaradas en la vida; se estará siempre en el mismo lugar. Y no cabe ya ninguna duda de que en muchos aspectos del desarrollo de la vida del hombre moderno ningún error inédito se está produciendo. Se siguen cometiendo las mismas faltas y se continúan dando las mismas respuestas que antaño, frente a un mundo que se muestra cambiante y profundamente desafiante. Hasta la naturaleza, con su implacable presencia, evidencian que las cosas no son como eran o como se suponía. Lo que parecía estable y constante en este mundo de hoy, se conmueve con una variabilidad e inconstancia que le hace sentir al hombre que no está preparado para lo que se viene: calentamiento global, efecto invernadero, inundaciones extremas, contaminación, desastres ecológicos, etc. Mientras tanto, el hombre se sigue aniquilando en el contexto de una evolución bélica infinita.
Las organizaciones sociales estallan presas de esta falta de originalidad en sus errores. Siguen pensando que “tiempos pasados fueron mejores” y vuelven, en un circuito sin fin, a repetir una y mil veces los mismos deslices. Y podría decirse que justamente éste es el punto de anclaje para no poder crear nuevas respuestas. Réplicas discursivas que suturan, con la misma rapidez de siempre, lo que no se está dispuesto a pensar, a ver, a escuchar.
Si no hay nuevos errores es porque no hay nuevas apuestas que permitan encontrar una posible salida a las coyunturas actuales. Este es, básicamente, un padecimiento de la organización escolar actual; persiste con esquemas y tradiciones obsoletas y, en algunos casos, decadentes y autoritarios.
De la mano de muchos docentes y padres, que no se animan a cometer errores inéditos y en quienes la autoridad está en decadencia, la organización escolar persiste en una posición enquistada que la debilita y empobrece cada día, perjudicando profundamente a sus principales protagonistas: los niños y los jóvenes.
La consecuencia inmediata de este enquistamiento en el mundo adulto se transforma en una tensión generacional que se traduce en violencia. Y no ya violencia física o verbal, que es la más evidente.
Si hay algo que está horadando contundentemente los vínculos entre jóvenes y adultos, tanto en la familia como en las organizaciones escolares, es la violencia psicológica y simbólica; ésa que tiene que ver con los acosos, con los discursos persecutorios, denigrantes, discriminatorios, de la mano de las nuevas tecnologías para la comunicación.
Cuando el otro semejante insulta o pega es claro su mensaje; pero cuando se produce un abismo entre el decir y lo dicho, la violencia se multiplica y lastima de tal modo que las consecuencias no podrán ser vistas sino hasta que el daño sea irreversible.
Las crisis actuales de la organización familiar y escolar tienen en el centro de la polémica la decadencia de la autoridad, la negligencia parental y la indolencia de los docentes frente a una infancia que propone otros modos de ser entendida, de ser mirada, de ser escuchada.
La declinación de la función de la autoridad, por parte de los adultos, deja a niños y a jóvenes a la intemperie, desamparados y despojados de dignidad y de derechos, porque se pasa de la negociación infructuosa a la orden arbitraria. Como resulta complejo decir “no”, se deja hacer con indiferencia o no se dejar hacer absolutamente nada, que es lo mismo en su efecto subjetivo de degradación y arrasamiento.
Desde estas páginas, se pone énfasis en tal tipo de polémicas, abriendo debates acerca del lugar que se le da, en las organizaciones escolares, a la ideología e idiosincrasia con la que llegan los niños y los jóvenes, sociocultural e históricamente determinados, al encuentro con las organizaciones sociales, en este caso la escuela.
Se analizan supuestos básicos, prejuicios e ideología que transmiten los adultos cotidianamente como cultura y como usos y costumbres a la hora de criar o educar a un niño.
Las familias van delegando en el Estado una función reguladora que debe fundar la autoridad parental, que, al no existir, aparece como fuerza externa violenta y sin contemplaciones.
La falta de afecto en la transmisión de un saber y el descrédito por los buenos vínculos hace que lo cotidiano de la escuela se torne tedioso e improductivo tanto para los docentes como para los alumnos que allí concurren en espera de un aliciente para sus vidas.
Se apuesta a producir discursos democráticos que soporten lo actual sin desestimarlo ni negarlo. Para eso hay que romper con el esquema: dominio-sumisión que tanto daño ha hecho a muchas generaciones de niños y jóvenes argentinos y latinoamericanos. Por lo tanto, se analizarán algunos esquemas posibles de mediación dentro de la escuela. Pero no para ejercer un liderazgo o una tutela omnisciente, sino para lograr una mediación que permita delegar y que brinde herramientas de las que se apropien los niños y los jóvenes para poder luego sostener un discurso democrático.
Las estrategias para la resolución de conflictos no pueden ser meras técnicas, deben convertirse en recursos concretos para prevenir la violencia o abordarla cuando se suceda.
¿Qué se espera de la escuela y de la familia?
De la escuela se espera que sea un lugar posible para que circule la palabra de los niños y de los jóvenes, pero no desde la certeza omnipotente del adulto, sino desde la conjetura, desde la hipótesis de trabajo. Esto permite construir subjetidad, porque el joven no siente que ya está todo dado. Algo falta: su palabra, su opinión. Y cuando esto es verdadero y sincero, el joven puede ejercer ese rol de buscador de verdades y de saberes. Cuando se le coarta esa posibilidad, se vuelve violento porque se angustia. Como para él todo lo que propone aparece obturado por el saber del adulto, siente que no le queda ningún lugar en el discurso social y entonces debe hacerse uno a los golpes. Debe perforar o perforarse, debe golpear o golpearse, debe matar o matarse. En definitiva, debe fundar un agujero que le permita un lugar posible para sí. Si es dable ese espacio desde el discurso del adulto, el joven hallará un lugar y esto lo tranquilizará. Saber que el adulto no sabe todo ni puede todo lo alivia.
Y de las familias no se pretende que tengan certezas absolutas sobre todo. Sólo se espera una base parental que le permita al sujeto sostenerse en lo normativo, saber lo que está bien y lo que está mal, diferenciar moralmente una acción de otra, valorar al otro por su condición humana y no por sus pertenencias o sus atributos culturales o de raza. No es tan complejo cumplir esta función.
No se trata de no poder cometer errores, se trata de cometer errores inéditos para que la vida siga proponiendo nuevas respuestas para las nuevas realidades que viven los docentes, los alumnos y los padres, que actualmente están en pie de guerra.
Huérfanos de autoridad
Niños y jóvenes que golpean a compañeros de escuela o abusan de ellos y, en algunos casos, hasta los asesinan. Se trata de niños y jóvenes sin rumbo, sin ley, sin padres que cumplan una función normativa y víctimas de un sistema que no sabe qué hacer con ellos. Estos niños y jóvenes agresivos se rodean de adultos que están insertos en un contexto, también, de maltrato.
Este tipo de violencia y la transgresión se registran tanto en escuelas y hogares de bajos recursos como en los de alto poder económico; lo que cambia es la presentación del hecho. En estos hogares se advierte que algunos padres pretenden hacerse amigos de sus hijos; esa actitud deja a los niños huérfanos. Pero también están los que se desentienden de la crianza y por lo tanto refuerzan esa orfandad. Muchos padres posmodernos, pobres o ricos, están carentes de un valor fundamental: la autoridad. Transitan un mundo que desvaloriza el orden, los rituales, las tradiciones y sobre todo la autoridad y la experiencia; así lo transmiten a sus hijos. Muchos niños y jóvenes de hoy son huérfanos de autoridad, no de padres.
El saber que se brinda desde el mundo adulto ya no tiene que ver con la transmisión de una experiencia, con el que más ha vivido para contarlo, con quien ha ocupado muchas horas de su vida entre los libros, con aquel que autoriza a otro como su maestro.
El saber está del lado de los que más bienes o dinero tienen y de quienes más tecnología detentan. Y en la actualidad el poder está vinculado al que más tiene, no al que más sabe. La transgresión que se vivencia en la actualidad se halla asociada a un fenómeno de masa, que nada tiene que ver con el proceso de aprendizaje en el que se desafía a la autoridad con el afán de consolidar la personalidad y reforzar el carácter. Algunos de estos rasgos culturales se acentuaron fuertemente durante la década de los noventa, no sólo en la Argentina sino también en muchos países de Latinoamérica.
Estos huérfanos de autoridad se enfrentan al mundo adulto, pero no para cambiar una realidad que los agobia o para transformar un mundo injusto, ni para consolidar derechos ciudadanos. La transgresión de masa, producto de la orfandad de ley, es un fenómeno que no tiene más fundamento que el de generar un oposicionamiento entre bandos; un clásico: los jóvenes contra los adultos. Y es allí donde se genera la violencia social que irrumpe en los establecimientos escolares y en los hogares. No hay, en muchos jóvenes, ninguna intención de transformar esa actitud de transgresión en una experiencia de crecimiento o de aprendizaje. Algunos de ellos se encuentran deshabitados de valores y de afectos. Otros tantos no creen en la palabra del adulto. Y muchos, están angustiados y sin rumbo.
Cantidad de padres han pasado del discurso autoritario, cuya impronta deriva de los períodos de gobiernos dictatoriales, a un discurso permisivista posdemocrático. Estos padres confunden el valor de la autoridad y de la sanción; se cansan a la hora de poner límites a sus hijos o simplemente los dejan hacer.
En las organizaciones escolares se ha mudado del régimen disciplinario, de amonestaciones, al acuerdo de convivencia institucional que todo lo negocia, hasta las sanciones mismas. El acuerdo de convivencia perdió fuerza de ley al postergar la punición, de tal modo que el joven dejó de creer en su eficacia: nada le podía pasar. En estos días, vuelve a tener vigencia un nuevo sistema disciplinario con vicios de aquel de las amonestaciones, creado en 1948. Se propone una convivencia con límites
¿Es que acaso algún gobernante cree que la convivencia podría ser sin límites, para tener que formularlo? Que nos quede claro que el sistema disciplinario va y viene sin que medie, en muchos legisladores de turno, un análisis real de su pertinencia.
Pareciera que no se contempla que la educación de un niño o un joven no es posible sin preceptos, normativas o medidas correctivas y estos conceptos no son malas palabras ni pertenecen al mundo castrense. No hay conciencia en muchos niños y adolescentes de que luego de una transgresión tiene que haber una acción que repare el daño provocado y que deben asumir la responsabilidad que les cabe por dicho acto.
Las investigaciones que hemos realizado entre 2004 y 2007, en el marco del Seminario anual permanente: Violencia en las Escuelas de la Facultad de Derecho de la UBA, permiten advertir que más del 85% de los docentes admite que los conflictos familiares se perciben en la conducta del alumno dentro de la escuela. Más del 90% de los educadores dice que las nuevas conformaciones de la familia moderna (monoparentales, homoparentales, ensambladas, otras) no han podido provocar cambios sustanciales y profundos en las políticas y estrategias pedagógicas implementadas por el sistema educativo actual, por lo cual se han incrementado los conflictos entre familia y escuela. También denuncian que no hay un sistema educativo que capte esta metamorfosis social y actúe en consecuencia. Más del 75% de los docentes encuestados en este contexto académico afirman que no reciben la capacitación adecuada. El 85% expresa que en su escuela sí se aplican los acuerdos de convivencia institucional, pero el 52% respondió que su aplicación no ha mejorado la convivencia entre docentes y alumnos; y el 58% deseaba regresar al régimen disciplinario de amonestaciones. El 38% de los encuestados dice haber sido víctima de agresiones verbales por parte de sus alumnos y el 76% afirma que la violencia que predomina en las escuelas es verbal y física.
Es en el contexto escolar, entonces, donde hay que poner a trabajar cuestiones individuales y sociales que generan malestar y hostilidad creciente, ya que la familia, con sus transformaciones actuales, aparece debilitada en su propia estructura afectiva, interna, por lo que le resulta muy dificultoso afrontar este trabajo a solas. Las estrategias para frenar la violencia y la transgresión deben involucrar a todos los actores del sistema educativo, porque los docentes son agentes de salud. Y además es urgente aplicar políticas y estrategias de reducción de daños sobre la violencia social que irrumpe en las aulas. ¿De qué modo? Capacitando a los docentes; trasmitiendo experiencias; recuperando la experiencia democrática de los chicos; considerando la capacidad de cambio de algunos jóvenes valorados como violentos; generando acuerdos de convivencia con una real participación de todos los involucrados en ese proceso, con la inclusión de la sanción como última medida; estableciendo modos de relevamiento de situaciones conflictivas personales y familiares entre pares y entre chicos y adultos; priorizando, en el trabajo cotidiano, la problemática individual o grupal como modo de facilitar y estimular luego la situación de aprendizaje; monitoreando regularmente el estado afectivo y emocional de los alumnos y de los docentes, sea a nivel de asamblea, en pequeños grupos o grupos operativos; ofreciendo el espacio de la escuela como un club social y cultural para generar situaciones sociales de encuentro comunitario entre alumnos, padres, docentes y vecinos.
Por último, tenemos que trabajar intensamente sobre la necesidad de cambiar las representaciones sociales estigmatizantes, tales como la del sujeto nombrado como violento. Lo expresado, si bien no resolverá la totalidad del problema de la violencia dentro de las escuelas, sin ningún lugar a dudas disminuirá el daño que provocan la crueldad y la hostilidad social en el ámbito escolar. Y desculpabilizará tanto a los alumnos como a los docentes, dándoles una categoría más sensata frente a los hechos de violencia: la de ser responsables, no culpables. Y, por sobre todas las cosas, se verá fortalecido el orden democrático.
Fernando Osorio
Notas
1. Extractado de: Chiste de colegio, de Aníbal Litvin, Buenos Aires, V&R Editoras, 2007.
2. Cometer errores inéditos es una propuesta del filósofo contemporáneo Santiago Kovadloff, La nueva ignorancia, Buenos Aires, Emece, 2001.

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