Abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes

Abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes

Un daño horroroso que persiste al interior de las familias


$ 790,00


Los delitos contra la integridad sexual de niños, niñas y adolescentes padecidos en el contexto familiar, así como algunas de sus derivaciones, constituyen el objetivo de esta obra. El tratamiento recomendado a los niños y niñas víctimas de abuso sexual deviene en prácticas psicoterapéuticas que en oportunidades conducen a la adaptación de la víctima al sistema opresor, al mismo tiempo que transparentan la insuficiencia de políticas públicas y de intervenciones judiciales en su justa medida.
Este volumen describe los procedimientos y estrategias de los atacantes sexuales, los riesgos de la revinculaciones, el estado de desvalimiento en el que se encuentra el niño, así como el secreto que compromete con el atacante, en quien confía por ser un miembro de la familia. En ese sentido, se advierte a las familias acerca de los cuidados que es posible tener en cuenta; y a los docentes, respecto de sus alumnos.
El libro ha sido inspirado en la experiencia de la vida hospitalaria, la consulta privada y en algunos aportes de la Brigada Móvil que se ocupa de Delitos contra la Integridad Sexual del Programa “Las Víctimas contra las Violencias”, perteneciente al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Asimismo recurre a la hemeroteca personal de la autora y a la bibliografía internacional.
Las historias de padres y abuelos comprometidos con estas prácticas ocultas, silenciadas durante años por vergüenza, se tratan desde diversos enfoques incluyendo la Salud Pública y la Criminología, escasamente considerados en otros abordajes.
Si bien el texto ha sido redactado para profesionales, se presenta como una importante fuente de consulta para todo aquel que quiera interiorizarse en esta materia.

Capítulo 1. Contextos
Capítulo 2. Un recorte acerca del maltrato
Capítulo 3. Definiciones
Capítulo 4. Recortes internacionales y compromisos mundiales
Capítulo 5. Los cuentos tradicionales y el temblor de los niños y niñas
Capítulo 6. Géneros de niñas y niños víctimas
Capítulo 7. Las cifras / Gráficos
Capítulo 8. La implicancia, una clave que no se nombra
Capítulo 9. ¿Cómo es el agresor sexual?
Capítulo 10. Procedimientos de los atacantes
Capítulo 11. Desvalimiento y vincularidad
Capítulo 12. La revelación y el desvalimiento
Capítulo 13. El abusador abusado
Capítulo 14. Mujeres agresoras sexuales
Capítulo 15. Los que olvidan también están presentes
Capítulo 16. Efectos en los niños: algo nuevo
Capítulo 17. Factor resiliencia ¿incluirlo?
Capítulo 18. La retractación no es fórmula para el niño
Capítulo 19. La revinculación: del derecho al horror
Capítulo 20. Historiales
Capítulo 21. Historiales: otro estilo
Capítulo 22. Comentario al expediente
Capítulo 23. Las madres después de enterarse del abuso sexual padecido por su hija/o
Capítulo 24. Adolescentes y jóvenes abusadores
Capítulo 25. La comunidad elige atacar
Capítulo 26. Ejercicio de acompañamiento para los niños
Capítulo 27. Salud pública: ausencias y programas necesarios
Capítulo 28. Criminología y redes familiares
Capítulo 29. La escuela como segundo hogar
Capítulo 30. Equipo móvil de atención a víctimas de delitos sexuales
Anexo. La niña: para una ontología de la discriminación inicial

Eva Giberti

Licenciada en Psicología (UBA). Asistente Social (Facultad de Derecho -UBA). Doctora Honoris causa en Psicología (Universidad Nacional de Rosario), Doctora Honoris Causa en Psicología (Universidad Nacional Autónoma de Entre Ríos). Ex docente en el Posgrado de Violencia Familiar (UBA). Ex docente invitada en la Especialización en Derecho de Familia, (Facultad de Derecho - UBA). Ex codirectora de la Maestría en Ciencias de la Familia (UNSAM). Actualmente docente en el Posgrado de Psicología Forense (UCES), Titular de la Cátedra Abierta Violencias de Género (Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Misiones). Docente invitada en universidades latinoamericanas. Actualmente Coordinadora del Programa “Las Victimas contra las Violencias” ( Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, desde el año 2006). Fundadora de la Escuela para Padres de Argentina (1959 hasta la actualidad). Recibió el Premio Konex de Platino 2016, dedicado a Humanidad, por sus Estudios de Género (2016). Conferencista invitada en congresos nacionales e internacionales. Entre sus libros: La familia a pesar de todo, La Adopción, Incesto paterno/filial, Tiempos de Mujer, Políticas y Niñez, (en colaboración), Vulnerabilidad, desvalimiento y maltrato infantil en las organizaciones familiares, Madres excluidas (en colaboración), Hijos del rock, Hijos de la Fertilización Asistida (en colaboración) y otros.

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Presentación
Por Eva Giberti
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El abuso sexual intrafamiliar contra niños, niñas y adolescentes, así como algunas de sus derivaciones, constituye el objetivo de este libro, que también incorpora brevemente el ámbito escolar.
Otros niveles de análisis distantes de este trabajo abarcan las historias de los niños de la guerra (asesinados por habitar las zonas en combate o por ser ellos mismos “combatientes”); las de aquellos que son utilizados para el transporte de sustancias tóxicas (drogas); las de los que mueren porque la miseria los acoge desde pequeños; las de quienes son incorporados en los parámetros de las filmaciones pornográficas; las de los que, por ser muy pobres, fueron elegidos por los laboratorios medicinales que ensayaron en ellos nuevos productos antes de colocarlos en el mercado… Una larga genealogía de dolores y delitos.
Las producciones teóricas, técnicas y literarias, así como los múltiples proyectos destinados a la defensa de niños, niñas y adolescentes tapizan el imaginario social, mientras bibliotecas completas describen los horrores de índole sexual que padecen y también postulan soluciones. Dichas producciones no siempre incluyen intereses dispuestos a revisar una convicción surgida en la Modernidad, que se resiste a ser analizada rigurosamente: el posicionamiento de niños/ niñas como eje solar y núcleo heliocéntrico de las culturas occidentales, aquello que en una época se denominó Su Majestad, the baby. La prioridad de tal posicionamiento mediante convenciones y declaraciones en la Modernidad tardía, que tendía a la protección integral de esas poblaciones, construyó un altar de los derechos desde donde se definió o metacomunicó la presencia de adultos transgresores, instituyentes y constituyentes del sistema que genera los tropiezos y delitos contra niños y niñas.
Al mantener esa convicción como reserva de la Modernidad tardía, las ideas y las prácticas habituales se embarcan en la dupla niñx-adulto, en un binarismo cuya reiteración opaca la complejidad de los procesos y la simultaneidad de acciones entre ambos términos del binomio. Al mismo tiempo, también encoge las posibilidades reales y potenciales de la convivencia que se denota contradictoria cuando están en juego las subjetividades de quien ataca, el adulto, y de quienes son atacados.
Un enorme número de pensadores, técnicos, expertos y estudiosos ha intentado impedir la puesta en acto de violaciones, abusos, incestos y revictimizaciones; estas pretensiones fueron gestadas por profesionales de diversas áreas. Entre los maltratos –que tradicionalmente incluyen los delitos contra la integridad sexual– se encuentra la omisión o escasa sintonía con pautas etnocéntricas inclusivas que abarquen a quienes conforman el universo de “los otros niños” y que los proyectos y fotografías de UNICEF intentan paliar.
Las informaciones internacionales que describen las desventuras de niños, niñas y adolescentes gestadas en un entorno que propicia desvalimientos para la subjetivación sexualizada atropellan todos los andamiajes propuestos por los que pretenden proteger o reconstruir el territorio de quienes transitan la niñez. Sus resultados son discutibles; desembocan con frecuencia en la recomendación de psicoterapias que pueden resultar útiles en determinadas circunstancias o bien propiciar la adaptación al mundo del cual surgen las victimizaciones.
La representación “niñez”?1 está asociada a la valorización social de ese vocablo como dato social histórico. En ella impacta la “presión conceptual” de la que habla Gellner2 y su fuerza es significativa en comparación con las presiones políticas y económicas cuya revisión nos conduciría a reconocer cómo estas coerciones facilitan la imposición de significados que mantienen la potencia de la desigualdad excluyente de derechos y la inequidad entre niños y adultos.
Las asignaciones normativas que regulan dicha relación compaginan y persisten en representaciones conducentes al imperio de una desigualdad jerárquica “aprovechable” en beneficio del adulto. Ésta se torna instituyente de la concepción de disponibilidad, que rige para aquellos que todavía no alcanzaron el estatuto de los poderosos, aquellos que regulan las instituciones: la familia, la Iglesia, la justicia, la medicina y la educación, de donde también parten los oficiantes de los ataques a niños/ niñas/ adolescentes.
El significado niño asociado a la Convención de los Derechos del Niño encubre el significante disponibilidad para quien ejerza poder, dada la vulnerabilidad reconocida por esa Convención y sacralizada mediante la determinación de esos derechos. La Convención administra los desórdenes y ataques contra las posibles víctimas, pero no altera el sistema internacional en el que aquellos se producen, porque no es ésa su finalidad. Fue preciso redactarla puesto que la vida, desarrollo y crianza de niños, niñas y adolescentes dependía de los adultos que los explotaban, sacrificaban, vejaban, abandonaban, torturaban, vendían, violaban o asesinaban. Los aportes de los historiadores me eximen de enunciar la numerosísima bibliografía internacional.
Existe un ordenamiento social que incluye estos ataques contra niños, niñas y adolescentes como un orden de lo posible legitimado y afincado en la especie humana desde los tiempos en que la historia se registra en archivos.
¿Entonces? ¿Cuál es la relación entre los procedimientos de protección, los que se intentaron e intentan, aquello que se logra y la victimización de niños, niñas y adolescentes? ¿Cuáles son los indicadores de posibilidad? ¿Existen? ¿Son posibles?
Ese orden de lo posible se traduce al revisar cifras, porcentajes y denuncias, así como datos conocidos por investigadores y técnicos que intervienen en terreno pero no son denunciados “oficialmente”, dentro de los cuales encontramos las historias de los adultos que recién pueden narrar lo acontecido veinte o treinta años más tarde.
Lo posible abarca no sólo lo coyuntural sino también aquellos ataques que podrían anticiparse y preverse a partir del alerta en niños y niñas (que fueron sustancia viva, frágil y dócil desde el comienzo de la humanidad), aunque no necesariamente prevenirse. Al decir de Virno3, “lo posible comprende algo del mundo de lo imprevisible” y, en un disenso con Deleuze, con quien posteriormente compatibiliza, adhiere a Wittgestein: “Llamo posible a la potencialidad, entre otras cosas, de la facultad de lenguaje o posibilidad de decir cualquier cosa“. Y añade: “Después están los actos posibles, que tienen un carácter determinado. Se trata, en ese caso, de un posible que tiene todas las determinaciones de un acto, es el reflejo de un acto, es la sombra de un actual”.

Lo posible y su doble cara
Para el proyecto de este volumen es necesario desarrollar la tesis de Virno, cuando apela a la perspectiva antropológica de su obra, particularmente cuando en el horizonte de los abusos y violaciones contra niños y niñas se cierne –con la turbia certeza de lo indiscutible– el conjunto de estas expresiones técnicas y populares: “Concretar una denuncia no conduce a nada”. Si leemos a Virno, sus enunciaciones filosóficas y antropológicas sugieren otro mundo posible: “El problema que presenta lo posible antropológico es la doble cara: por un lado, en un sentido sintomático aparece como un déficit de orientación; por otro, como un recurso para vencer la incerteza dando lugar a iniciativas que no estaban prefijadas, poniendo reparos ante el déficit. Podemos hablar de la categoría de lo posible como una verdadera cura homeopática de ese déficit de orientación en tanto que podemos hacer cosas no programadas y, entonces, construir históricamente, políticamente, socialmente”.
El déficit de orientación no es el resultado de una oscuridad que impide clarificar el tema. Es la escasez de políticas públicas, recursos y entrenamiento universitario y post universitario, en particular, la ausencia de indignación ante las víctimas de abuso sexual.
El orden de lo probable que desborda lo posible autoriza inferir que, en el campo de los delitos contra la integridad sexual, un importante porcentaje de criaturas padece esos ataques porque no se lograría impedirlos ni preverlos. Niñas, niños y adolescentes violentados sexualmente frustran la protección integral que sus cuidadores deberían aplicar y ocupan el lugar de aquello que perturba y desordena la imagen que los adultos se proponen acerca de sí mismos y de sus valores. Son motivos eficientes para instalar el lugar ancestral de la víctima expiatoria, la que no puede salvarse, huir ni ser rescatada, a pesar de los ejércitos de profesionales que lo intentan (cuando no hay alguno entre ellos también comprometido con el delito). Son los mismos que describen cuáles son los efectos posibles de los delitos contra la integridad sexual en la vida adulta y que deben formar parte de un volumen que se ocupe del tema, sin que sepamos con certeza hasta dónde alcanzan esos efectos o cuál es la mensura que permita catalogarlos como “efectos de aquellos episodios”.
La encerrona parece quedar a la vista y la dialéctica de Virno en materia de lo posible positivo se percibe postergada. Así lo escribí en ensayos anteriores, cuando afirmé que “las niñas violadas molestan”4 y cité la frase de una jueza afirmando que ella recibía “un montón de esas criaturas en su juzgado”5. Cada causa de ese “montón” era una molestia en el ordenamiento tribunalicio. Porque la implicancia que regula el actuar de los adultos cuando una criatura emerge de su estatuto de inocencia para ser arrastrada a otro que la definirá como la/el violada/o desintegra la posición que se espera de la niñez. Crea en la víctima un cuerpo/emoción6 nuevo, atrabiliario y profanado que, por ese motivo, se ha transformado en sustancia peligrosa desde lo aprendido en lo corporal/emocional de quien se informa.
Esa incomodidad que produce la víctima la provee de culpabilidad en tanto y cuanto denuncia el delito que no quiere ser reconocido como tal por los adultos (solo será delito si se lo comprueba y se sanciona al responsable, de lo contrario, la traducción del inglés lo denomina “ofensor”7) y porque la víctima es un niño y los delitos se entablan entre quienes disponen del poder. Evidenciar el abuso de poder de un polo en el binomio adulto-niño, al tornar rígido por definición el polo de poder, convierte en insoportable el reclamo de la víctima pues quiebra esa cifra aposentada en la asimetría de mando y disponibilidad. Así sucede cuando la disponibilidad del cuerpo dócil de la criatura se convierte en palabra de la “denunciante” que, por hablar o por exhibir un embarazo, arriesgará ser castigada en su calidad de víctima, ya que se la supondrá mentirosa o provocadora del ataque.

Los cuerpos/emociones se articulan
Este volumen convoca cuerpos, emociones y sensibilidades articulados por la criminología, la salud pública y otras ciencias y experiencias. Al decir de Scribano8, “Nuestro cuerpo oye, palpa, huele, gusta y ve lo que socialmente es construido como “mundo sentido”. Al menos desde la niñez hasta la adultez, esas sensaciones son el primer nudo de una madeja compleja que constituye nuestra sensibilidad. Las impresiones que recibimos y que configuran nuestras percepciones del mundo –aquello que nos parece fuerte, débil, feo, lindo, bueno, malo, etcétera– se nos hacen carne y hueso, logrando que lo que oímos, tocamos, olemos, saboreamos y somos se nos vuelva natural.
En la actualidad del desarrollo capitalista, cuerpo, sensaciones y geometrías conflictuales tejen una urdimbre compleja e indeterminada que cementa todo el edificio y las bases de las “relaciones sociales”. De esta convicción parte el autor para incluir en otro texto la idea de un “mapeo de interiores desde la posibilidad de un trabajo de producción de conocimientos y saberes que construya y potencie la reflexividad de la acción de volver voces a las corporalidades en conflicto. La capacidad de experienciar como plataforma de saber(se) en la construcción de una sensibilidad diversa contra la unilateralidad de todo aquello que se apropia del conocer.”
Esto nos conduce a una capacidad de experienciar como plataforma del saber(se) en la construcción de una sensibilidad diversa, que en las criaturas abusadas modifica sus experiencias del conocer.
Esta capacidad de experienciar no remite exclusivamente a quienes son víctimas: reclama entrenamiento por parte de quienes habrán de ocuparse de niños y niñas que atravesaron la experiencia y precisan crear conocimientos a medida que se exponen a sí mismos en estos contactos; niños, niñas, sus familias y comunidad interviniente. Y deben aprehender su propia disponibilidad para ocuparse del tema según haya sido la revisión bioética que hayan realizado acerca de su posicionamiento respecto de estas víctimas y sus agresores.
Se espera que niños, niñas y adolescentes estén disponibles acatando y aun consintiendo. ¿Solamente los atacantes evalúan de tal modo la relación con los niños? Las respuestas de las madres que no creen a sus hijos, las que saben que el hijo no miente, los magistrados que se niegan a sancionar al notorio culpable, los adultos que no se sorprenden por los niños y niñas violados porque en esa región “siempre sucede de ese modo” y una pléyade de ciudadanos que aminoran su preocupación por el tema tornándolo secundario sugieren postergar la creencia en la responsabilidad moral de los adultos y la parental para reconocer que un universo de esos adultos precisa que niños, niñas y adolescentes consientan el ataque del agresor sin quejarse.
Existe una subcultura que soporta y promueve la existencia de un abundamiento de delitos contra la integridad sexual de niños, niñas y adolescentes; esos delitos no son algo ajeno y separado de otros problemas de la sociedad: son parte de una continuidad que abarca otras formas de conductas antisociales e interdictas.
Jock Young 9 escribió: “Como los criminólogos radicales no han cesado de argüir, los valores que subyacen a buena parte de la conducta criminal no se distinguen de los valores convencionales que se encuentran estrechamente ligados con ellos”. Y, más adelante: “Lo que se hace necesario es poder entrar en la subcultura para tratar así de descubrir el significado del delito dentro de ella”. La subcultura (que, en realidad, es una cultura-otra denominada sub para diferenciarla) congrega no sólo a personas: incluye entornos, barrios, regiones geográficas (allí donde “usar” a las nenas desde que tienen ocho o nueve años es “cultural” y “a ellas no les parece mal” –región norte de Argentina– o bien: ”Los chicos van a las cabañas de los turistas porque saben que van a traer plata a casa” –región noreste–) e incluye convicciones parentales, sometimientos de niños y niñas, organizaciones comerciales, periodismo complaciente e iglesias.
Si no se eludiese la responsabilidad de analizar y corregir las acciones ausentes dedicadas a “la niñez” que transitan en cada cultura, quedaría a la vista por qué no se asume como inaceptable la imposibilidad de detener o aminorar estas prácticas delictivas. Ellas no podrían instalarse en la cotidianidad de la historia sin la aquiescencia cultural (moral) y ética que autoriza la exposición del cuerpo/emoción de las víctimas de delitos contra la integridad sexual, como un dato más de lo cotidiano que autoriza la creación de un nicho de tolerancia social para los abusadores.
Las sanciones que deberían resguardar la integridad de los niños evidenciando cuál es la función de la justicia en una sociedad democrática y ejemplificando cuáles son sus derechos, cumplen jurídicamente con la soberana función de conformar a los adultos si bien pueden actuar psicoterapéuticamente en la historia y el ánimo de las víctimas, contribuyendo en una subjetivación que incluye la idea de justicia.
El abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes forma parte de un estilo de convivencia entre adultos y niños naturalizado y promovido por los adultos y las organizaciones familiares que niegan o eligen desconocer la agresión. O bien, dichas familias y esos adultos asumen que la organización jerárquica de la sociedad que coloca al niño en el lugar del subordinado debe –silenciosamente– rendir utilidades placenteras a quienes disponen de la autoridad que el poder de mando confiere.

Perspectivas diferentes para la subjetivación sexualizada
Este libro propone el diseño de perspectivas diferentes y se opone a la reiteración rutinaria de suposiciones invertebradas que demandan rigurosos aportes clínicos, metodológicos y políticos (estos últimos en el nivel de las políticas públicas con carácter de previsibilidad10 accionadas desde prácticas comunitarias, psicología comunitaria y decisión política). Todas ellas requieren inversiones económicas habitualmente no contempladas en los presupuestos nacionales.
Al postular la tolerancia y aun aquiescencia por parte de los mayores en lo referente a estos delitos contra los niños, cabe introducir la responsabilidad de las familias en el psiquismo de ellos, tanto para aquellos que forman parte de la explotación sexual comercial y de la trata sexual por entrega de sus padres, como de quienes hayan sido abusados y neutralizados por mandato de los familiares. Los efectos del abuso en las criaturas conforman un capítulo desarrollado por autores internacionalmente reconocidos mediante una enunciación que, con algunas modificaciones leves, se repite, porque son las que hasta este momento se encontraron, así como los síntomas que los evidencian.
Una zona aún desértica pero habitada por el nomadismo de millares de poblaciones infantiles y adolescentes pueblan las estadísticas de las cybervíctimas que no necesariamente caen en manos de proxenetas pero transcurren parte de su día pornografiándose en el asombro de escenas descacharrantes para su imaginación. Las familias responsables por esos psiquismos sensibles en esos cuerpos/emociones no alcanzan a ver o a descubrir aquello que los técnicos reconocemos. Porque no sólo es que “no saben buscar en internet”: tampoco se les ocurre ni es posible verificar si les interesa.
Es una afirmación mayor y rebatible, si se encontrasen los argumentos, y dejaría planteada la alternativa humana de leer los hechos desde una antigua teoría crítica de la sociedad vinculada con la normatividad (que garantizase la obediencia a la ley) y la utopía, es decir, una modificación del universo, de la gente, de nosotros. “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”11. Sin detonar en el esencialismo: los otros son los malos, nosotros somos los buenos.
La alternativa puede intentarse desde la acción en comunidad.
Menciono la comunidad en la pura praxis de las acciones que sin abandonar las abstracciones reclaman hechos, actividades expresadas en el terreno, en el campo, mediante una producción conjunta con los protagonistas, es decir, los convivientes, si realmente contásemos con el deseo y la propuesta de llevar adelante este proyecto que involucra proteccional e integralmente a esta índole de víctimas.
Sería preciso retomar algunas de la tesis de Dussel12, que sugiere prácticas emancipatorias en relación con las víctimas (una infinita complejidad, dado el binomio adulto-niño) y podrían asociarse con el “otro concreto”, en este caso los niños, que Sheila Benhabib13 describió como “Todos y cada uno de los seres racionales como un individuo con una historia, una identidad y una constitución afectivo-emocional concretas”. La rotunda incorporación de la constitución afectivo-emocional, en sintonía con el cuerpo/emoción de las víctimas, incorpora la interrelación con los otros como forma de vida cultural, social, familiar, un ideal ético como “forma de vida en común” con el otro generalizado ”que considera a todos y a cada uno de los individuos como ‘seres racionales’”.
Es la utopía que Benhabib defiende al asociarla con la normatividad necesaria, que en tanto perspectiva ética nos mantiene expectantes, porque los delitos contra la integridad sexual cuyas víctimas son niños, niñas y adolescentes son cometidos por los seres racionales a quien ella convoca, una racionalidad con la que pretendemos estar en sintonía.
Cuando se exculpa legalmente a los transgresores no se procede desde la racionalidad que Benhabib reclama y que es la que inspiró la creación del Derecho como disciplina garante de la justicia, que no necesariamente alcanza a reconocer y actuar en la subcultura de los abusadores. Ni la comunidad deja de nutrirla global y localmente con su tolerancia y sus silencios.

Estamos ante un serio problema político
Este libro aminora los detalles porque los relatos violentos no enriquecerían los conocimientos de quienes desean informarse; su contenido proviene de las brutales experiencias que asumí durante cuarenta años como psicóloga y asistente social, en la vida hospitalaria, institucional y en la consulta privada. El campo social, la psicología, los derechos humanos, las reuniones internacionales y los fueros de la justicia han sido espacios de aprendizaje, de contiendas, de resignaciones enfurecidas y de acompañamientos técnicos, así como las lecturas especializadas.
Cuando un juez de la Nación decide titular el libro que acaba de escribir ¿Denunciar o silenciar? (Rozanski, 2003) nos encontramos frente a un serio problema político expresado en una salud pública que ignora o posterga la criminalidad de los abusadores, en tanto constituyen una evidencia de la cruel inestabilidad radical (ontológica) de los adultos de quienes dependen los niños.
Sin necesidad de pensar en una sociedad “ordenada” (fundamentalista) sino en “todo lo posible de ser” (en el lenguaje de los filósofos), que incluye la naturaleza política del sujeto sostenida por otros cánones, distintos de los actuales (discursivos y levemente fácticos), cabe la alternativa de pensar en lo posible fundante e instituyente de la diferencia. Siempre con “lo político” como soporte de cualquier problema social.
Esta concepción de lo práctico tiene en cuenta el alcance de las políticas legislativas estatales, distintas de las que practican los activistas que en este caso son preferentemente mujeres, sin fuerza política suficiente y con escasa representatividad. Lo que conduce a distinguir la política autorreferencial de la política del sistema hegemónico que sostiene el título del libro de Rozanski.
No obstante, si me permiten elegir, desde los pies enraizados en la tierra y con un horizonte a la vista, opto por las palabras de Virno (2013) 14 en Y así sucesivamente al infinito: “Otro mundo es posible. Nosotros, los seres humanos, oscilamos entre un exceso de lo pulsional y la categoría de lo posible. Es decir, el hecho constituyente del lenguaje comporta más pulsiones que las destinadas inmediatamente a tares operativas y precisas, y por eso existe una necesaria vinculación con lo posible. Ésta es una muy buena fotografía del núcleo teórico que está en el corazón de mi trabajo y pienso que la categoría de lo posible es ella misma la que nos permite decir ‘otro mundo es posible’, es el universal que se mueve en el interior de la lógica clásica (…)”.

Notas
1. Giberti, E. (1997). “La familia”. En Políticas y niñez, (comp.). Buenos Aires: Losada.
2. Gellner, E. (1994). Posmodernism o, razón y religión. Barcelona: Paidós.
3. Virno, P. (2013). Y así sucesivamente, al infinito. Buenos Aires: FCE.
4. Giberti, E. (2007) “Las adolescentes violadas molestan”. En: Página/12, 7/03/2007.
5. Giberti, E. (2006). “El ‘montón’”. En: Página/12, 01/08/2006.
6. Scribano, A. (2012). “Sociología de los cuerpos/emociones”. En: Revista Latinoamericana de estudios sobre cuerpos, emociones y sociedad, Nº10, año 4, pág. 93-113. Diciembre 2012 - marzo de 2013.
7. Eludiendo el latín original de la palabra ofensor (tropezar, chocar, dar contra una cosa).
De effende: ofensor (el que ofende) sería aquél “que dio el mal paso”, por lo tanto el abusado sería el offensus, el ofendido, irritado, descontento, enemigo, hostil. Pero nunca una víctima de abuso. Diccionario latín-español (1985). Volumen K-Z. Barcelona: Sopena.
8. Scribano, A. (2007). Mapeando interiores, cuerpos, conflictos y sensaciones. Córdoba: Editorial José Sarmiento, (CEA, Conicet, Universidad Nacional de Córdoba).
9. Young, J. (2003). La sociedad “excluyente”. Madrid: Editorial Marcial Pons.
10. Cabe subrayar las diferencias existentes entre prevención y previsibilidad. Prevenir un ataque sexual intrafamiliar no parece posible. Preverlo mediante los recursos de la atención y anticipación sí lo es.
11. Marx, C. (1845). Tesis II sobre Feuerbach.
12. Dusell, E. (2009). Ética de la liberación, pp. 418 y ss. Madrid: Trotta.
13. Benhabib, S. (1990). “El Otro Generalizado y el otro concreto”. En Teoría feminista, teoría crítica. Pág 136. Valencia: Alfons El Magnànim.
14. Virno, P. (2013). Óp. cit.

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