Mito del niño bipolar, El

Mito del niño bipolar, El

Labilidades subjetivas en un mundo rápido, furioso y fetichista


$ 540,00


Un nuevo “cuadro clínico” ha adquirido popularidad: el trastorno bipolar infantil (TBPI).
Niños de difícil encuadramiento y de familias desbordadas son catalogados como bipolares: niños irritables, irritantes, que no disfrutan de nada, que sufren y hacen sufrir, sobre los que se descarga un arsenal de fármacos “estabilizantes”.
La bipolaridad remite a la alternancia cíclica y a veces extrema del humor que, ostensiblemente, no aparece de ese modo en los niños que son clasificados como tales. Niños caracterizados como portadores de un problema biológico factible de resolución médica, sin detenerse a pensar demasiado su conexión con los problemas de un tiempo en el cual la velocidad de producción de los signos y objetos que los bombardean supera la capacidad de tejer lazos en torno a ellos para poder apropiárselos. Una época en la que hasta los juguetes con los que los chicos juegan cargan una estética de perfomance y rendimiento.
La apuesta del autor es la de intentar pensar lo que sí les pasa a los niños mal llamados bipolares, que padecen de síntomas cuyas fuentes hay que permitirse buscar en otra parte.

Prólogo
Capítulo 1.
Tirar la toalla
Capítulo 2.
Claridades que enceguecen
Capítulo 3.
De la bipolaridad del adulto a la “bi-polaridad” infantil
Capítulo 4.
Mercantilización, fetichismo y tragedia
Capítulo 5.
Mad Max
Capítulo 6.
Intervenciones psicoanalíticas
Capítulo 7.
Psicofármacos: criterios

Juan Vasen

Médico especializado en psiquiatría infantil-juvenil y psicoanalista. Ex docente de la Cátedra de Farmacología (UBA). Residente y Jefe de Residentes en el Hospital de Niños E. Gutiérrez. Desde 1985 ha desarrollado diversas responsabilidades en el Hospital Infanto-Juvenil “Carolina Tobar García”; médico psiquiatra en consultorios externos; jefe del Sector Niñas del Servicio de Internación; jefe del Servicio de Psiquiatría Social; jefe del Sector Niños del Servicio de Hospital de Día; supervisor de residentes; supervisor del Servicio de Hospital de Día; miembro fundador del Programa de Reinserción Social “Cuidar-Cuidando” (convenio entre el Hospital “Carolina Tobar García” y el Jardín Zoológico de la ciudad) y supervisor del CENTES N° 1, 2 y 3. Actualmente es Secretario General de Forum Infancias. Ha publicado: ¿Post-mocositos? (Lugar, 2000), Contacto animal (Letra Viva, 2004), Fantasmas y pastillas (Letra Viva, 2005), La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD (Noveduc, 2007), Las certezas perdidas (Paidós, 2008), El mito del niño bipolar (Noveduc, 2009), Contacto niño-animal (Noveduc, 2013), Autismos: ¿espectro o diversidad? (Noveduc, 2015) y Dislexia y dificultades de aprendizaje (Noveduc, 2017).

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Veinticuatro horas bipolar
Un nuevo cuadro se destaca desde hace un tiempo en el firmamento de la psiquiatría de la infancia: el trastorno bipolar infantil (TBPI). Desdeñado por mucho tiempo, ha adquirido recientemente carta de ciudadanía para los nuevos “ingenieros del alma”.
De este modo, varios miles de niños de difícil diagnóstico y familias desbordadas hallaron nombres donde afincar su padecer y sus contratiempos. Y hallaron el sustrato biológico que podría ser su fuente: una inestabilidad de membranas y flujos de neurotransmisores que, como condición hereditariamente transmitida, y afectando a ciertas zonas cerebrales, determinan una labilidad en sus afectos, su autoestima y sus reacciones. Uno de los polos en la corteza pre-frontal no se activaría lo suficiente como para inhibir al otro polo, ubicado en una zona sub-cortical llamada amígdala. He ahí el alfa y el omega que explica un conjunto de síntomas que presentan niños irritables y, aunque no se diga, irritantes, que no disfrutan de nada, que sufren y hacen sufrir y sobre los que se descarga un arsenal de fármacos “estabilizantes”.
Sus padres reciben todo tipo de consejos para enfrentar y manejar la nueva entidad que ha aparecido en sus vidas. Como ejemplo, baste el DVD que, al mejor estilo de televisión en tiempo real, se llama “24: un día en la vida de niños bipolares y sus familias”.(1) Su promoción indica que cubre todos los aspectos que surgen de compartir la vida, día y noche, con “estos” niños, la subespecie entificada de los niños bi-polares, comenzando por la torpeza matinal, la ansiedad, las llamadas de la escuela, el aumento de peso, las dificultades y limitaciones en las actividades de la vida diaria, la desorganización, problemas con la escritura, con los caprichos y rabietas, con el aburrimiento, las pesadillas y terrores nocturnos. Una completa guía, en fin, para quienes, debido al accionar indebido de sus respectivos ADN en la procreación, han generado a “estos” niños, y no saben qué hacer con ellos. Por 25 dólares, y trae fotos, música relajante, efectos de sonido y gráficos. No es poco.
Desde este punto de vista, esos niños configuran un problema biológico pasible de una resolución médica sin demasiada conexión con los problemas de una época en la que el debate de ideas está siendo suplantado por la búsqueda de recetas, y no sólo en el campo de la medicina o en el de lo que se da en llamar “medicina mental”.
Este libro se propone un acercamiento crítico a este enfoque, analizando las implicaciones del empleo de una técnica clasificatoria que produce como efecto la reunión de un heterogéneo conjunto de síntomas que se constituyen artificiosamente como síndrome de la infancia. Lo digo pues se traslada de forma miope un nombre –bipolaridad– que remite a la alternancia cíclica y a veces extrema de variaciones del humor que, ostensiblemente, no aparecen de ese modo en los niños. Niños entonces reunidos sobre la base de un rasgo adulto del que ellos carecen y que no son registrados en la heterogeneidad que sí portan. Una miopía que es casi ceguera.
El eje central del capítulo 1, “Tirar la toalla”, es la responsabilidad. La que nos incumbe como profesionales de la salud mental que nos encontramos con un entramado donde la biología se ha hecho cuerpo erógeno y subjetividad de un modo inextricable. Y sería estar muy por debajo de la ética que se espera de nosotros que ubicáramos como causa última de los sufrimientos y malestares de la época a un sustrato biológico que, siendo base de sustentación, no es por ello causa sino también resultante histórica. Porque el cuerpo humano es biología hecha de tiempo. En él el neologismo mitogenética apunta a señalar los límites de un pensamiento determinista de la herencia en contraposición con el representado por la epigenética y sus recientes aportes.
El capítulo 2, “Claridades que enceguecen”, trata sobre la diferencia entre el etiquetamiento y rotulación como técnicas y el proceso diagnóstico como práctica. En el primer caso, el padecer es entendido como efecto de una alteración neuroquímica que puede ponerse en una serie. En cambio, proponemos un abordaje donde la lógica del sufrimiento puede encuadrarse en ciertas particularidades, como lo son las formaciones y estructuras clínicas, que en este caso no se organizan sobre la base de conductas observables. Lo hacen sobre la base de una metapsicología que rescata las singularidades en las que se pone en juego alguna verdad que atañe a esa subjetividad. Diagnosticar no es clasificar.
El capítulo 3, “De la bipolaridad del adulto a la ‘bi-polaridad’ infantil”, toma como punto de partida los cuadros de psicosis maníaco-depresiva de la adultez que se han ido metamorfoseando en trastorno bipolar por efecto de la disolvente marea de las modalidades y técnicas clasificatorias del DSM IV. Y que ha extendido luego indebidamente sus dominios a la infancia. La revisión de casos de la literatura permite descubrir los hilos de una sutura convertida en remiendo y disfraz. Y lo que abunda es una heterogeneidad que la etiqueta de bipolaridad no refleja, ni comprende, ni pretende transformar, pues la genética es declarada destino.
El capítulo 4, “Mercantilización, fetichismo y tragedia”, intenta tender puentes entre las formas de subjetividad actuales y la clínica de los mal llamados niños bipolares. Abriendo el pensamiento a ciertos rasgos de época que, sin diluir la clínica, la contextúan, permitiendo establecer otras conexiones entre los síntomas y sus determinaciones históricas.
En el capítulo 5, “Mad Max”, se analiza y deconstruye un caso de supuesto trastorno bipolar y se plantean críticas e interrogantes, amén de alternativas posibles a la comprensión del padecer de un niño que hoy tiene once años que ha sido “tratado” con nada menos que 38 diferentes psicofármacos y ha recibido tantas siglas que la madre dice:”Denme una inicial que él la tiene”.
El capítulo 6, “Intervenciones psicoanalíticas”, fundamenta modos de intervención a través del jugar transferencial que alcanzan dimensiones fantasmáticas y ponen en movimiento un despliegue lúdico pleno de efectos terapéuticos.
En el capítulo 7, “Psicofármacos”, se plantean criterios alternativos de intervención en el cuerpo biológico a través de la psicofarmacología, jerarquizando un enfoque sintomático diferente de las modalidades estabilizadoras de administración de medicamentos que predominan actualmente.
En el epílogo, “De inestabilidades, medios y fines”, se presentan reflexiones que pretenden dejar sentada la posibilidad de un pensamiento otro con respecto a la modalidad clasificatoria de la que el TBPI, así como el ADHD y sus variantes, son fieles exponentes.
Nuestro recorrido se propone entonces revisar ciertas maneras de encarar los diagnósticos y el análisis de algunos casos de niños que han sido considerados bipolares. A ello sumamos una reflexión sobre el “caldo” teórico donde estos cuadros se constituyen y también con respecto al “caldo” práctico, cotidiano, donde sus subjetividades se configuran. Pretendiendo aportar así otras modalidades diagnósticas que resultan no menos discutibles, pero sí mucho más inocuas. Que además posibilitan diseñar otros abordajes, tanto psicoterapéuticos como psicofarmacológicos.
La apuesta de este libro es intentar pensar lo que sí les pasa a niños clasificados como genéticamente bipolares. Ellos padecen de síntomas en los que la bipolaridad no es lo determinante y sufren, en cambio, de otras dificultades cuyas fuentes hay que permitirse buscar en otra parte. Y si somos consecuentes, llamar de otras maneras.
Les pido que me acompañen. La importancia del tema no es menor, ya que el número de niños mal llamados bipolares se incrementa (¡¡en los EE. UU. son aproximadamente 800.000 los niños y 5.700.000 adultos!!) y la cantidad de medicación que, con discutibles criterios, incluidos los “preventivos”, se les administra, también.
Este libro debe parte de su impulso al trabajo preparatorio del II Simposio Internacional sobre Patologización de la Infancia “Niños o Síndromes” que se llevará a cabo en septiembre de 2009 en la ciudad de Buenos Aires. Dicho trabajo es realizado hombro con hombro con destacados compañeros de ruta como lo son León Benasayag, Gabriela Dueñas, Osvaldo Frizzera, Beatriz Janin, Elsa Kahansky, José Kremenchuzky, Silvia Morici, Mabel Rodríguez Ponte, Rosa Silver, Gisella Untoiglich. Debe además parte de su precisión a los aportes de Gustavo Vasen. Y su condición de posibilidad al interés y la generosidad de Andrea y Daniel Kaplan de Noveduc y al paciente trabajo de edición de Marcela Pereira.
A todos ellos muchas gracias.
Juan Vasen

Nota
1. Papolos, J., “24: A day in the life of bipolar Children and their Families”. En: www.bipolarchild.com

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