Recreación. Procesos de autonomía colectiva

Recreación. Procesos de autonomía colectiva

“El taller mecánico”


$ 340,00


El argumento del Taller mecánico es una metáfora lúdica que permite transferir la experiencia del trabajo en un taller de automóviles a la construcción de procesos pedagógicos que buscan la autonomía de los participantes a través de diversas experiencias lúdicas.
Mediante la descripción de actividades y dinámicas se desarrolla el marco teórico que sustenta la práctica, de manera tal que el lector-protagonista se pregunte qué tipo de acciones podría desplegar para coordinar y promover un proceso grupal de autonomía y autocondicionamiento y en qué momento del mismo las aplicaría, además de interrogarse por el sentido y los efectos en el grupo.
Las herramientas y las prácticas recreativas estimulan procesos colectivos de autonomía. Las intervenciones socioeducativas lúdicas tienden a lograr una transformación social de la realidad en tanto consideran al sujeto como protagonista de sus condiciones concretas de existencia.

Introducción
El taller, un método y un espacio de construcción

Parte 1
Autonomía

Taller mecánico: "Auto-nomía": "Nosotros lo manejamos"

Parte 2
Una cultura de la heteronomía

Educación de la heteronomía
La autonomía como camino de liberación
Procesos de autonomía desde la recreación
El juego en procesos de autonomía
¿Puede aprenderse la autonomía?
¿Qué tipo de conducción requieren los procesos de autonomía?

Gabriel Garzón

Profesor de Educación Física, psicomotricista, animador turístico y psicólogo
social. Al abrirse la carrera en el Instituto Superior de Tiempo Libre y Recreación de Buenos Aires, Argentina, ingresó allí en calidad de docente y hoy es parte del equipo directivo de la institución.
Trabaja en Recreación en Argentina, en España y en diversos países de América en los que dicta
cursos, talleres y charlas; es docente de la Diplomatura de Recreación del Neuquén y asesor de
la carrera de Educación Social con Orientación en Recreación de Uncuyo (ambas en la República
Argentina).
Es autor de las publicaciones El cuerpo en juego (junto a Edgardo Tripodi) y El agua, nuevas tendencias pedagógicas.

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El taller, un método y un espacio de construcción
El taller es un espacio de aprendizaje, una técnica pedagógica, una forma de construir conocimiento. Es un método que interpela a las formas áulicas convencionales y resignifica el hacer con el fin de poder pasar el aprendizaje por el cuerpo; es desde allí que se aprende, ya que el cuerpo revaloriza la experiencia individual en función de la construcción colectiva de conocimiento.
El método taller cuestiona la concepción de alumno sostenida por la educación formal, que lo concibe como un buen espectador de una obra ya escrita y dirigida por alguien ajeno a él, que debe estar atento a incorporar los elementos que le brinda ese otro poseedor del saber (en este caso, el docente).
El taller se aborda desde una concepción dialógica del aprendizaje en la que maestro y alumno se involucran en el proceso de enseñaje (enseñanza y aprendizaje); en él se diferencian los roles, aunque no de manera vertical: se presenta tornando horizontales las relaciones de saber y de poder, potenciando las diferentes funciones (la del que aprende y la del que enseña), enseñándole al que enseña y demostrándole al que aprende que él también es el que sabe.
El taller facilita la apropiación instrumental del conocimiento porque el alumno se involucra, ocupa un rol protagónico, está comprometido con el mismo y con él mismo y tiene sus sentidos absolutamente implicados. Entonces puede saborear y entonces puede saber.
Las palabras “saber” y “sabor” comparten una raíz etimológica: para saber hay que saborear, pasar por los sentidos; los sentidos involucrados en la acción de aprender permiten el saber (Calmels, 2001).
Este libro recoge la experiencia obtenida en diversos contextos recreativos- educativos. Entre otras, en la organización de las 13º Jornadas de Recreación del Instituto Superior de Tiempo Libre y Recreación de Buenos Aires; en las jornadas convocadas por “La Ronda” en el Neuquén; en la 3ª Cumbre de Recreación en Córdoba y en las jornadas organizadas por “El Embrollo” en Mendoza, todas ellas en Argentina.
Y en el encuentro “Costa Rica Juega 2015”, en Costa Rica y en la Red “Relajo” de Nicaragua, en 2015.
Presento este taller que dimos en llamar “taller mecánico”, parafraseando el concepto cotidiano y transfiriéndolo a nuestro enfoque pedagógico. Un taller mecánico es un espacio en donde se arregla, se construye, se arma y desarma, se ordena y desordena, se hace, se opera; si trazamos un paralelismo con los procesos de aprendizaje, en éstos también nos disponemos a deconstruir, a desarmar y rearmar para saber qué son los conceptos y las ideas estructurantes del aprendizaje y darles nueva forma. Es decir, se trata de ir hacia lo desconocido, hacia lo nuevo; no de ir a conocer lo que ya se conoce por otros para repetir patrones o para aprender a sujetarnos a los paradigmas establecidos, sino de dirigirnos, como invita Paulo Freire (2013), hacia un inédito viable, un desafío de las pedagogías críticas que es incómodo, esperanzador y amable respecto de un futuro próximo.
Es verdad que este taller pedagógico tiene claras diferencias con la actividad de los talleres mecánicos y la asociación de términos incluso suena graciosa, pero nos parece oportuno implementar el “taller mecánico” en contextos educativos, porque nos permite presentar metafórica y fácilmente algunas similitudes entre ambos y también comprender profundas diferencias en la forma de implementarlos.
Un taller mecánico puede ser un espacio educativo. En un taller pedagógico se diseñan modelos para ir hacia la educación de la autonomía, es decir, modelos de sujetos que se valen por sí mismos, que van conociendo y construyendo senderos de libertad en dependencia de sí mismos para lograrlo. Una de las diferencias con el trabajo mecánico es que aquí operaremos de manera personalizada, humanizando pieza por pieza, a mano, de manera artesanal.
La práctica de taller tiene por finalidad aportar herramientas desde lo lúdico para facilitar procesos educativos de autonomía.
Humanamente haciendo, amorosamente creando.
Procuramos construir un espacio y tiempo en el que las personas puedan preguntarse críticamente por la intencionalidad de sus prácticas; que ayude a tomar conciencia de cuáles son las técnicas y los procesos que se orientan hacia una transformación de la realidad y cuáles fortalecen la dependencia y heteronomía.
La práctica tiene la intención de transformar. Pero ¿transformar qué? Aquello que nos desespera en esperanza, aquello que nos oprime en liberación y aquello que nos niega en afirmación. Se trata de convertir el desvínculo en un vínculo de amor; que aquello que nos trae las respuestas se vuelva lo que nos permite hacernos nuevas preguntas: eso que nos invita a conocer, a leer el mundo (no sólo las letras del alfabeto), transformando la realidad en algo mejor que lo que vivimos.
El taller, como lo concebimos, es siempre una invitación y nunca una imposición para aprender; es una puerta abierta, una posibilidad de compartir el sentido, la forma y significado del proceso que se dirige intencionadamente desde la dependencia hacia la construcción de autonomía colectiva.
En esta invitación, desde el campo de la recreación damos cuenta de un método de trabajo que procura la autonomía colectiva, pero también nos referirnos a una forma de concebir la educación y los procesos de aprendizaje desde el diálogo, la pregunta y la construcción de subjetividad e identidad, desde la unión de palabra-acción-
reflexión.
Freire (2013) afirma que “No hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre acción y reflexión”.
Estos son tiempos difíciles, de mucha velocidad. Todo debe suceder ahora, no hay tiempo para esperar, ante el peligro de desaparecer tan fugazmente como él.
Es verdad que hay sociedades en las que no se suele arreglar lo que se rompe, sino que directamente se lo descarta; en cambio, hay otras en las que todo sirve, todo es reparable y reciclable, como también lo es la construcción de subjetividad.
Suave y brutalmente, Carlos Skliar (2015) afirma que “huimos hacia adelante, hacia ese abismo de tiempo donde ya no están nuestros abuelos ni nuestros padres. Mordemos las nubes por temor a la lluvia mientras se seca la tierra con su sudor de cenizas, nuestro presente no se detiene y cada día estamos más envejecidos por las novedades, toda detención respira una brutal estampida”.
Son tiempos difíciles en estas tierras donde, como dice el cantautor León Gieco en su tema musical “Cinco siglos igual” (1992), “la historia se cayó, como se caen las piedras, aun las que tocan el cielo o están cerca del sol”. La historia se cayó, es decir que la cultura se monta sobre andamios prestados, los valores se distorsionan y nos preguntamos dónde estamos parados.
La historia se cayó, es decir que crecimos casi sin reconocernos, sin memoria o con la memoria obturada, en una cultura de escribir y borrar permanentemente lo escrito. Son tiempos difíciles y necesarios para poder trabajar sobre la emancipación y la libertad sin galope, más vale a pie, mejor descalzos que con botas. Pisando la tierra, recorriendo los pasos. Nuevamente, en palabras de Gieco del mismo tema musical, “Desamor, desencuentro, perdón y olvido, cuerpo con mineral, pueblos trabajadores, infancias pobres, cinco siglos igual”. Pueblos casi desaparecidos sólo por ser diferentes; nos referimos acá a la historia de los pueblos, de su cultura y su identidad; hablamos de lo que produjo la última dictadura cívico-militar argentina, con la desaparición forzada de miles de personas y de los procesos de ahistorialización que hoy se reactualizan.
¡Vaya si vale la pena humanizar talleres mecánicos! Levantar la historia, la memoria, construir desde la historicidad, no desde el olvido sino desde la pregunta trampolín acerca de qué educamos, qué recreamos, qué juego intentamos y qué es lo que proponemos.
Nos detenemos poco; nos interesan los resultados por sobre el tiempo de los procesos; nos dirige la ansiedad de que todo sea ya, sin espera, sin tiempo ni discontinuidades; las redes sociales, el Facebook, el WhatsApp, el celular: la respuesta debe ser inmediata, no hay que desconectarse. Todo es continuidad; no se espera en la comunicación, no se espera una fila en el mercado, no se espera un instante una contestación; en este contexto, las diferencias molestan, son intolerables. Lo diferente nos resta velocidad, nos hace “perder tiempo”; no se espera que se aprenda, se exige. Entonces, ante la frustración, determinamos que se trata del fracaso escolar del alumno, sin considerar el fracaso de la escuela.
En este entorno, el juego y el jugar irrumpen como un elemento molesto, subversivo, perturbador en la búsqueda de resultados, precisamente porque su esencia es la incerteza: ése es su condimento principal. En el juego no hay apuros, sino tiempos que se viven de otro modo. Tiempos de tocar, de detenerse, de percibir, de escuchar, de responder, de explorar, de transitar el espacio, de habitarlo más que de ocuparlo, de recorrer las miradas y reconocerse en el otro; el juego posterga las necesidades inventadas y da presencia a las reales.
En los tiempos que corren, el juego es algo inútil; el tiempo útil es el de producción mecánica, el de la escuela de jornada completa, el de la tarea que no alcanza a hacerse en el aula y debe ser llevada a la casa. Pero, sin embargo, no se sabe cómo atraer la atención del que aprende. Porque hoy (al menos en lo que respecta a la educación media) se ignora cómo lograr el aprendizaje en los jóvenes: que se interesen, que formulen un proyecto que los lleve a curiosear el mundo y a querer saberlo todo. Hoy, muchos de ellos lo único que quieren es no ir a estudiar.
En este taller, “lo inútil” se vuelve productivo; “perder” el tiempo se torna útil porque allí reside el aprender: ese momento en el que aparecen la duda, lo incierto y la pregunta es el tiempo de la creación, es el tiempo del juego.
Comprometidos como educadores, intentaremos un camino que nos lleve a la recreación por la identidad. El juego es fundante en la cultura; “cultura” viene de cultivo, de siembra; es lo que el hombre crea, son sus valores, sus creencias, sus haceres. El juego es fundante en la cultura por su valor en la construcción de vínculos y de aprendizajes.
Vamos a cerrar este texto introductorio con una reflexión de Eduardo Galeano (1989), en Celebración de las contradicciones:

De nuestros miedos nacen nuestros corajes y en nuestras dudas están nuestras certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios, otra razón. En los extravíos están nuestros hallazgos, porque es preciso perderse para poder encontrarse; y al fin de cuentas somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

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