Sin pelos en la lengua

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Mejoremos nuestro idioma


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¿Qué relación tenemos con nuestro lenguaje? ¿Nos interesa aprovechar los recursos que ofrece? ¿Nos preocupamos por conocer esos recursos? ¿Nos conformamos con lo que sabemos porque nos basta para nuestras necesidades elementales?

La mayor parte de las expresiones que se comentan en este libro se tomaron de la actividad escolar y de los medios de comunicación: diarios, radio, televisión. El resto, de oírlas en el uso cotidiano o como respuestas a consultas específicas formuladas por personas interesadas en la calidad lingüística. En ningún caso las observaciones intentan censurar el uso idiomático. El propósito consiste en llamar la atención sobre el empleo apropiado, el desvío de la norma aceptada y advertir acerca de formas inconvenientes o saludar innovaciones oportunas. La intención apunta a que podamos hablar “sin pelos en la lengua”, quitando aquellos que impiden o dificultan la comunicación, en lugar de facilitarla, aunque a veces no nos demos cuenta de ello. El lenguaje tiene que ayudar a nuestra comprensión y a nuestro crecimiento personal y social.

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE.
Abrapalabra: galera gramatical


SEGUNDA PARTE.
Curiosidades del idioma

Los lugares comunes
Nombre de pila
Recomendaciones para el uso de algunas expresiones
Redundancias
El lenguaje del fútbol en el idioma cotidiano

EPÍLOGO “FABULOSO”
Las lenguas de Esopo


BIBLIOGRAFÍA

Juan Carlos Dido

Juan Carlos Dido es profesor universitario, locutor nacional, periodista y escritor. Actualmente es catedrático de la Carrera de Locución en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLM) y miembro del Centro de Estudios Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales. Es Magíster en "Comunicación, Cultura y Discursos mediáticos", Licenciado en Gestión Educativa y Profesor en Letras. Tiene una extensa actuación en la docencia en todos los niveles y modalidades educativas. Sus centros de interés son los procesos de enseñanza-aprendizaje referidos al estudio de la lengua y la literatura española y argentina; el papel de los medios de comunicación social para el desarrollo del potencial humano; y las nuevas estrategias educativas de los recursos multimediales en la sociedad del conocimiento. En materia de investigación trabaja actualmente sobre las raíces de la oralidad en relatos y otras manifestaciones de la cultura popular. Ha publicado dieciséis libros, varios de ellos de carácter pedagógico tales como Clínica de ortografía, Taller de periodismo y Cómo hablar bien. Otros son de investigación y creación literaria: La fábula argentina, Identikit de los argentinos, La fábula española y Fábulas folclóricas. Los dos más recientes abordan dimensiones conceptuales y funcionales sobre educación y medios de comunicación: Radios universitarias y La radio en la escuela. Es autor de numerosos artículos publicados por revistas especializadas, entre los más recientes se destacan: Teoría de la fábula, El ensayo y la identidad argentina, La fábula en la educación de adultos y Ensayo sobre el ensayo. Varios de sus libros han merecido premios otorgados por prestigiosas instituciones, como el Primer premio “ensayo” del Fondo Nacional de las Artes (1989), Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1991), y Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación (1992), entre los más destacados. Además, ha escrito guiones para radio y televisión. Actualmente desarrolla programas sobre temas culturales en la radio universitaria. Ha sido expositor en varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y ha ofrecido conferencias en instituciones educativas y culturales sobre temas de su especialidad.

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Somos nuestro lenguaje. Nada nos muestra y nos define mejor. La afirmación es válida para la persona individual, para un grupo, una comunidad, un pueblo. Las palabras que empleamos, estructuras que construimos con ellas, los mensajes que transmiten, los signos que cargan de significado al papel, los sonidos que echan a volar campanas de sentido, todo eso es nuestra lengua, todo eso somos nosotros.
El lenguaje es la música del alma y del cuerpo. La palabra escrita es una partitura que asienta en el pentagrama de los renglones las notas que expresan sentimientos y pensamientos. Esa partitura se vuelve sonora en la voz, que le da el hálito vital al idioma. Aparecen los tonos, los ritmos, las intensidades, los timbres, los acentos, los silencios, en un contrapunto cargado de matices. Podemos utilizar el lenguaje ajustado a su dimensión escrita. Leer en silencio. una experiencia inefable y valiosa. Desde la aparición de la imprenta, la sociedad ha ido restringiendo la lectura en voz alta. Los espacios de la oralidad se han reducido. Vivimos en una sociedad de palabra escrita. La vida institucional se asienta sobre textos: leyes, decretos, resoluciones, contratos, solicitudes, quejas, notas, actas… Una lista interminable en la que se sustenta el orden civilizado. Una comunicación “fehaciente” es una comunicación escrita.
Pero el lenguaje se queda manco sin su aspecto vocal. Es bidimensional. Reducirlo a una sola dimensión es mutilarlo. En realidad, se queda mudo. Afortunadamente, en los últimos tiempos parece que hay un resurgimiento del interés por la oralidad. Conviene recordar que el origen del lenguaje es oral. Nuestra especie ha vivido miles de años sin escritura, solo con palabra hablada. Todavía existen comunidades que ignoran la escritura, que surgió para darle permanencia a la palabra. En las lenguas alfabéticas, como la nuestra, los signos gráficos representan sonidos, como las notas del pentagrama. Esta es la prueba de la condición musical del lenguaje. La escritura es su notación, la oralidad su concierto.
¿Somos conscientes de que contamos con un elemento tan valioso para comunicarnos? Es nuestro principal medio de comunicación. La tecnología ha creado aparatos que extienden los alcances del lenguaje. Pero en la base permanece el lenguaje. Conocerlo, cuidarlo, respetarlo, enriquecerlo, es una responsabilidad vital. El descuido del medio que nos relaciona con los demás implica un descuido por los otros, por los prójimos. Un lenguaje empobrecido revela a una persona empobrecida. Un idioma decadente exhibe a una comunidad en decadencia. Una lengua agobiada revela una cultura en agotamiento.
¿Qué relación tenemos con nuestro lenguaje? ¿Nos interesa aprovechar los recursos que ofrece? ¿Nos preocupamos por conocer esos recursos? ¿Nos conformamos con lo que sabemos porque nos basta para nuestras necesidades elementales? Como las huellas digitales identifican nuestro cuerpo, el lenguaje identifica nuestro espíritu. “De la abundancia del corazón habla la boca”, dice el precepto bíblico. También de la escasez y la miseria.
El iceberg es una gran masa de hielo flotante. La mayor parte de él queda sumergida. Sobre la superficie del agua apenas asoma una porción reducida. La imagen es adecuada para ilustrar el uso de nuestro lenguaje: tenemos un idioma que cuenta con más de cien mil vocablos. Utilizamos menos de la vigésima parte, el resto queda escondido, solo accesible para los buzos eruditos que se sumergen a rescatar algunos miles de vocablos más. En general, predomina una actitud conformista con el idioma. Nos quedamos con el vocabulario que ya tenemos y con las estructuras que conocemos. Si se requieren nuevos términos, en lugar de acudir al riquísimo caudal español, resulta más fácil manotear el vocablo inglés o adaptar erróneamente alguno ya conocido.
No exageramos si decimos que nuestro lenguaje resulta pobre, raso, sin relieve, inadecuado. Esto es lo que se quiere significar al afirmar que “hablamos y escribimos mal”. No se trata de emplear en nuestro uso cotidiano un lenguaje académico. Tampoco se trata de eliminar neologismos, los vocablos nuevos; el idioma no podría vivir sin ellos. Ni de condenar transgresiones; muchas imprescindibles. Se trata de explotar los valores comunicativos, expresivos y creativos de nuestro idioma: léxico abundante, estructuras flexibles y entonaciones sonoras y armoniosas. Con un instrumento de esta calidad, ¿quién tiene la culpa de su uso tan acotado?
La responsabilidad por el uso del idioma pertenece a todos, es cierto. Pero, como sucede con otras verdades, adjudicar una responsabilidad tan general equivale a no admitir ninguna. Y bueno, si todos somos responsables, qué le vamos a hacer. Pero hay una responsabilidad mayor en algunas instituciones. Las entidades educativas tienen en esto una responsabilidad particular. Ellas deben proporcionar los estímulos adecuados, mejorar en forma permanente el conocimiento de la lengua y todas sus posibilidades. Los medios de comunicación tienen especial pertinencia en este asunto. Junto con modelos de estilo de vida, ellos presentan modelos de lenguaje, en su mayoría desechables.
La mayor parte de las expresiones que se comentan en este libro se tomaron de la actividad escolar y de los medios de comunicación: diarios, radio, televisión. El resto, de oírlas en el uso cotidiano o como respuestas a consultas específicas formuladas por personas interesadas en la calidad lingüística. En ningún caso las observaciones intentan censurar el uso idiomático. El propósito consiste en llamar la atención sobre el empleo apropiado, el desvío de la norma aceptada y advertir acerca de formas inconvenientes o saludar innovaciones oportunas. La intención apunta a que podamos hablar “sin pelos en la lengua”, quitando aquellos que impiden o dificultan la comunicación, en lugar de facilitarla, aunque a veces no nos demos cuenta de ello. El lenguaje tiene que ayudar a nuestra comprensión y a nuestro crecimiento personal y social.

El libro está organizado en dos secciones. La primera, “Abrapalabra”, presenta, en orden alfabético, las palabras que son motivo de observación. Cada una va seguida de un ejemplo de uso corriente y, en seguida, la explicación correspondiente. La segunda parte, “Curiosidades del idioma”, contiene una miscelánea con una serie de textos que expresan ciertos empleos lingüísticos habituales e invitan a la reflexión.
Finalmente, el “Epílogo fabuloso” presenta una fábula que, a manera de resumen, destaca la importancia de la lengua y demanda la responsabilidad de los hablantes en el cuidado y mejoramiento del idioma.

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