El aprendizaje como problema a debatir

El aprendizaje como problema a debatir: nuevas realidades y la necesidad de una nueva escuela

¿Cómo influye la tecnología sobre la manera de aprender de los niños y adolescentes de esta era (los denominados nativos digitales)? ¿Cómo repercute sobre la dinámica de las aulas? ¿Qué podríamos hacer desde las prácticas diarias para generar experiencias de aprendizaje enriquecedoras?

Nativos digitales
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Generalmente cuando nos planteamos un problema, solemos analizar aquello que lo provoca, describiendo en detalle las consecuencias que genera, etcétera, pero siempre enfocados en el problema mismo, en "el ojo de la tormenta". Sin embargo la experiencia demuestra que cuanto más nos enfocamos en resolverlo, menos lo logramos (ha todos nos ha pasado no encontrar un objeto perdido hasta que dejamos de buscarlo).

Los grandes artistas miran los espacios vacíos para delinear formas, miran el fondo como parámetro para dibujar figura.

El propósito de este artículo es mirar el contexto, analizar la realidad del mundo en el que vivimos para pensar cómo mejorar las experiencias de aprendizaje de los niños en la escuela.

Se habla del siglo XXI como aquel en el que la incertidumbre, la ambigüedad y la rapidez de los cambios son las únicas variables que parecieran permanecer estables. Ken Robinson asegura: "Vivimos en la era más intensamente estimulante de la historia del planeta tierra".

¿Cómo influye esto sobre la manera de aprender de los niños y adolescentes de esta era (los denominados "nativos digitales")? ¿Cómo repercuten estos cambios contextuales sobre la dinámica de las aulas? ¿Qué podríamos hacer desde las prácticas diarias para generar experiencias de aprendizaje enriquecedoras para todos los niños (tan diversos, afortunadamente) que, además, los preparen para un mundo hiperconectado, incierto y ambiguo?

El mismo Robinson explica que uno de los principales desafíos de la educación es convertir un sistema rígido y estructurado, diseñado para unos pocos, en otro flexible y dinámico, accesible a todos. Las escuelas fueron diseñadas para una población pequeña y selecta que había que formar para que se insertara en un mundo predecible y estructurado. Afortunadamente, la población que hoy accede a la educación es mucho mayor, y por lo tanto, también mucho más heterogénea y diversa; y necesita ser preparada para ingresar a un mundo completamente impredecible, cambiante y complejo.

Los avances en los campos de las neurociencias, la psicología cognitiva y la psicología positiva, entre otras disciplinas, han aportado, en los últimos años, a una mayor comprensión de los procesos de aprendizaje. Sabemos entonces, por ejemplo, que uno puede ser inteligente aunque su rendimiento académico en materias como Lengua y Matemática no sea bueno. Hoy sabemos que no todos aprendemos de la misma manera, que cuando asociamos lo que aprendemos a experiencias y emociones positivas, aprendemos más y mejor, que existen las neuronas en espejo (uno de los grandes descubrimientos del siglo XX, según aseguran), por lo que aprendemos más y mejor cuando vemos a alguien hacer algo que cuando solo escuchamos instrucciones de cómo hacerlo. Sabemos que la memoria tiene grandes sesgos, que olvidar y distorsionar información es un fenómeno cognitivo normal, sabemos que la atención y las demás funciones cognitivas tienen una capacidad limitada, etcétera. Todos estos saberes vienen a derrocar las premisas básicas sobre las que se asientan la educación en general y nuestra formación en particular.

De todos estos nuevos saberes, ¿cuántos utilizamos para redefinir nuestras prácticas en el aula? ¿Hemos adaptado, modificado y actualizado nuestro modo de dar clases, de enseñar, de evaluar y de intervenir en estos últimos años?

De algún modo, somos responsables de actualizar nuestra formación, tomando aquellos aportes que nos ayuden a comprender mejor los procesos de aprendizaje, el desarrollo evolutivo de los chicos y conocer la mejor manera de motivarlos para que se comprometan con su proceso de aprendizaje.

Hoy disponemos de gran cantidad de información al alcance de la mano. Basta con tener acceso a internet. Pero no menos importante es tener en cuenta el contexto en el que nuestros alumnos viven y el medio sociocultural en el que están insertos para priorizar abordajes, contenidos, habilidades y estrategias que se adecuen a sus realidades.

En el mundo actual, nada parece ser tan estable como lo era antes. La divulgación del conocimiento a través de internet y la interconectividad entre personas que investigan el mismo tema en diferentes partes del mundo, ha permitido a la ciencia realizar avances exponenciales en estos últimos años, que están modificando nuestra forma de vivir.

Todo esto a su vez, modifica nuestro sistema cognitivo. Se crean patrones de conducta diferentes debido a la utilización diaria de herramientas digitales que se rigen por paradigmas distintos a los analógicos. Navegar en una página de internet, por ejemplo, supone un tipo de procesamiento simultáneo y un “rastreo” de información completamente diferente al de la lectura de un libro (que es secuencial y lineal). Cambia entonces también nuestra manera de prestar atención. Ya nos es mucho más difícil permanecer concentrados de manera pasiva frente a discursos lineales y secuenciales durante “largos” (¡noción que se va “acortando” minuto a minuto!) períodos de tiempo.

Santiago Bilinkis, en su libro Pasaje al futuro, describe claramente en un sincero proceso de introspección cómo le resulta casi imposible mantenerse concentrado para escuchar clases dictadas por personas a las que admira profundamente en una singular y prestigiosa universidad estadounidense:

Lo que más me llama la atención mirando lo que sucede en las clases desde una cierta distancia es que, por más que queramos, los estudiantes no logramos prestar atención de manera sostenida.

El escenario para el que docentes, directivos y expertos en educación hemos sido formados, ha cambiado radicalmente… ¡y promete cambiar mucho más aún!

“El aburrimiento continúa siendo la base de un sistema obsoleto, que no busca el aprendizaje, sino la certificación, y en el que la evaluación es el centro de un proceso bulímico donde lo importante es tragar, vomitar y olvidar la información”, sostiene María Acaso.

Eric Schmidt, miembro del comité directivo de Google, afirmó en 2010: “5 exabytes de información era todo lo creado desde el comienzo de la civilización hasta el 2003. Eso mismo se crea cada dos días en la actualidad”4. La cantidad de información al alcance de la mano, es abrumadora y requiere de un constante juicio crítico de nuestra parte para poder discernir su calidad y veracidad.

Por su parte, Roberto Rosler, médico neurocirujano, miembro de la Asociación Educar y docente universitario, reconoce con un gran sentido del humor: “¡Tengo un gran problema!… Yo aprendí ayer, con información de antes de ayer y tengo que enseñarle a estudiantes que están viviendo en el futuro!”.

Es claro que un cambio radical por parte de los agentes involucrados en el proceso educativo o, por lo menos, un cuestionamiento y rediseño de las prácticas educativas, se hace necesario.

Ahora bien, según aseguran los expertos (¡y lo que nos complica aún más!) nuestro cerebro tiene una implacable tendencia constitutiva a resistirse a los cambios. Crear hábitos nos ha permitido economizar energía mental para tareas superiores, y lo que es más importante aún, nos ha permitido sobrevivir durante miles de años. Es por este motivo que nos aferramos a aquello que conocemos y que estamos acostumbrados a hacer durante mucho tiempo. El cambio nos genera un miedo ancestral (claramente heredado de nuestros antepasados), a tal punto que uno tiende a aferrarse a cuanto argumento encuentre para evitarlo, sobre todo cuando se trata de temas tan profundos como nuestra propia educación, las experiencias de nuestra infancia y la educación de nuestros hijos.

Pequeños grandes cambios: "metas mínimas" para el aula
Modificar el sistema educativo implica un proceso largo y complejo que por supuesto involucra a muchos actores y supone la redefinición de políticas públicas que exceden el rol de quienes estamos al frente de un grupo de alumnos. Sin embargo, estoy convencida que cada docente tiene en sus manos el poder de rediseñar y actualizar las experiencias educativas que propone a sus alumnos, y puede empezar a hacerlo mañana mismo.
Por eso, propongo generar pequeños grandes cambios en dos sentidos:

1) Hacer un poco menos de aquello a lo que estamos acostumbrados (eso, que nos aseguraron era “la forma de enseñar y aprender”, lo que supone un “destete” emocional profundo).

2) Y empezar a hacer cosas difErEnTEs, a las que no estamos habituados, prácticas que hasta podrían parecernos “poco áulicas” pero que nuestra intuición nos indica que pueden ser de gran utilidad para nuestros alumnos en este nuevo escenario.

Respecto del primer cambio (revisar las formas habituales de enseñar y aprender), propongo el siguiente ejercicio que supone definir prácticas específicas y ponerlas a juicio. Las prácticas planteadas no son cuestionadas a priori: pueden ser buenas o necesarias (quizá menos buenas o menos necesarias de lo que creemos). Pero dados los cambios a los que estamos asistiendo, creo que podemos plantearnos si las volveríamos a elegir o no y, eventualmente, redefinir el objetivo y fundamento por los cuales las reelegiríamos.

Cambiar no es para nada fácil. Tenemos que ser conscientes acerca de nuestra natural resistencia intrínseca que suele boicotear cualquier tendencia a lo nuevo y diferente y que nos lleva lenta, gradual y silenciosamente a volver al punto del cual partimos. Debemos tal vez diseñar sistemas de control o formatos que, partiendo de esta realidad, nos recuerden la necesidad de cambiar, y nos motiven para seguir sosteniendo los desafíos que nos planteamos. Armar espacios de reflexión entre docentes de diferentes materias, podría ser una buena alternativa. Estos espacios no requieren necesariamente ser físicos, pueden armarse, por ejemplo foros virtuales.

El cambio genera resistencia, no solo en uno mismo, sino en todos los factores involucrados, por lo que es importante intervenir sobre todos los agentes que participan en la educación de los chicos. Si, por ejemplo, decidiéramos reducir la cantidad de información que los chicos copian del pizarrón para reemplazarlo por más actividades de debate, investigación y escritura en formatos digitales, habrá que informar a los padres sobre el cambio con los argumentos y fundamentos correspondientes.

Los alumnos que están hoy en 1er. grado, estarán finalizando el secundario (tomando como referencia la estructura escolar actual, y suponiendo que todo marchara sobre ruedas) la próxima década. Lo único que podemos asegurar, es que no tenemos la menor idea de cómo será el mundo en ese entonces.

Formar personas, creativas, flexibles, con capacidad crítica frente a la inmensa cantidad de información que nos abruma (recuerden: “5 exabytes cada dos días…”) y atentas a “lo que sucede” en el mundo en el que se encuentran inmersas, serán habilidades que en cualquier escenario podrían ser necesarias.

Hagan, prueben, investiguen, mezclen, jueguen, copien, arriesguen…

Fuente: Revista Novedades Educativas Nº296 (Ver contenidos - Leer en Biblioteca Digital)
Autora: María Tresca (Ver perfil)
Libro: ¿Cuándo, qué y cómo estudio? (Nueva edición)

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