De la escuela al trabajo...¡Nuevo libro!

¿Qué implica fomentar la cultura del trabajo?

Desde una economía de los bienes simbólicos, se invita a reflexionar sobre los trayectos escolares, las interacciones barriales y las inserciones laborales de jóvenes de clases populares. ¡Para replantear las intervenciones frente a problemas de educación y trabajo!

18 provincias por la educación para el medio rural
Conocé la investigación sociológica: "De la escuela al trabajo y del trabajo a la escuela". > Más información

Por Gonzalo Assusa. Sociólogo y Dr. en Ciencias Antropológicas.
1er premio del 4to. Concurso de Investigaciones sobre la relación Educación y Trabajo

Bajo el esquema de la cultura del trabajo, una serie de prácticas se vuelven social y moralmente obligatorias (trabajar, estudiar, ser responsables, esforzarse para conseguir los objetivos, etcétera). La obligatoriedad de estas prácticas se fija en espacios determinados (Bourdieu, 2011c; Wilkis, 2014, p. 165) que producen interés en cuestiones morales, o, lo que es lo mismo, que producen interés (social) en la encarnación del desinterés (materialista o economicista).

Recupero en este sentido la noción de capital simbólico de Bourdieu para dar cuenta de la energía y el trabajo social invertidos en la legitimación del capital económico (Godelier, 1998). Este proceso se manifiesta casi siempre como una alquimia social de denegación, desconocimiento, eufemización y transfiguración de relaciones de dominación en relaciones de dependencia personal (Bourdieu, 2011a).

Tal como sostiene Ariel Wilkis (2014), esta perspectiva permite encarar un programa de investigación sobre los “valores y las virtudes” en el marco de la teoría de la práctica. Además, habilita una mirada acerca de la moral que realza la importancia de las disputas simbólicas y de la capacidad de agencia, sin perder de vista la estructura de relaciones, ni la “obligatoriedad” característica de lo moral (Mauss, 2009). En esta línea, Wilkis (2014) propone la noción de capital moral para hablar de las garantías de valor acumuladas e incorporadas por los agentes como respaldo de sus pretensiones y posiciones, particularmente en situaciones de desposeimiento relativo de otro tipo de recursos (como es el caso de las clases populares). El autor precisa aún más la definición de Bourdieu, al hablar de una transmutación de las relaciones de fuerza en relaciones de valor.

Por estas razones, la asunción de las disputas morales por el capital simbólico como perspectiva teórica implica un análisis acerca de las maneras en las que las personas son medidas (esto es, percibidas, clasificadas, valoradas y valorizadas) en función del cumplimiento de obligaciones morales y, por lo tanto, implica un abordaje de la forma en la que dichos valores y obligaciones se instituyen como vectores estratégicos.

Entiendo a la cultura del trabajo como una configuración histórica particular de la economía de los bienes simbólicos. Comprenderla de esta manera presenta la ventaja de pensar las prácticas y el universo de clasificaciones morales en clave de continuidad –como un sistema de categorías que es más común que sus usos y apropiaciones identitarias particulares– (Grimson, 2011). Pero también permite pensarla de manera relacional, lo que lleva a poner el foco de la mirada en las disputas, las negociaciones y los compromisos –entre personas de clases sociales, de edad y de sexo diferenciales– que la configuran.

Esta definición implica una regulación de los conflictos y de la acumulación de capital simbólico en la vida de estos jóvenes, basada en elementos y valores asociados al mundo del trabajo (el esfuerzo, la dignidad, la planificación, la disciplina, etc.), pero puesta en juego y valorizada en la totalidad de la vida social. Esto se vuelve aún más visible al descentrar el foco de la investigación del espacio laboral como ámbito exclusivo, para encontrarme con los jóvenes en un conjunto de escenas y ámbitos, institucionales e informales, en los que se desarrolla su vida.

Pensarla como economía (lógica, dinámica, sistema relacional) de los bienes simbólicos, despega a la cultura del trabajo de su anclaje en los lugares (socialmente producidos como) laborales, para pensarla como lente que habilita el análisis de la producción diversa y multisituacional de un sistema de clasificación simbólica de las personas, de sus prácticas y sus recursos, cuya presencia homológica puede ser analíticamente reconstruida en y entre distintas escenas de la vida de los jóvenes de clases populares.

El doble carácter del capital simbólico –su incrustación en relaciones de dependencia personal y su legitimación de jerarquías sociales materialmente fundadas– permite articular las dimensiones estructural e interaccional del análisis de la vida laboral de estos jóvenes. Por un lado, la noción de capital implica siempre su inserción en un sistema relacional, en un proceso de acumulación, en prácticas de inversión y valorización. La cultura del trabajo aparece como un marco de regulación simbólica en el que se insertan sistemas de estrategias que proveen los recursos necesarios para la reproducción de la vida social, fundamentalmente entre jóvenes que, por su posición estructural, deben resolver la privación de otros tipos de recursos (los ingresos monetarios familiares, las titulaciones escolares, etcétera). El capital simbólico que se produce y acumula en el marco de la cultura del trabajo legitima, reconvierte y pone en valor la estructura patrimonial del conjunto de agentes que participan de este complejo relacional (jóvenes y no-jóvenes) y, por lo tanto, es apropiado, invertido y viabilizado estratégicamente de manera diferencial.

De esta manera, la cultura del trabajo funciona también como una economía de la búsqueda laboral y como una economía de las políticas de selección de mano de obra. Y esto es así, en la medida en que el mercado de trabajo funciona, a la vez, como espacio en el que se desarrollan las estrategias materiales por el control de los recursos (tanto para aquellos propietarios de los medios de producción que demandan mano de obra, como para aquellos desprovistos de cualquier otro medio que no sea su propia fuerza de trabajo para reproducirse) y como el espacio de las estrategias simbólicas por la producción del valor de los sujetos, los objetos y las personas (Martín Criado, 1998). El mercado de trabajo es, desde esta perspectiva, el espacio en el que se fijan los criterios que distinguen entre las prácticas sociales legítimas y las ilegítimas. Por otra parte, el capital simbólico como perspectiva analítica implica el abordaje de la escenificación situacional de las posiciones sociales de los agentes en momentos y escenas interaccionales particulares. Las posibilidades de inserción en un puesto, las de lograr estabilidad, las de ascender, las de ser tenidos en cuenta en las redes familiares y vecinales de acceso al trabajo son dirimidas, en los segmentos más precarizados del mercado laboral, en gran medida, por signos éticos y estéticos, actitudes y competencias “comunicativas”, por la encarnación de “hábitos” y “buenas costumbres”, por la construcción de obligaciones como virtudes, en la propia presentación personal y en las trayectorias laborales de estos jóvenes. Y esta misma escenificación se actualiza, con características homólogas, en las más diversas escenas de su vida cotidiana.

La definición de la cultura del trabajo como economía de los bienes simbólicos, por esto, conmina a pensar su propia producción en tanto capital, es decir, a pensar el trabajo simbólico y moral como proceso de producción de los agentes, de sus esquemas de percepción (habitus) y de su arreglo objetivo a dichos sistemas de clasificaciones. En el caso de los jóvenes de clases populares, la importancia de la preocupación social por “formarlos”, “educarlos” e “inculcarles la cultura del trabajo”, por producir sensibilidades y disposición al reconocimiento de los signos de distinción como significativos, se relaciona con la relevancia de producir sus disposiciones a captar las desigualdades como diferencias-con-sentido.


Fuente:
Fragmento extraído del libro: "De la escuela al trabajo y del trabajo a la escuela" (Ver contenidos)
Autor: Gonzalo Assusa. (Ver perfil)


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