Un cuento para la escuela

¿Qué se entiende por iatrogenia en psicología infantil?

Se pone en cuestión los alcances de la neurociencia y la utilización de métodos evaluativos tempranos en bebés que pretenden predecir (y no prevenir) posibles trastornos, negando la dimensión intersubjetiva del desarrollo. Se presentan 43 casos de infantes de 2 a 8 años de edad que atravesaron distintos procesos diagnósticos.

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Hemos denominado a este fenómeno iatrogenia de los pseudodiagnósticos tempranos. Nos referimos a aquellos diagnósticos que, al basarse en la evaluación de expresiones conductuales, derivan en un etiquetamiento precoz, ignorando y desconociendo las expresiones sintomáticas propias de la complejidad multicausal del psiquismo infantil.

El modo en el que un niño pequeño es considerado a la hora de entender por qué se muestra diferente de lo que esperamos puede ser determinante en su proceso de constitución subjetiva. Es necesario problematizar los riesgos y alcances del diagnóstico temprano, las intervenciones que este promueve y las huellas afectivas que imprime. Desde el inicio, el bebé posee sensaciones, emociones y pensamientos que lo hacen activo y conectado y, por ende, vulnerable.

En estos tiempos, el niño pequeño pasa a ser un sujeto examinado hasta la obsesión, mensurado y evaluado en sus logros en cada momento evolutivo, en tanto se espera de él que se comporte de acuerdo al estándar, única manera de alejar el fantasma de la anormalidad. La parentalidad teme precozmente por las incompetencias de sus bebés tanto como teme por las suyas propias.

Padres y profesionales de la salud se hallan bajo la misma microcultura imperante: intervenir dignifica nuestra función, tanto parental como profesional, desconociendo el riesgo implícito de excedernos en la misma. Es preciso subrayar que el bebé es un sujeto en estructuración, permeable a su entorno interrelacional. Cualquier intervención que provenga del adulto que no contemple esa condición corre el riesgo de vulnerabilizar precozmente (en lugar de prevenir) y de interferir en el desarrollo (en lugar de promoverlo).

Es necesario suscitar intervenciones subjetivantes que impliquen una comprensión multicausal del sufrimiento y sus síntomas. A partir de una cuidadosa perspectiva interdisciplinaria, la terapéutica indicada buscará integrar las dimensiones biológica, emocional y subjetiva del bebé y su entorno.

En esta época nos encontramos con la aplicación de técnicas de dudosa validación sin una clara profesión de respaldo, que promueven pseudodiagnósticos –que damos en llamar etiquetantes, por el efecto desubjetivante que conllevan–. Por otra parte, estos instrumentos de medición precoces y la advertencia a los padres del riesgo de "patología irreversible si no es detectada a tiempo” lleva a que cualquier expresión propia de los vaivenes madurativos de la infancia sea considerada como signo de alarma de una patología.

Estas terapéuticas piensan al bebé como un conjunto de funciones falladas que es necesario estimular y/o corregir. Por ello, la intervención suele derivar en multitratamientos: terapias y técnicas disociadas que abordan por separado cada función, promoviendo un modelo de niño fragmentado, interfiriendo en el proceso de subjetivación del bebé y de parentalización.

Se inquieta a los padres tempranamente con la “urgencia” de una pesquisa temprana, como manera de “prevenir precozmente” supuestos desarrollos patógenos futuros. En esta perentoriedad por “prevenir” se acude a pruebas estandarizadas que se basan en el logro del desarrollo desplegado por el bebé en el momento de la consulta. De acuerdo a esta evaluación express –tomada a partir de un protocolo estandarizado y aislada de la dimensión vincular, subjetiva y contextual– se “previene” precozmente la presunta patología o se determina la existencia de cierto trastorno, etiquetando al niño.

Asimismo, se plantea que la cuestión de la prevención precoz en base a instrumentos y pesquisas estandarizadas –muchos de ellos administrados por los padres– es un asunto que urge someter a debate entre los profesionales que nos ocupamos de la primera infancia, ya que está impregnado de múltiples equívocos. La alarmante pregnancia mundial de esta tendencia simplificadora del concepto de prevención en la práctica clínica actual promovió el corrimiento del concepto de prevención precoz hacia el de predicción precoz, confundiendo los beneficios de la primera con los maleficios de la segunda.

No se trata de desconocer aquí la necesidad y utilidad de comprender oportunamente cuándo un bebé o niño pequeño presenta alteraciones tempranas. Lo que se cuestiona es la pretensión de predecir y anticipar hasta lo impredecible, “fijando” a un niño en pleno movimiento de subjetivación a un trastorno precoz.

El aumento exponencial de niños en riesgo es abrumador. Parece que no es posible evitarlo, pero podemos problematizar los modos diagnósticos y terapéuticos de los que son objeto muchos niños pequeños. Pensamos que es necesario proclamar que las prácticas subjetivantes garantizan, por sobre las prácticas de entrenamiento funcional, una ética del encuentro, de la escucha y de la tarea. Proponemos habilitar un espacio de intercambio; tomarnos un tiempo para observar al niño y escuchar a los padres a partir de aquello que emerge de las vacilaciones respecto de su lugar. Cuando algo en su hijo les hace pregunta es parte imprescindible para armar el escenario de intervención con el niño.

Fuente:
Fragmento extraído del Libro: Diagnósticos y clasificaciones en la infancia (Ver contenidos)
Compilan: Silvia Morici, Gisela Untoiglich y Juan Vasen.
Escriben en la obra colectiva: Bertin, Bottinelli, Fattore, Ferraiuolo, Frid, Fusca, Giacobone, Inza, Lebovic, Panizza, Tollo y Wassner.


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