Día de la Maestra (¿y también del maestro?)

Por Daniel Brailovsky. Este 11 de septiembre reflexionamos acerca del caso de los maestros varones en el Nivel Inicial, porque en muchos sentidos pareciera que la profesión “no les queda”.

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Podría suponerse que cuando uno va a leer (o incluso a escribir) acerca de los maestros jardinero varones, se enfrentará a dichos tales como: “¿por qué son tan pocos?”, “Deberían ser más”, “Es importante para los niños que también haya varones en el jardín”, “Ellos tienen tanto derecho como las mujeres de ser maestros”, etc.

Este texto tratará sobre los maestros jardineros varones, pero no se ocupará principalmente de estas cuestiones. Las abordaremos, claro, pero como un paso hacia otro problema más relevante. Digámoslo ya mismo, en el primer párrafo, para que no queden dudas: este capítulo se trata sobre la idea de que la profesión docente no está hecha a la medida de nadie. Esto se hace evidente en el caso de los maestros jardineros varones, porque en muchos sentidos pareciera que la profesión “no les queda” y necesitan acomodarla un poco. Pero la idea se presenta en realidad como una oportunidad para quienes creemos que vale la pena intentar una reapropiación de los códigos del oficio, una reinvención de sus gestos, sus procedimientos, sus principios.

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Para indagar y conceptualizar la experiencia de los maestros jardineros es necesario considerar dos escenarios: el del jardín de infantes como ámbito escolar, con sus características y especificidades, y el de las identidades de género como construcciones culturales complejas que adquieren rasgos particulares en el contexto escolar. El imaginario social ha ido pincelando nuestra profesión de atributos y expectativas, al punto de que es sencillo reconocer una serie de “rasgos demandados” para ocupar el lugar del docente en el nivel inicial. Para desempeñarse en ese rol –dirá el discurso instituido– es preciso ser comprensivo, paciente, contenedor, y vincularse afectivamente con los niños. Por otro lado, las referencias más instaladas respecto de los rasgos masculinos, lo que sería la definición hegemónica y naturalizada de lo que significa ser varón, imponen la necesidad de ser fuerte y no expresar las emociones. O al menos esto es lo que dictan los estereotipos más arraigados de la masculinidad.

Como puede reconocerse, entre ambos universos parece delinearse, en principio, una contradicción que conduciría a suponer una incompatibilidad. ¿Cómo conciliar la sensibilidad con la racionalidad, las prácticas inspiradas en la crianza y el hogar, con los escenarios típicamente masculinos del trabajo? ¿Cómo explicar la convivencia de una afectividad docente vigilada por la moral escolar y una afectividad masculina dictada por los mandatos de la masculinidad hegemónica? Este entrecruzamiento, sin embargo, ha producido en las últimas décadas algo muy diferente a esta hipótesis de incompatibilidad. Los maestros jardineros eran apenas un puñado en los años 90, y aunque siguen siendo hoy una minoría respecto de las mujeres, ya se cuentan de a miles en Argentina y otros países de la región. Son aceptados y reconocidos en las instituciones, y se los representa en películas o series televisivas como ejemplos de historias de vida dignas de ser contadas. Los medios de prensa realizan con regularidad pequeñas investigaciones periodísticas, en general caracterizadas por un curioso interés en “ver de cerca” al personaje. La aparente dicotomía entre los requisitos del hombre y los del educador infantil parece haber dejado paso a las coincidencias: en ambos casos se espera del sujeto un rol protector, una actitud de guarda hacia aquellos, más débiles, que están bajo su dominio. En ambos casos hace falta una legítima distancia que se expresa en términos de un ejercicio de poder que a la vez que sujeta y limita, protege y asegura. Cuando enseguida ahondemos en las experiencias de los maestros jardineros y sus estrategias para para legitimarse en la profesión, no será extraño hallar que una de las formas más características y distintivas a que los maestros varones han mostrado apelar a la hora de vincularse con los niños, es su forma particular de construir (y reflexionar sobre) una relación corporal con ellos.

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El libro "Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica" se basa en los testimonios de una docena de maestros jardineros que generosamente relataron sus historias en una serie de entrevistas abiertas, en el marco de una investigación anterior. Los maestros jardineros varones son sujetos que, a partir de una diferencia que parte del género, se proponen (o se ven forzados a) construir un modo diferente de habitar la escuela infantil. Así como “no les queda” el delantal, y se ven obligados a realizarle algunos ajustes (quitarle los detalles decorativos en el cuello, o el bolsillo tipo canguro), en algunos otros sentidos sienten que “no les queda” la profesión. Del mismo modo que le habían hecho ajustes al atuendo, entonces, se los hacen a sus modos de habitar el rol docente. Y esto es interesante desde una perspectiva de género, por qué no, pero lo es mucho más desde una perspectiva pedagógica más amplia. Se trata de docentes que se ven forzados a hacer algo que siempre se destaca como imprescindible: reflexionar sobre su rol, sobre la estética, la política y la ética de su tarea. Los maestros jardineros varones son un caso interesantísimo de estudio, a pesar de lo exiguo de su número, por esa razón: son reflexivos forzosos. Siempre han existido dentro de las comunidades educativas del nivel inicial íconos que representan cambios deseados, miradas progresistas sobre la profesión y sus tareas. Parece ser que los maestros varones condensan, por distintas razones, un ejemplo sobre el que estas ideas se retoman y se debaten.

Un día, a la salida, cuando casi todos los chicos se habían ido, veo que me espera la madre de una nena, Agustina. Y me dice algo así como: “yo respeto tu trabajo, me doy cuenta que tenés muy buena onda con los chicos, y Agus te quiere un montón, pero me sentiría mejor si cuando ella necesita que la acompañen al baño, o cambiarse, o esas cosas, que lo haga la maestra auxiliar”. En ese momento me surgió decirle que bueno, que no se preocupe, que no tenía de qué preocuparse. Pero pensándolo mejor después, a mí el planteo me dejaba en un lugar muy feo, muy oscuro… No tenía ninguna razón para pensar mal de mí, era un prejuicio absoluto. > Sobre el libro

Muchos de los ajustes que estos maestros realizan a sus prácticas se pueden reconocer como íconos de la mirada reformista que atraviesa el nivel inicial en un sentido genérico, comprometiendo a varones tanto como a mujeres: los encabezados de las notas (mejor “Querida Familia” que “Papis”), la estética despojada de estereotipos, el abuso de los diminutivos, la infantilización de las relaciones, el lugar otorgado a los fundamentos teóricos, entre otras cuestiones. Esto no significa, como luego veremos, que por ser varones sean reformistas ni progresistas, sino otra cosa, más compleja: que las expectativas que se depositan sobre ellos, por ser atípicos (desde el género) se ven como oportunidades para volver a pensar estas otras cuestiones, que pueden también pensarse independientemente de cualquier cuestión de género. Continúa...

En el marco de la presentación de su nuevo libro 2019 "Pedagogía (entre paréntesis)", te invitamos a escuchar un texto leído en voz alta por el autor... ¿ser de confianza o estar en confianza?

Fuente: Extracto del capítulo 11 en Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica. Daniel Brailovsky. > Más información


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