Un texto de Jorge Larrosa sobre el libro de Daniel Brailovsky

Ni lo nuevo, ni lo viejo: la pedagogía

Por Jorge Larrosa. Una reseña del libro "Pedagogía (entre paréntesis)" de su colega Daniel Brailovsky.

Jorge Larrosa y Daniel Brailovsky - Noveduc
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1. Se podría relacionar el “entre paréntesis” del libro de Daniel Brailovsky con esa “brecha del tiempo” de la que hablaba Hannah Arendt, ese intervalo entre el “ya no” del pasado y el “aún no” del futuro, ese en el que cada generación “se yergue” en la medida en que “piensa”, ese que interrumpe la continuidad de la flecha del tiempo, ese que, según nos dice Arendt, no se transmite, sino que “cada generación debe pavimentar con laboriosidad” sabiendo, eso sí, que está constituido por un enfrentamiento de fuerzas que es, en definitiva, un campo de combate.

Lo que hace Daniel es construir un suelo para pensar la pedagogía hoy, en este paréntesis que su libro abre, tratando de desplazar la falsa y demasiado simple dicotomía entre lo nuevo y lo tradicional. Y eso, precisamente, porque es ese esquema binario el que nos impide pensar lo que de verdad está en juego en las luchas actuales en defensa de la escuela.

2. Decía Gabriela Mistral que “todo oficio es un linaje”, y también que el de profesor fue y debería seguir siendo “un oficio legítimo”. Una de las muchas cosas que me ha interesado del libro de Daniel es la búsqueda de un linaje, de una tradición, que él encuentra en el escolanovismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Su libro insiste en que ni el mundo ni la escuela ni el oficio empiezan con nosotros y que los que nos dedicamos a la educación necesitamos una herencia en la que podamos reconocernos, pero siéndole a la vez fieles e infieles, como corresponde a los herederos.

Una de las cosas que he aprendido escribiendo mis propios libros sobre el oficio de profesor es que las ideas sobre qué es educación y sobre cuál es o debería ser la función de la escuela han cambiado una barbaridad a lo largo de la historia, pero que si uno lee no a los filósofos o a los teóricos sino a las profesoras y profesores, las preocupaciones son muy parecidas. Los profesores practicamos un arte antiguo, y las maestreas y los maestros del siglo primero, a su manera claro, también combatían la distracción de los jóvenes (también consideraban que el suyo era un arte de la atención), también trataban de que pusieran en sus estudios lo mejor de sí mismos, y también trataban de que tomaran distancia del mundo para poder conocerlo, pensarlo, interrogarlo y conversarlo. En ese sentido, mis libros tratan de construir la forma de la escuela y la materialidad del oficio de profesor de un modo, digamos, in-actual, uno en el que puedan reconocerse los (buenos) profesores que nos han precedido en el oficio y también los que nos seguirán, si es que continúa habiendo escuelas y habiendo profesoras y profesores lo cual, para mí, no está nada claro.

JORGE LARROSA: Ni el mundo ni la escuela ni el oficio empiezan con nosotros y quienes nos dedicamos a la educación necesitamos una herencia en la que podamos reconocernos, pero siéndole a la vez fieles e infieles, como corresponde a los herederos. > NUEVO LIBRO: Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de Profesor

Pero el libro de Daniel es, en eso, mucho más preciso, en la medida en que dialoga muy bien con las distintas tradiciones de reforma pedagógica y trata de establecer una distinción genealógica entre, podríamos decir, los buenos y nobles antepasados y los usurpadores ilegítimos que se presentan como sus herederos. Lo que he aprendido con el libro de Daniel es que los ataques a la así llamada “escuela tradicional” de las viejas pedagogías críticas estaban orientados claramente a fortalecer la escuela, a consolidar su carácter público, y a modernizar las artes y las técnicas propias del oficio de profesor, pero que lo que él llama el pseudo-escolanovismo de mercado utiliza lo de la “crítica a la escuela tradicional” como un cliché completamente vaciado, claramente dirigido a destruir la escuela, a privatizar sus principios de funcionamiento y a acabar con la dignidad y la autonomía del oficio de profesor. En sus propias palabras, “el escolanovismo planteaba una crítica a la escuela tradicional en un contexto claramente estatalizado en el que las funciones sociales de la escuela se daban más o menos por hechas y donde lo que se requería era cuidar a los chicos de los ‘efectos secundarios’ de la escolarización. Las nuevas críticas a la escuela tradicional, en cambio, se formulan en una sociedad de consumo hipermercantilizada marcada además por cierta fragilidad institucional de la escuela. Y, en ese marco, atacan justo lo que no debería atacar: su función social y su carácter público” (pág. 34).

Daniel, que sabe mucho de máscaras y de desenmascaramientos, nos enseña que “lo nuevo” puede ser la máscara de lo más viejo (en el sentido de herrumbroso y podrido) y que “lo viejo” puede ser el lugar de donde puedan venirnos las mejores novedades. De hecho, el escolanovismo podía criticar la escuela de su época, quería cambiarla, pero no dudaba de que su función tenía que ver con la vinculación con la cultura, con el acceso de todos al saber y con la apertura del mundo (con que la escuela fuera realmente escuela), cosa que no sucede en absoluto con muchas de las nuevas formas de innovación pedagógica en tanto que van, directamente, contra el núcleo de lo que la escuela aún tiene de escuela.

Cada vez estoy más convencido, como dice Alba Rico, de que hay que ser revolucionarios en lo económico, reformistas en lo institucional y conservadores en lo antropológico y, por tanto, de que tenemos que ser capaces de distinguir, y Pedagogía (entre paréntesis) nos ayuda a hacerlo, qué cosas de esas que vienen a la escuela tienen que ver con lo económico, qué cosas con lo institucional y qué cosas con lo antropológico, más que nada para saber qué debemos tratar de cambiar, a qué debemos resistir, y qué cosas tenemos que preservar.

3. Además, Daniel, que tiene un oído finísimo, también me ha enseñado que a lo mejor no es tanto cuestión de qué palabras aceptamos o rechazamos sino de qué sonoridad, con qué intenciones y en qué contextos. La misma palabra puede adquirir sonoridad “tradicional” o “nueva” según desde donde se la pronuncie. Todas las palabras que usamos para hablar de la escuela y del trabajo de los profesores son ambiguas y tienen al menos doble filo.

La tercera parte del libro que estoy comentando se titula “volver a pronunciar algunas palabras” y yo me detuve, claro, en “experiencia”, una palabra que yo cultivé con cierta delicadeza y de la que últimamente me he distanciado. Primero, por su apropiación mercantil, porque vivimos en un mundo en el que se hace de la experiencia un objeto de producción y de consumo. Segundo, por su apropiación narcisista, porque convierte al sujeto de la experiencia en alguien que sólo está interesado en sí mismo. Tercero, por su apropiación por lo que podríamos llamar el mercado del fitness y del well-being, ese que convierte la vida en un perpetuo buscarse, aceptarse o cultivarse a sí mismo, como si no hubiera nada más importante que buscar, que aceptar o que cultivar. La palabra “experiencia” está de moda, pero es el shopping el que la pronuncia, la comercializa y la impone masivamente.

JORGE LARROSA: La misma palabra puede adquirir sonoridad “tradicional” o “nueva” según desde donde se la pronuncie. Todas las palabras que usamos para hablar de la escuela y del trabajo de los profesores son ambiguas y tienen al menos doble filo. > Sobre el autor

Pero debo decir que las páginas de Daniel sobre el uso de esa palabra en pedagogía son más que certeras, que han estado a punto de reconciliarme con esa vieja palabra que fue, para mí, de las más queridas, y que pueden significar una buena bitácora para navegantes. Por otra parte, y también en relación con la selección de las palabras con las que pavimentar con laboriosidad el presente de la pedagogía (esas que trazan, dice Daniel, “el mapa de lo pensable, de lo decible, de lo conversable”), el libro distingue brillantemente entre las palabras que tienen que ver con el oficio de profesor, con el hacer, y las palabras que se refieren al sentido del oficio, las palabras de pensar o para pensar: “Unas palabras como piezas de una ingeniería del hacer, otras como alientos de una revisión crítica de ese mismo hacer. Palabras prácticas y palabras reflexivas. Palabras útiles y palabras rebeldes. Palabras técnicas y palabras filosóficas. A las palabras del hacer les pedimos que sean eficaces para acompañarnos en la labor, que nos faciliten las cosas, que nos permitan resolver tareas y problemas cotidianos. De las otras esperamos que nos mantengan atentos, que nos adviertan sobre las paradojas, los falsos semblantes, que nos ayuden a leer entre líneas” (pág. 165).

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4. Con su capacidad para explorar las paradojas y los dobles sentidos, Daniel está señalando cuáles son los verdaderos enemigos. Ya no la vieja y eternamente denostada “escuela tradicional”, esa que simplemente no merece el nombre de escuela, sino los que, erigiéndose en portavoces de un futuro que definen a su conveniencia, se dedican a vender baratijas pedagógicas al por mayor. Esos a los que cada día es más difícil resistir porque estamos entregándoles, nada más y nada menos, que la definición misma de qué es educación, así como la comprensión de qué es una escuela y de qué es lo que hacen los profesores y las profesoras que la sostienen en su trabajo de cada día.

Lo que no podemos permitir es que sean las grandes corporaciones y los grandes organismos internacionales los que determinen las políticas educativas públicas, y lo que no podemos perder son lo que Daniel llama “nuestras herramientas conceptuales del pensar”, unas herramientas que su libro contribuye a construir y a afinar y que, desde luego, no son ni las de la investigación ni las de la evaluación.


5. En las primeras páginas del libro, el paréntesis no remite a una brecha temporal sino a un modo de decir separado y disruptivo. Escribir entre paréntesis es, para Daniel, “lo contrario de hablar sobre el estrado, elevando el índice en gesto solemne. Una pedagogía entre paréntesis es entonces la que piensa sin demasiada sujeción a paradigmas, sin teorías blandidas como sables. La que se mueve con la independencia intelectual requerida para pensar lo educativo separándose de la coyuntura y de la época, pero enfrentando preguntas que la época necesita hacerse (…). Se trata de interponer una observación necesaria, una pregunta acerca del sentido, un llamado de atención” (pág. 14).

Como se sabe, Simone Weil decía que la atención era el objetivo principal, tal vez el único, de la educación, y creo que necesitamos cada vez más de voces entre paréntesis, de esas que nos hacen más atentos. Así como de libros escritos en un tono sereno y a la vez preciso, humilde y a la vez vehemente y compacto. Dice Daniel que el paréntesis es también “una acotación íntima que dice lo suyo en voz baja y mirando a los ojos” (pág. 13). A veces, como decía María Zambrano, se dicen cosas muy bajas en voz muy alta y cosas muy altas en voz muy baja. Además, hay textos que te miran desde arriba y otros que te miran a los ojos, que están escritos, como diría Peter Handke, a la misma altura de los ojos del lector.

Así que terminaré encomiando ya no las ideas del libro, lo que el libro da a pensar, sino su modo de escritura: una escritura firme y precisa pero no dogmática, una escritura de combate, sí, pero amable y en absoluto combativa, de esas que lo único que buscan es abrir y continuar la conversación e invitar a los lectores a entrar en ella. De hecho, además de “experiencia”, también está “conversación” entre las palabras que Daniel quiere volver a pronunciar. Y “cuidado”, también de la escritura; y “confianza”, también en los lectores; y “ceremonia”, también del mirar y del mirarse.

Fuente: Extraído de la Revista PARA JUANITO Nº 20. > Leer edición completa acá.
Escribe: Prof. Jorge Larrosa (Ver perfil)


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