Comenzar / repetir un curso

Comenzar / repetir un curso

Por Jorge Larrosa. El texto estuvo escrito desde la perspectiva del profesor; se tituló “El primer día de clase”, y el autor escribe en conversación con grandes referentes (en este caso con Peter Handke).

Jorge Larrosa en un primer día de clases
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El oficio de profesor se ejerce, todavía, en un tiempo cíclico, casi campesino. El tiempo de los que trabajan la tierra se ajusta a ese ciclo natural en el que todo acaba, muere, desaparece, pero también un tiempo en el que todo vuelve, retorna, recomienza. Se siembra, se cuida, se cosecha, se vuelve a sembrar, a cuidar, a cosechar. Después de la cosecha viene el invierno (tiempo de pasividad, de espera, pero también de reparación y de preparación: de las herramientas, de la tierra, de las fuerzas) y después del invierno la primavera vuelve y todo recomienza. Cada temporada es la misma y, a la vez, otra (dependiendo de los caprichos del clima y de las contingencias de la vida). Una mala cosecha es una decepción, a veces una tragedia, pero siempre se pueden esperar “tiempos mejores” y hay que volver a empezar. Una buena cosecha no garantiza que la próxima también lo será.

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Desde el punto de vista del profesor (desde su manera de habitar los ritmos temporales propios de la escuela), un curso comienza y acaba, y otro curso vuelve a comenzar. Un curso a la vez se empieza y se repite. Como dice Peter Handke:

La repetición tiene que dar frutos, tiene que causar esfuerzos; tiene que ser, por así decirlo (no, sin “por así decirlo”), una peregrinación.

Un curso es siempre “un curso más” y a la vez “otro curso”. El curso comienza de nuevo, otra vez de nuevo, y ese curso que comienza será a la vez igual y distinto que el curso del año anterior. En relación al curso que comienza, el profesor es a la vez un repetidor y un principiante (y ninguna de esas figuras debería ser privilegiada sobre la otra). En un curso que comienza habrá algo de las rutinas, los rituales, las maneras y las manías del profesor que se repetirán, pero eso no significa que no sienta la euforia, la incertidumbre y, por qué no decirlo, la esperanza de todo comienzo.

Antes del primer día de clase, el profesor ha definido y preparado lo que va a ser su curso. Puesto que para el profesor un curso es, fundamentalmente, una serie ordenada de lecturas (un dossier) sobre un asunto, ya ha decidido el asunto que quiere tratar y ya ha elegido y secuenciado los textos, aunque sabe que esa selección y esa secuencia seguramente serán alteradas a lo largo del curso. De hecho, el que el dossier sea alterado será una señal de que el curso ha sido realmente un curso. Al empezar el curso, y desde la perspectiva del profesor, hay una relación curiosa entre repetición y diferencia. Para el profesor, un curso es siempre una relectura (aunque solo sea porque ya ha leído los textos que va a leer de nuevo, con sus estudiantes, durante el curso), una oportunidad para la repetición. El privilegio del profesor es que puede permitirse el lujo de volver a leer, una y otra vez, curso tras curso, los mismos textos, aunque introduzca, desde luego, algunas variaciones. Entre un curso y otro, el profesor ha seguido estudiando, es decir, ha seguido preparando sus cursos y preparándose para sus cursos y, por eso, lo que vuelve a comenzar no será exactamente lo mismo: siempre hay algo en cada curso que se prueba y se pone a prueba por primera vez. Si el profesor decide repetir un curso no es solo porque lo considere interesante para los estudiantes sino también porque quiere seguir estudiando, porque quiere volver a leer. Como dice Peter Handke:

Invitado a escoger entre un nuevo camino y la repetición de un camino me he decidido por la repetición, y eso ha sido una decisión.

Desde el punto de vista del profesor, los textos no son leídos sino releídos. El profesor es, por definición, el que ya ha leído, y los estudiantes los que van a leer. Pero lo que el profesor espera es que su relectura (hecha en otro curso, con otras personas, en otras circunstancias) le diga, también a él, algo nuevo. El profesor no solo tiene el privilegio de releer, sino también el de releer con unos estudiantes que están leyendo por primera vez. Y eso, solo eso, ya convierte la repetición en diferencia. Otra vez Peter Handke:

No enseñes. Pero cuando enseñes que sea como si, asombrado, acabaras tú mismo de enterarte de esto.

El profesor, al enseñar, al repetir, espera también para sí el asombro, el enterarse de algo.

Después de la preparación (del estudio, de la lectura), el curso comienza y llega la primera clase. Ese día hay un estado de ánimo especial, como en todos los comienzos (un nuevo amor, un nuevo año, un nuevo verano, un nuevo libro, un nuevo amigo, una nueva ciudad). Pero el primer día de clase no solo tiene la emoción del estreno, de la primera vez (aunque la obra haya sido ya ensayada multitud de veces, aunque ya nos la sepamos de memoria). Desde luego, es el momento de las primeras miradas, esas que tratan de adivinar cómo responderán los otros, como reaccionarán. El primer día del curso, el profesor busca algunos ojos más abiertos de lo acostumbrado, alguna voz con una vibración especial, algunos gestos de asentimiento particularmente enfáticos, algún rostro especialmente expresivo, alguna postura corporal un poco más atenta, un poco más concentrada.

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Pero el primer día de clase es también, sobre todo, el momento en que el profesor hace los primeros gestos dirigidos a los estudiantes, es decir, donde hace, por primera vez, de profesor. Y esos gestos iniciales tienen que ver, me parece, con hacer que eso que va a comenzar sea “realmente” un curso, y un curso, además, escolar, algo que se va a dar en las particulares condiciones de la escuela. Lo que el profesor hace no es anunciar una meta, sino empezar un camino.

El primer gesto del profesor tiene que ver con una operación temporal, con la reiteración del modo escolar de dar tiempo. Comenzar un curso es darse tiempo, tomarse tiempo, liberar tiempo, crear tiempo libre, tiempo liberado no solo de la exigencia de productividad y de rentabilidad sino también de la urgencia y de la prisa. El primer gesto del profesor es dar un tiempo libre, indefinido y tranquilo. No solo “aquí tenemos tiempo”, sino “aquí tenemos mucho tiempo, todo el tiempo que haga falta”, y “aquí no debemos preocuparnos por el tiempo”.

El segundo tiene que ver con una operación espacial, con la reiteración del modo escolar de dar lugar. Comenzar un curso es darse un lugar en un espacio público, en un espacio en que las cosas se hacen con otros y en presencia de otros. El segundo gesto del profesor es dar un lugar a todo el mundo y, a la vez, exigir que ese lugar no sea una posición sino una disposición y, sobre todo, una exposición. No solo “aquí cada uno tiene un lugar”, sino que ese lugar es un lugar de lectura, de escritura, de conversación, tal vez de pensamiento. El lugar que el profesor da a los estudiantes (y el que se da a sí mismo) es “un lugar que obliga” en tanto que dispone y expone a hacer las cosas seriamente. Como dice Handke:

Verbo para la seriedad: “obliga” (un bello obligar).

Por último, el tercer gesto del profesor tiene que ver con una operación material, con la reiteración del modo escolar de dar una materia de estudio (un asunto sobre el que se va a leer, a escribir, a conversar, tal vez a pensar). El gesto, por tanto, es poner algo sobre la mesa, y hacerlo como diciendo “esto es para vosotros”. Handke lo dice así:

Amor que se cumple: “he encontrado esto para ti”.

Y, un poco más adelante:

Trabajar de tal manera que después puedas entrar y decir: “tengo algo para vosotros”.

Comenzar un curso es dar una materialidad a recorrer, una línea (textual) a seguir o, si se quiere, un camino de estudio, de investigación. Pero de un estudio (o de una investigación) en la que uno mismo tiene que estar presente. En palabras de Handke:

El estar en camino, si estás con una cosa o con un trabajo, puede convertirse en una investigación, tanto de la cosa como de ti mismo.

Solo después de la reiteración de esos tres gestos, el profesor puede decir: “vamos a comenzar” o, en palabras de Peter Handke:

“Dar” comienzo, expresión adecuada.

Fuente: Este fragmento fue extraído del libro "El profesor artesano". (Ver contenidos)
Escribe: Jorge Larrosa.
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