Una historia escrita por Sol Silvestre

Manos limpias. Una misión supersecreta

Una historia pensada para pequeños lectores de 7 años en adelante, que intenta no solamente fomentar el placer por la lectura sino también servir como herramienta de prevención.

Jorge Larrosa en un primer día de clases
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Todos seguían a Filiberto hasta el lavamanos del baño... Margarita me mandó a poner un cartelito en la puerta del Eden, no fuera cosa que a algún cliente se le ocurriera venir justo en medio de la difícil operación que estábamos a punto de realizar.

Jorge Larrosa en un primer día de clases

- Pero yo me las lavé antes de empezar - se excusaba, avergonzado, Filiberto, justo cuando yo me uní con los demás en el baño. Pero entonces la canilla habló:
- ¡Sin usar jabón!
Así que a Filiberto no le quedó otra: puso sus manos bajo el agua y se enjabonó.
- A ver, preguntón - se metió Margarita- ... Déjeme ayudarlo. Cuando uno anda tocando los alimentos, lavarse las manos no es una cosa sencilla. Primero remánguese y que el agua lo moje hasta los antebrazos.
- ¿Hasta los antebrazos? ¿Para qué? - protestó Filiberto.
- ¿Será posible que tenga que preguntarlo todo? Hágame el favor de hacerme caso, ¡sin chistar!
- Ufa... Está bien... me remango, mojo las manos y los antebrazos y...
- Tome el jabón y cuente hasta veinte antes de soltarlo.
- ¿Y por qué no hasta veintidós?
- Bueno, si quiere cuente hasta veintidós... Ahora se va a cepillar...
- ¡Pero espere, Margarita! ¡Recién voy por el dieciséis! - y Margarita tuvo que esperar entonces los seis segundos que faltaban antes de reiterar:
- Ahora se va a cepillar...
- Doce... - dijo Filiberto en voz bien alta, como para hacerle notar que otra vez se adelantaba.
- ¿Doce? ¿Cómo que doce? ¡Si hace un rato iba por el dieciséis! ¿Usted cuenta para atrás, hombre insensato?
- No, señora Margarita, pero cada vez que me interrumpe me pierdo y tengo que volver a empezar...
- Así que yo soy la que interrumpo ahora... - se ofendió la escoba y yo, para calmar los ánimos, observé:
- Bueno, ya está bien, primero contó hasta dieciséis, después hasta doce. Como dieciséis más doce es igual a veintiocho... -

Pero no llegué a terminar de redondear la idea porque entonces se escuchó la voz de Dominico, bien entonada y potente:
- ¡... A teeeeee!

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Nos quedamos todos callados, un poco porque no entendimos y otro poco porque Dominico rara vez hablaba y esto de escucharlo cantar ya era el colmo de las rarezas.

- ¿Qué canta? - preguntó Margarita, entre interesada y ofendida por la distracción que había generado Dominico.
- El tanti auguri - dijo él, y carraspeó.
- El feliz cumpleaños - traduje yo, antes de que Filiberto preguntara.
- ¿Y eso por qué? - preguntó Margarita- . ¿No ve que estamos en medio de una misión importante y usted...?
- Sí, sí, perdóneme, benemérita escoba. Es que a veces me aburro ¿vio? y cuando me aburro, canto. Y ustedes estaban discutiendo, que si contaban hasta el 20 o hasta el 22; y después el 28... Así que mientras se decidían me puse a cantar el tanti auguri (que es una canción preciosa ¿quién me lo va a negar?) para pasar el rato ¿vio?
- ¡Es perfecto! - se emocionó Margarita- . Si usted empezó a cantar justo cuando Filiberto metió las manos bajo la canilla y terminó en el preciso momento en que todos nosotros acordamos que ya había pasado el tiempo suficiente, podemos cantar el Feliz Cumpleaños para medir la duración de esta difícil operación.
- ¿Qué operación? - preguntó Filiberto.
- ¡La de lavarse las manos, preguntón! - contestó, ya exasperada, Margarita.

- Empecemos de nuevo - sugerí yo, antes de que a Filiberto se le ocurriera preguntar otra cosa- : A la cuenta de tres, empezamos a cantar el Feliz Cumpleaños...

Y así hicimos. Contamos uno, dos, tres y empezamos a cantar. La melodía nos salió graciosa y clara, y el chorro de la canilla enseguida entonó con nosotros. La letra, la verdad, no se entendió nada: y claro, imaginen que Aluminé lo entonó en mapudungún, Dominico en italiano, los demás lo hicimos en español y el resto de las cosas en sus idiomas nativos (¿a que no sabían que existen los idiomas canillol, escobil, delantalés y cucharol?). Y de verdad fue muy hermoso el final porque todos terminamos al mismo tiempo, sílaba más, sílaba menos. Así que, imaginarán, las manos de Filiberto estaban bien espumosas cuando Margarita siguió con las instrucciones.

Jorge Larrosa en un primer día de clases

- Va a tomar el cepillito aquel para las uñas y muy meticulosamente...
- indicó Margarita a Filiberto, con ese “no sé qué” de las maestras ciruelas.
- Pero una cosa no entiendo... - comenzó Filiberto ya con el cepillo en la mano.
- “Meticulosamente” quiere decir con mucho cuidado - se anticipó Margarita resoplando, y yo casi casi le pregunto para qué se daba aires de maestra si tenía menos paciencia que un reloj despertador.
- Se va a cepillar las uñas muy pero muy bien - continuó Margarita- , y recién después se enjuagará con abundante agua.

Filiberto siguió las instrucciones; después cerró la canilla y se secó con un paño de cocina. Y si ustedes piensan que entonces la “difícil operación” había terminado, se equivocan desde la Cordillera de los Andes al Monte Sapo, porque en cuanto Filiberto dio la media vuelta, Margarita gritó tanto que (del susto) casi me hago pis encima:

- ¿Pero adónde se piensa usted que va, Filiberto? ¿Yo le dije que cerrara la canilla o que se secara con ese trapo sucio? Ahora vamos a tener que volver a empezar.
- ¡Pero no es un trapo sucio, Margarita! - objetó él.
- Es verdad, no soy un trapo sucio - corroboró, muy enojado, el paño de cocina.
- Dígame una cosa: ¿por qué se lava usted las manos? - le preguntó Margarita a Filiberto, sin ni siquiera mirar al pobre paño que estaba terriblemente compungido.
- Para que estén limpias ¿para qué va a ser?
- ¿Sabe usted que hay un mundo invisible, Filiberto? Si mirara por un microscopio su propia mano, seguramente encontraría un sinfín de organismos vivos que...
- ¡Son como guerreros invisibles! Yo conozco esa historia - interrumpió Aluminé.

- No es una historia, querida. Los microorganismos andan por todos lados y algunos pueden ser sumamente peligrosos - aclaró Margarita, otra vez con aires de sabihonda, y continuó- . Si usted se lava bien las manos, pero toca la canilla, que está llena de microorganismos, y encima después se seca con un paño que anduvo por todos lados ¿para qué se lavó las manos, dígame? ¿Para volverse a ensuciar?

- No lo había pensado así... ¿Pero no es un poco exagerada, Margarita? ¿Cómo hago para cerrar la canilla si no es con las manos? ¿Qué quiere, que use los pies? - le contestó ya bastante fastidiado Filiberto.
- Sería exagerada si usted estuviera en su casa haciendo cualquier otra cosa que no fuera cocinar para los otros, Filiberto. Ustedes, todos, están al frente de una cocina y así de exageradísimos tenemos que ser. Hay formas y formas de lavarse las manos, según la actividad que vayamos a realizar. Ahora, respondiendo a su pregunta: no, no quiero que cierre la canilla con los pies. Mire la pared, ¿qué ve?

Pero Filiberto no contestó.

- ¿Qué ven? - nos preguntó al resto de nosotros Margarita, como cualquier señorita maestra hubiera hecho en su lugar.

Pero ninguno de nosotros contestó porque la verdad, la verdad, no veíamos más que una pared (una pared muy linda, eso sí, toda pintada de lila).

- ¿Será posible que nunca nos presten atención? - se enojó Margarita- . ¡Pobre Otto!

Y no fue necesario que nos dijera quién demonios era Otto, porque nos dimos cuenta enseguida cuando el dispensador de toallas descartables se puso a llorar a moco tendido.

- No hay caso, Otto, querido. No es nada personal. A mí también me ignoran, de verdad - lo consolaba Margarita, mientras él mismo usaba los papeles, que salían uno a uno por su boca, para limpiarse los enormes lagrimones de sus ojos diminutos.

- ¡Buaaaaaa! - sollozaba Otto, tan pero tan angustiado que todos empezamos a llorar para que se sintiera más acompañado. Pero en cuanto el llorón dispensador de toallas descartables vio que no alcanzaban los papeles para todos, se secó los lagrimones, subió las cejas (ah, sí, porque Otto tiene dos calcomanías muy bonitas que le sirven de cejas) y pegó un grito espeluznante que nos hizo pasar de la tristeza al miedo en un segundo:
- ¡A callar, señores! ¡Un poco de compostura, por favor!

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Entonces Margarita aprovechó el silencio y le exigió a Filiberto que volviera a empezar. No sin resoplar, mi amigo volvió a remangarse, a mojarse las manos y los antebrazos, a pasarse jabón por todos lados, a cantar el feliz cumpleaños, a cepillarse meticulosamente las uñas...
- Ahora tome la toallita que gentilmente Otto le entregará.
Muy bien. Séquese con cuidado. Los antebrazos también, Filiberto.
- ¡Ufa! - se le escuchó decir.
- Y ahora, con esa misma toalla va a cerrar la canilla, sin tocarla para nada. Tire la toalla en el cesto... ¡Ta taaaan! - gritó entusiasmada Margarita, marcando el punto final de la difícil operación.
Todos aplaudimos muy calurosamente hasta que Filiberto nos hizo callar para preguntar:

- ¿Y si no tengo una toalla descartable?
- Cuando no hay otra opción y se usan toallas de tela, hay que tener la precaución de lavarlas muy, muy seguido.
- Yo tengo un primo que sirve para sostener una toalla laaaaarga como el Río Rin - nos contó, entusiasta, Otto.
- Sí - terminó de explicar Margarita - . Son las toallas continuas en rollo, como va circulando la tela uno se asegura de tocar un pedazo limpio cada vez. Pero generalmente se traban, por lo cual no sirven para mucho.
- ¿Y los secadores de aire? - preguntó Bladimiro- . Porque cuando compré el dispensador...
- Si está hablando de mí, me llamo Otto - , se ofendió otra vez nuestro sensible amigo nuevo.
- Cuando compré a Otto - retomó Bladimiro, respetuoso- , dudé en comprar un secador de aire. ¡Pero era tan caro!
- ¡Y lo bien que hizo en no comprarlo! - se imaginan quién señaló.
- Bueno, Otto, querido, no seas así. Esos secadores son una cosa muy buena, sobre todo cuando se activan solos, apenas uno coloca las manos sobre la salida de aire - observó Margarita muy sabiamente como siempre.
- ¿Y si se corta la luz? - contraatacó Otto- ¿y el flujo de aire que hace volar microorganismos por todos lados?
- Bueno, sí... tienes un poco de razón. Pero ningún mecanismo es ideal, porque a ti se te acaban los papeles y hay que andar recargándote a cada rato - le contestó Margarita, a quien evidentemente le encantaba quedarse con la última palabra. Y hubieran seguido discutiendo sobre lo mismo si Juancito no les hubiera hecho notar que hay otras cosas importantes más allá de la técnica que se use para el secado.

Juancito es un jabón. Y es un jabón común y corriente: redondito, chiquito y lila (¿cuándo no?). Él nos explicó que existen muchas clases de jabones y que cada una tiene una función especial. Juancito es jabón de tocador y entonces no irrita las manos. Y aunque le dolió admitirlo, nos dijo que en una cocina vendría mejor un jabón neutro, sin ningún perfume, que además tuviera algún bactericida.

- Pero una cosa no entiendo - dijo Filiberto.
- “Bactericida” es la propiedad de matar bacterias - me adelanté a decir porque ya sabía lo que iba a preguntar (¡si lo conoceré!).
- ¿Y ese jabón neutro con bactericida vendrá en lila? - preguntó Bladimiro.

Fuente: Este fragmento fue extraído del libro "Cocina en peligro". (Ver contenidos)
Escribe: Sol Silvestre.
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