¿Es posible jugar con los padres?

Por Esteban Levin. Este material nos ayuda a abordar los problemas en la infancia y el trabajo con las familias. ¡Para reflexionar críticamente sobre la clínica en el país del diagnóstico!

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El país del diagnóstico: el tiempo parental
Por Esteban Levin

La familia de Andrés (dos años) toca el timbre con él en brazos. Cuando abro la puerta están cohibidos, casi no hablan. Rígidos, tensos, es difícil establecer una relación con ellos. De esta manera subimos al ascensor. Los brazos de la mamá sostienen al pequeño. Al girar, él parece mirarse en el espejo. Tomo este gesto, lo saludo a través del espejo; los padres también lo observan y jugamos con la imagen virtual reflejada. Hago una morisqueta, moviendo la cabeza de un lado al otro. Compartimos la sonrisa, el efecto alegre de la mueca. Coloco mi mano en la cabeza del papá, que se ríe de su reflejo. También lo hago con la mamá, con Andrés y en mi propia cabeza. Entonces, quedamos todos despeinados. Riéndonos de esta imagen, llegamos al consultorio.

Entramos sonrientes y mirando cada uno la gestualidad del otro. En ese instante, le cuento al niño que tengo muchos juguetes y cosas para jugar con él. Contento, va hacia el tobogán chiquito, de solo dos escalones. Le facilito que pueda pasar un pie y otro (la mamá refiere que se lanzó a caminar hace poco tiempo). Inestable, lo ayudo a colocarse cómodo para poder deslizarse por la rampa. Si bien no es alta, la mamá lo sostiene de atrás, y el papá y yo lo esperamos al final del tobogán. Luego elige un pequeño musiquero, un pianito; lo toca y, al hacer eso, surge el sonido correspondiente a un animal (una oveja, un pato, un elefante, una vaca, un caballo…). Los papás y yo empezamos a anticipar el sonido que Andrés tocará. Poco a poco compartimos las melodías y surgen canciones alusivas.

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Luego, con su andar inestable, el niño recorre otra parte del consultorio, hasta que sube a los brazos del papá, que lo sostiene. Aprovecho ese movimiento en vaivén que hace al agarrarlo y exclamo: “¡Uy, un avión!”; realizo el sonido correspondiente y el pequeño Andrés pasa del brazo del papá (como avión) al mío y de allí giro (en helicóptero) a la mamá. Ella lo hace volar y llega otra vez a los brazos del papá y así pasa de uno a otro varias veces, con distintos sonidos que resuenan de diferente manera, hasta estacionar en una colchoneta multicolor. Sonriente, él se relaja en ella y tomo un extremo; entonces, deviene alfombra mágica con la que recorremos distintos lugares (cocina, balcón, pasillo, etcétera).

Los cuatro jugamos con los juguetes y los gestos, las posturas y la musicalidad que se genera en el ritmo actuante de la escena. Andrés mira un carrito, hace el gesto y lo sentamos en él. La mamá lo pasea por un lado, luego se la da al papá y así seguimos los diferentes caminos hasta finalizar la primera sesión.

Indefectiblemente, surge el interrogante acerca de cómo trabajar con los papás de niños con problemas en el desarrollo y la estructuración subjetiva. Este interrogante es fundamental, el niño cumple la función del hijo en relación a los lazos parentales. A partir de esta experiencia primordial, los pequeños configuran su imagen corporal y son ubicados en una posición en el mito familiar que los aloja. Además de las entrevistas parentales, hay espacios y tiempos que se generan en el encuentro con ellos, que son de vital importancia. Específicamente, hacemos mención a momentos de intercambio, tanto con el papá como con la mamá, en los que se pone en juego la modalidad de relación con él.

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Para el trabajo con los padres, rescatamos la vitalidad de esos pequeños espacios ocasionales que se producen en el encuentro con ellos. Los mismos suceden tanto cuando nos traen a sus hijos para emprender la sesión, como cuando los vienen a buscar. Son instantes fecundos en los que entra en juego la gestualidad, la mirada, las expectativas que el encuentro clínico puede producir.

Muchas veces ocurre que el pequeño lleva un objeto o cuenta a sus padres lo que hizo en la sesión, y les transmite el deseo de ver o participar de la experiencia que él realizó. Por ejemplo, la lectura de un cuento que causó mucha gracia o intriga, un dibujo que produce miedo, una pista de autos que se construyó con mucho esfuerzo, unas bombitas de agua, un juguete que quiere llevarse, traer o intercambiar. En todas estas situaciones participan los padres, los hermanos y la familia. En el movimiento familiar, se pone en acto el funcionamiento de la función parental articulada a la función del hijo.

Planteamos donar tiempo para que esos espacios y experiencias con los otros y la familia se realicen; al producirse, no es el autismo, el síndrome o el diagnóstico lo que aparece, sino un niño que se incluye en el entramado familiar como cualquier otro de la familia, en la cual él se re-conoce deseante y constituye su imagen corporal por fuera de cualquier pronóstico invalidante. De esta singular manera, él les permite a sus padres recuperar la propia experiencia infantil (la disposición de asombro y sorpresa) para donársela a su hijo. A partir de allí es posible despejar las dificultades y problemáticas que pueda tener el niño, de las que correspondan a la pareja parental.

La infancia es el transcurrir sin ser todavía lo que será; metamorfosis, memoria del devenir. La experiencia del tiempo no se tiene, no es del orden del tener, se realiza siempre en el después del antes. No es un modelo ni un método. En toda realización hay un tiempo que se pierde, irrecuperable y necesario, para que ella suceda como tal, por fuera de cualquier metodología.

(... Continúa)

MIRÁ LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO. Con los comentarios de Carlos Skliar y Juan Vasen

Fuente: Fragmentos extraídos del libro "Las infancias y el tiempo". > Más información
Escribe: Esteban Levin (Ver perfil)

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