Nuestras primeras marcas

POR MARCELO ROCHA

[Lecturas Cruzadas] Contenidos para reflexionar y compartir entre disciplinas

Al inicio, solo existe un organismo.

Un primer llanto da cuenta de que un ser se anoticia de otro tipo de realidad, un mundo que difiere del cálido espacio materno del vientre recién abandonado.

Luego, el lenguaje venido de un Otro que ama a esa vida naciente baña con palabras la superficie de piel de ese cuerpo, pequeño, inerme y desnudo.
Poco a poco, lo simbólico ingresa al interior más profundo de la carne y crea las primeras marcas y trazos sensibles de esa vida.

Al fin, en algún precoz momento, de entre todas las imágenes del mundo exploradas y contempladas, una cobrará un sentido muy particular e inaugurará un rasgo propio de lo humano: la imagen del cuerpo que se duplica en el espejo. Nace así lo imaginario.

Eso somos: seres sujetos al lenguaje, sostenidos por una miríada de imágenes que nos van asignando un lugar en lo real y lo simbólico, impulsados hacia adelante por la fuerza del deseo, uno que siempre nace y comienza en un Otro.

La marca que nos preexiste: el deseo de un Otro
El porvenir de todo ser humano se encuentra íntima y sensiblemente ligado a un primer nudo que solo puede ligar una madre o quien cumpla esa función; un nudo que nos une con la vida. Lo que somos, esa marca más fuerte que nos constituye, parte de allí. Nacemos y, al llegar al mundo, construimos ese lazo invisible hacia la vida que se ata solo gracias al amor de un Otro que nos desea y nos cobija. Ese don de lo afectivo permite que construyamos nuestras primeras imágenes corporales más fuertes y duraderas, que serán la base de nuestro ser: nuestras marcas de la infancia iniciales. En esos orígenes no se encuentra únicamente la esencia de la sensibilidad humana, sino también el material más sólido que conformará la primera matriz, en la que se inscribirán las futuras experiencias de la vida.

Galeano afirma que los seres humanos estamos hechos de historias; me atrevo a agregar que también estamos hechos de deseos engendrados en nuestro cuerpo por el amor que un Otro supo donar en los primeros tiempos de nuestra vida. El deseo de los seres que nos anteceden constituye uno de los materiales simbólicos más importantes de la subjetividad humana, porque construye el núcleo del campo de deseo de la vida por advenir. El deseo no se enseña: es una fuerza que se dona y se transmite inconscientemente. Esa ofrenda fundante irá preparando el campo fértil en el que el sujeto florecerá y madurará.

El recién nacido (o “cachorro humano”, según Lacan) al abandonar el vientre materno llora, porque el hecho de ingresar a un mundo totalmente diferente al ámbito intrauterino constituye un primer trauma. Dejar un lugar ideal para ingresar a uno “real” constituye una situación nueva y dolorosa, una primera prueba psíquica de adaptación y asimilación en la que se pondrán en juego dos elementos importantes: la dotación biológica del pequeño y el espacio virtual creado por la madre que recibe a esa nueva vida. Por ello, inmediatamente, el bebé necesita conectarse con quien será su primera figura de apego. En ese espacio real y sensible, comenzarán a tejerse los nudos más significativos de enlace al mundo, que permitirán el armado de una estructura particular que denominamos subjetividad.

Cada llanto de un recién llegado nacido significa algo diferente y particular. El pequeño y su madre inscribirán –juntos– los primeros significantes más preciados de la vida. Ambos deben compartir ese cálido tiempo de encuentro: ella deberá aprender a decodificar cada gesto y cada pedido (oculto tras los primeros modos de expresión del pequeño), otorgándole un sentido propio; el niño, por su parte, tendrá la tarea de encontrarse en las imágenes que refleje ese espejo del rostro materno. Entre la suavidad de un abrazo, el perfume de una caricia y el tono melódico y dulce de una voz, se forma la fortaleza más grande de todo ser humano: “el sentimiento de sí mismo”. Primer amor maternal que realiza el ritual de bienvenida a la vida y al mundo.

Gran parte de nuestro universo emocional se asienta sobre esa base única de amor hecha de música y poesía. Al encontrarnos por primera vez con la vida, un cúmulo de frases afectivas y rítmicas (ofrecidas por una figura materna), provistas de un tono y timbre particular, bañan por primera vez nuestro cuerpo inerme y deseoso de recibirlas. Es por eso que, ya adultos, necesitamos seguir incorporando nuevas sensaciones provistas de esa misma magia poética y musical; es decir, buscamos en otras personas, en otras situaciones y en diferentes lugares aquello que nos permita reencontrar lo que aprendimos a reconocer como “amor”.

Porque una madre puede reconocerse a través del espejo sensible que representa su hijo, este, lentamente, podrá comenzar a encontrarse y a construirse a sí mismo. Es decir que a través del cuerpo de su madre el niño podrá apropiarse y conquistar el suyo propio, para edificar su subjetividad desde esa base. Lo importante de la experiencia humana es que, cuando la madre no esté, un otro siempre podrá desempeñar ese rol con la misma intensidad, si sostiene su deseo.

Todo hijo/a, antes de llegar al mundo, tiene una historia que lo preexiste, dada por la forma en que sus padres lo han soñado, pensado e imaginado; la misma comienza mucho antes del nacimiento de ese ser. Ambos progenitores se relacionarán con ese niño de acuerdo a cómo hayan sido sus propias historias (por cuanto también ellos fueron hijos) y, tanto para la madre como para el padre, este acontecimiento resignificará algo diferente en sus propias fantasmáticas, aunque es posible advertir que en esta historia será la madre quien cumpla el rol principal.

La prehistoria, aquello que sucedió con la mujer y el hombre –que de ahora en adelante deberán desempeñar la “función de madre y padre”– también preparará la arcilla en la que se grabará y moldeará la historia que comienza a crecer. Los deseos y las fantasías que cada uno construya antes de la llegada del niño esperado formarán parte del espacio a través del cual este comenzará a construir su subjetividad: “Me encantaría que sea un varón y que ame el fútbol, como yo”, pensará el papá; “Me lo imagino con la misma forma de ser que tenía mi mamá, el sueño de ella siempre fue ser abuela”, dirá la mamá; “Espero que no salga tan travieso como vos cuando eras chico”; “Me parece que cuando nazca no se lo dejaré tener a nadie, me va a costar dejar que lo alce otra persona”; “Ojalá que nazca sanito, eso es lo único que pido”. Estas y muchas otras fantasías formarán parte de una primera matriz simbólica desde la que el recién nacido deberá armarse, y serán los primeros significantes que anudarán la nueva historia que irá creando ese niño, con las experiencias que él mismo vaya construyendo. El pequeño, para empezar a trazar su recorrido, se aferrará fuertemente a ese hilo de deseos y fantasías venidas de sus padres; desovillará la trama ficcional de esa madeja para darle su impronta y así crear la suya propia.

El momento del nacimiento constituye una prueba para los padres. La figura del niño imaginado y soñado se verá desplazada por la del niño real, que rompe con todo lo fantaseado. En ese instante tiene lugar un duelo imperceptible. Ningún niño representará exactamente los sueños y los ideales fantaseados por sus padres, pero difícilmente ellos sientan frustración. Sin embargo, si el bebé nace con alguna patología o dificultad, eso puede dar origen a un duelo inaugural, una herida narcisista que deberá ser enfrentada por ambos padres y que quizá perdure durante varios años o, tal vez, a lo largo de toda la vida.

Marcelo Rocha es psicólogo, psicoanalista (UNR). Docente de Especialización en Estudios Sociales de la Discapacidad (UCA, dir. Liliana Pantano). Posgrado de Especialización en Educación inclusiva (UNComa). Exdocente seminario "Discapacidad. Su abordaje clínico y social" (UNR) y "Pedagogías de las diferencias" (Fundación Archipiélago). Autor de diversas publicaciones e invitado a congresos nacionales e internacionales. VER MÁS

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Este texto forma parte del libro “Huellas y marcas de la infancia. Vicisitudes del ser niño ante las conflictividades de la constitución psíquica”, de Marcelo Rocha
El amor, el dolor, los actos y conductas, los miedos y nuestras elecciones, entre muchas otras cosas, pueden resultar comprensibles al interpretar las marcas de nuestra infancia, donde se encuentran las principales claves de lo que somos. Este libro nos introduce en el mundo de la subjetividad humana y de sus primeros tiempos a través de relatos clínicos, historias de vida y reflexiones surgidas a partir de ellas. MÁS INFORMACIÓN


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