Recuperar el enfoque pedagógico de la evaluación. Una cuestión de agenda política*

Por Ingrid Sverdlick. Las iniciativas gubernamentales insisten con profundizar un modelo que probadamente ha fracasado en mejorar la educación; esto es, utilizar más evaluación como remedio para lo que no pudo lograrse con la evaluación.

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*Este texto está tomado de un artículo publicado en la Revista Novedades Educativas Nº258 - Junio 2012. Editorial NOVEDUC, Bs. As., Argentina.

La centralidad que ocupó y ocupa el tema de la calidad educativa fue y sigue siendo el móvil para justificar una política educativa basada fundamentalmente en realizar evaluaciones constantes. Esto nos lleva a pensar que quizás a ciertos gobiernos les resulte más fácil y económico seguir evaluando y "mejorando la tecnología de la evaluación", que ocuparse de la educación en su conjunto, desde un enfoque integral y en su comprensión como un derecho humano.

La insistencia evaluativa se inscribe en un proyecto con una concepción que sostiene una resistencia manifiesta a discutir proyectos políticos, justamente en esa clave: política. Esto se corresponde con una manera de entender y hacer política que se expresa en discursos que se autodefinen como "apolíticos" y que enuncian un genérico abstracto de "sólo buscar el bienestar de los ciudadanos". Se trata de una retórica que pretende captar y seducir a la ciudadanía con publicidad apelando fuertemente a lo emotivo y a la sensibilidad y desviando las discusiones públicas a confrontaciones en el terreno de las individualidades.

Así es que la evaluación, desde una perspectiva tecnocrática que se cierra a un debate más complejo sobre su sentido y significación, se sigue sosteniendo como una bandera para generar un consenso aparente en la sociedad sobre la necesidad de mejorar la calidad educativa. Esta apariencia, por su propio carácter de aparente, disimula, justifica y oculta la implementación de políticas de ajuste, de recorte y/o de imposición de modelos eficientistas en términos económicos, antagónicos a la comprensión de la educación como un derecho humano. Es decir, la retórica de la calidad desde la tecnocracia busca despolitizar las decisiones educativas, escindiéndolas del marco político que le otorga sentido y significación.

No sorprende que las pruebas PISA, por ejemplo, estén siendo consideradas como rectoras de las políticas públicas de gran parte de los países que participan en ellas. De hecho, aun cuando algunas voces se resisten y critican las pruebas estandarizadas, avanza la colonización de un sentido común que no puede dejar de considerar los resultados de PISA para sus análisis y para reclamar acciones y decisiones de políticas nacionales, incluso disímiles. Tampoco llama la atención la proliferación de propuestas de evaluación de docentes para incentivar con el pago por mérito a los "buenos" y cesantear a los "malos", como si la calidad educativa dependiera en forma individual del desempeño y esfuerzo particular de cada persona. La evaluación de docentes está concentrando la mirada de más de un gobierno con una tendencia al control y a la regulación del trabajo.

En aras de esa libertad, lo que en verdad subyace es la promoción de una concepción mercantilista en la conciencia de la gente. La ilusión de la libre elección, alimentada por los medios masivos de comunicación (en manos del poder hegemónico), se traduce en la posibilidad de elegir qué comprar, reduciendo a la ciudadanía a la condición de consumidora. El mito de la libertad como libre elección, además de generar la fantasía del tener, de la posesión, promueve una conciencia individualista, competitiva y mercantil. Como bien lo expresa Bauman (2000), " ...vivir entre opciones aparentemente infinitas (o al menos en medio de más opciones de las que uno podría elegir) permite la grata sensación de 'ser libre de convertirse en alguien' " (pág. 68).

¿Tanta crítica y pesimismo implica que hay que renunciar a la evaluación en el campo pedagógico? Efectivamente no. Esta apretada síntesis o punteo sirve para advertir que el tema de la evaluación sigue vigente y requiere ser comprendido, problematizado y discutido. Pero para producir modificaciones es importante que la discusión no responda ni se encuadre en una la lógica eficientista, sino que se marque una agenda propia ubicada en la vanguardia y no en la retaguardia de los debates que nos propone el poder hegemónico. Esto conlleva a producir y construir nuevas ideas, posicionamientos y prácticas de evaluación que recuperen su sentido pedagógico y de construcción de conocimiento.

Las propuestas de evaluación y las concepciones sobre la calidad no están ni pueden estar escindidas de las políticas educativas, que a su vez se inscriben en una política pública, la cual por otra parte responde a un proyecto de país en un momento determinado. De aquí que resulta necesario correr el eje de la discusión, partiendo de la comprensión y el compromiso por la educación como un derecho humano que debe ser garantizado por el Estado. En ese marco, la evaluación cede su protagonismo a otras intervenciones políticas más pertinentes para la atención urgente e integral de los problemas de la enseñanza y del aprendizaje en la escuela y se entiende articulada a las prácticas pedagógicas en su conjunto. Vista de esta manera, la evaluación se interpreta como constitutiva de los procesos de enseñar y de aprender y como un proceso de construcción colectiva del conocimiento. En ese marco de sentido, los juicios de valor son contingentes a una realidad particular que tiene como protagonistas a los propios implicados. Es decir, el proceso de valoración se distancia de las mediciones externas con patrones predefinidos, para configurarse con los propios actores a partir de un trabajo sostenido de recogida de información, valoración y contrastación intersubjetiva.

Recuperar y promover el sentido político-pedagógico de la evaluación resulta una necesidad para que las personas dejen de ser sólo ciudadanos-consumidores, objeto de las políticas públicas, de la investigación, de la evaluación, etc., y se constituyan en sujetos de la política pública, protagonistas, actores involucrados en los destinos de su sociedad; condición para crear y transitar espacios cada vez más democráticos. En particular, nuestro país que ha sido herido por un neoliberalismo salvaje, que ha experimentado reformas educativas teñidas de mercantilismo y que ha transitado procesos políticos de integración bajo modelos más progresistas, debe resistir el retroceso que implica una política educativa centrada en una pseudo evaluación que sólo tiene el sentido de construir un diagnóstico pre-anunciado para justificar el desarrollo y aplicación de políticas de corte neoliberal. Esto ya lo vimos, el neoliberalismo presiona y avanza.

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Fuente:
Revista Novedades Educativas Nº258 - Junio 2012 .
Autora: Ingrid Sverdlick.


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