La escuela y los medios de comunicación. El legado de Célestin Freinet

Innumerables páginas se han escrito sobre este maestro de la educación popular. Los acercamientos tanto a la Escuela Nueva como al comunismo, dejarán fuerte impronta en su pedagogía.

Célestin Freinet

Quién sabe cuánto de una grave herida en el pulmón, sufrida en el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial, se disfrazó como la pieza rectangular cuya caída mudó azar por propósito, debilidad por grandeza, rutina por genialidad, ocasional derrota de la bancarización educativa y ascenso triunfal de la transformación humanizadora. El francés Célestin Freinet, tras una convalecencia de cuatro años y una salud que limitó su profesión por afectar el instrumento predilecto del docente –la voz–, encontró no solo las respuestas a su drama personal, sino que inició un movimiento pedagógico que hoy, tras casi un centenar de años, deslumbra, interpela; suma adeptos y elogios. Su obra es un faro para los educadores contemporáneos, tanto en las noches de la incertidumbre que caracteriza nuestro tiempo vertiginoso y cambiante, como en las mansas aguas que claman por la aventura de la educación hacia una sociedad mejor y más justa. Célestin –el maestro altrui, según el término francés antiguo– fue el pedagogo que desinteresadamente priorizó la educación de los excluidos y desfavorecidos, en épocas que esto significó encarnarse como iconoclasta de las relaciones de poder capitalista. Un transgresor que trocó sus ideales en acción.

Un poco de historia
Innumerables páginas se han escrito sobre este maestro de la educación popular. Apasionadas y elocuentes en general; nadie ha quedado impertérrito. Para aquellos que desconocen su obra o que tienen el recuerdo difuso de un pedagogo que rompió con moldes y modelos, rescatemos algunos aspectos centrales de su vida y obra: Célestin Freinet vio la luz el 15 de octubre de 1896, en un pueblo llamado Gars, en los Alpes marítimos franceses. Su juventud transcurrió en el entorno campestre, escenario donde conoció las labores campesinas al amparo de una familia humilde. En Niza emprendió los pasos hacia su formación como maestro, pero su historia se definirá en un capítulo decisivo: con diecinueve años se ve implicado en el conflicto global de la Primera Guerra Mundial y sufre aquella herida en el pulmón que lo marcará para el resto de su vida.
En 1920, el pueblo francés Bar-sur-Loup será el escenario que verá gestar su obra. Los acercamientos tanto a la Escuela Nueva como al comunismo, dejarán fuerte impronta en su pedagogía, pero no lograrán ceñir sus aires de autodeterminación y su espíritu libre, solo alimentados por la plena convicción de la justicia social y educativa que lo guiaba. En el seno escolar, introducirá la imprenta, la revista escolar, la técnica del texto libre, la correspondencia interescolar, la cooperativa; animará a los niños de las clases trabajadoras a trascender el marco del aula y el modelo alienante de la educación tradicional, para abrirse a las propias experiencias e intereses, investigar el mundo circundante, publicar sus historias, construir el conocimiento desde la relación con el entorno y los otros. Acercó la escuela no solo a la realidad de aquellos niños, sino que les brindó un espacio para que sus voces fueran escuchadas, implicándolos al mismo tiempo en el proceso activo del propio aprendizaje.
No pasó desapercibido para sus coetáneos, pues alcanzó reconocimiento gracias a los congresos de educación en los que participó, su actividad política y sindical, y las publicaciones de documentos pedagógicos que en muchos casos él mismo escribió, valiéndose para su difusión de la cooperativa escolar.
La Segunda Guerra Mundial volverá a evidenciar el carácter comprometido del maestro francés en medio de los dramas humanos. Fue detenido y enviado a un campo de concentración porque sus ideas se consideraron peligrosas, pero tuvo la fortuna de ser liberado al poco tiempo, tras el cual participó en la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi. En el año 1953 el Partido Comunista tomó la determinación de expulsarlo por diversos desacuerdos, hecho que reafirma el auténtico pensamiento crítico de Freinet: intransigente con las doctrinas e ideologías de variada naturaleza. Subordinó cualquier clase de sistema de pensamiento, a la convicción de su código moral.
En 1966, el sureño pueblo de Vence acogerá el cuerpo cansado de Célestin, cuya llama se extingue definitivamente. Sus ideas y su obra comenzarán a circular con fuerza gracias a la labor de su esposa Elise, protectora de un legado indeleble para la humanidad y los educadores.

Freinet: comunicación y educación
Además de la prematura y visionaria introducción de diferentes medios de comunicación con finalidad didáctica –recordemos que la labor del maestro provenzal ocurría en contextos pauperizados, por lo que el uso de películas, grabaciones, el periódico o de manera más amplia la imprenta, significó una innovación pionera–, Célestin distinguió el uso que se hacía de ellos en el ámbito escolar, tanto como consumo de bienes culturales que a través de múltiples lenguajes y códigos servían para nutrir la experiencia educativa, como de instrumentos de producción que –puestos al alcance de los niños– se destinaban para socializar las propias ideas de los educandos, difundir sus investigaciones, publicar los conocimientos construidos colectivamente, entablar diálogo y correspondencia con otras escuelas y zonas geográficas, o adentrarse en la aventura de la comunicación democrática y horizontal.
Los niños periodistas aprendían sobre los pilares de situaciones de aprendizaje que los motivaban y desafiaban, volcados a proyectos en los que se sentían identificados y representados, desde el marco de sus propias realidades, intereses y cultura.
Tal manera de concebir el proceso de enseñanza-aprendizaje no descartaba la lección o información del docente cuando esto era necesario y pertinente, ya que esa información no se hallaba al alcance de los estudiantes; más aún, el rol asumido por el educador cobraba sustancial relevancia en el momento que propiciaba la reflexión, el debate, la discusión grupal y la participación para la toma de decisiones y el abordaje de diferentes situaciones en el ámbito educativo.
Lo cierto es que el maestro francés construyó su pedagogía poniendo en el centro de la escena a estos medios de comunicación hoy denominados “tradicionales”: primordialmente, la imprenta, junto al cine, la radio o el gramófono. Aun en este presente, entrados en el siglo XXI, difícilmente hallemos correlatos en las instituciones escolares que pongan a la producción cultural desde los medios de comunicación –nuevos, tradicionales, digitales o analógicos– como el eje sobre el cual se estructuren y centren las experiencias formativas. Es decir, pensar las capacidades, competencias, saberes, contenidos disciplinares y espacios, entre otros, entramados en un dispositivo que soslaye el lugar subsidiario y complementario al que suele relegarse frecuentemente el proyecto de comunicación:
Así como resulta evidente que la comunicación de algo presume el conocimiento de aquello que se comunica, no suele verse con la misma claridad que la inversa también se da: el pleno conocimiento de ese algo se llega cuando existe la ocasión y la exigencia de comunicarlo (…). Aprender y comunicar son, pues, componentes de un mismo proceso cognoscitivo; componentes simultáneos que se penetran y necesitan recíprocamente. Si nuestro accionar educativo aspira a una real apropiación del conocimiento por parte de los educandos, tendrá mucha mayor certeza de lograrlo si sabe abrirles y ofrecerles instancias de comunicación. Porque educarse es involucrarse y participar en un proceso de múltiples interacciones comunicativas (Kaplún, 1992).

Otra dimensión de gran potencia para abordar en el terreno de la educación escolarizada, es la práctica crítica que fomentó Freinet con la introducción de la imprenta y el diario escolar. Familiarizando a los niños con la producción en medios a partir de la integración grupal, los mensajes se pensaron para que circularan en la comunidad y llegaran aun a grupos lejanos, intercambio que favoreció la enseñanza de la geografía, la historia y las formas de vida de aquellos con los que se mantenía la correspondencia. Esto impactó positivamente en la autoestima y la confianza puesta en el estudiante, además impuso la no menos desdeñable desacralización de los mensajes que circulaban por la prensa oficial y aun por la letra del libro impreso. Arrimarse a las condiciones de producción sentó las bases para que esos niños pudieran hacer “otras lecturas” de los artículos y contenidos producidos por la hegemonía comunicacional. Esa misma posibilidad tiene la educación de hoy, promoviendo proyectos de producción en medios diversos: los estudiantes comprenden el funcionamiento del proceso de producción, las decisiones que se toman desde lo técnico, semántico y retórico, las intencionalidades transparentes u ocultas. En definitiva, el poder mágico de las pantallas, los periódicos, o la radio, ceden lugar a la consciencia de la existencia de un sujeto comunicador (o un grupo complejo), cuya “palabra” no tiene fundamento a prevalecer porque sí, sobre los juicios y criterios propios. Por paradójico que suene, el distanciamiento y la evidencia de la hechura se producen –utilizando la figura del oxímoron– precisamente en esa cercanía intensa con el objeto de estudio y de la acción. La concepción del “prosumidor” (Toffler, 1980) en la que se sintetiza el doble rol de productor y receptor comunicacional, aparece incipientemente en los niños de Freinet, con las lógicas limitaciones de las tecnologías de la comunicación de esa época. Pero es una verdad inapelable en los tiempos que corren, cuando las brechas técnicas que separan las producciones profesionales de las domésticas, se han reducido abriendo todo un abanico de potencialidades en el terreno educativo.
A estas alturas es casi un paso obligado e inevitable mirar en perspectiva histórica, retrocediendo el reloj hasta un siglo atrás. No será difícil advertir el contraste del Bar-sur-Loup de los años 20 y nuestra actual era del conocimiento. Autopistas de la información en clave binaria, satélites enviando desde el espacio las codificaciones de millones de mensajes hacia todos los rincones del planeta, o las interconexiones de redes cuyos nodos se multiplican como estrellas del firmamento, por nombrar algunos ejemplos del paisaje contemporáneo, hablan a las claras de un hecho: los medios de comunicación y las posibilidades de entrar en contacto con otras culturas y realidades, allanan oportunidades que de manera imperativa y urgente, nos interpelan como docentes. En este preciso instante, la producción de saberes llega al cielo como la mítica torre de Babel, a diferencia de lo que ocurría en las primeras décadas del siglo XX. Por esta razón, hoy más que nunca, se debe recuperar una educación que permita a los niños y jóvenes estar en mejores condiciones de intervenir y habitar el mundo. Célestin, el pionero, el educador popular, logró encontrar la fórmula para esa síntesis: una educación cuyo modelo comunicativo abogaba por una pedagogía de espíritu liberador.

Decálogo: el legado de Célestin Freinet
Un acercamiento tentativo a los aportes con los que se puede nutrir la pedagogía de hoy, podrían ser los que constituyen el repertorio que sigue. No pretendemos ser exhaustivos ni fijar un orden de importancia:

Participación colectiva, cooperativa y solidaria, concibiendo al conocimiento como producto social. Vivimos en una era marcada por la relevancia puesta a la producción de conocimientos, caudal valioso pensado desde los nodos que caracterizan a la red. Este notable símbolo de la globalización no puede evadirnos de otra verdad: en la selva multimedial de relaciones ubicuas, la superficialidad y la baja intensidad de las relaciones sociales mediadas tecnológicamente, parecen ir en detrimento de una comunicación humanizante, que nos devuelva el encuentro y el sentido con el otro. Todo saber es producto social, pero queremos pensarlo como construcción colectiva en el marco de la escuela y los aprendizajes significativos que se intentan promover, ofreciendo oportunidades para la práctica de la solidaridad, la colaboración, el diálogo, la asunción de roles y la ruptura con el monólogo que suponen algunas formas de consumo digital/virtual.

Valoración de la subjetividad, intereses y expresión libre de ideas y pensamientos de los estudiantes. La comunicación debe constituirse en fuente de estímulo y motivación. El pedagogo y maestro francés supo hacer de este principio un arte. Podríamos parafrasear y decir: “dime cómo es la comunicación en tus clases (o la pedagogía a la que adscribes con tus prácticas), y te diré qué tipo de sociedad promueves”. Los docentes estamos llamados a proporcionar situaciones y experiencias de aprendizajes que no desconozcan la historia y la cultura de los propios educandos, integrando en estas experiencias sus intereses y sus propias voces; claro está que ello no significa olvidar el mandato de la ampliación de los horizontes culturales y simbólicos. Desde esta plataforma, la comunicación –mediada tecnológicamente o no, y en cualquiera de los escenarios educativos– debe proporcionar las condiciones para hacer que valga la pena la aventura del aprendizaje. Conectando los saberes y contenidos de los campos del conocimiento con las vivencias y realidad de los estudiantes, se estará superando la visión estanca y fragmentada de la educación tradicional.

El conocimiento y la comunicación como dos caras de la misma moneda. Se comunica aquello que se conoce, y se conoce aquello que se comunica: en el diario escolar como en el intercambio de correspondencia de los niños, Freinet sacó partido de este principio sustancial. Ambos conceptos se relacionan dialécticamente, tal como lo presentamos anteriormente: gracias el abanico de medios, canales y dispositivos que caracterizan a los intercambios comunicacionales actuales, los docentes podemos sacar gran provecho de este principio.

Enseñar es crear las posibilidades de producir el conocimiento (Freire). Trabajar, hacer, investigar, producir en talleres, sostener el trabajo escolar con una función y sentido, concebir un conocimiento “vivo” en el marco de diversas situaciones que le otorguen su categoría de útil y significativo, orientar la enseñanza escolar hacia un producto que no es culminación sino guía y articulador de experiencias, son otras virtudes de la pedagogía de Freinet, en completa sintonía orgánica con el resto de su obra.

Propiciar la autogestión del grupo y el autoaprendizaje. El maestro francés se corrió allí donde no hacía falta o, mejor aún, acompañó al grupo de estudiantes hasta que progresivamente pudieron prescindir de él en aquellas actividades que dominaban y apropiaban paulatinamente. El grupo investigaba los sucesos de la vida cotidiana, escribía y se autocorregía, publicaba, ampliaba la información de acuerdo a sus necesidades, leían a sus pares de otras regiones y aprendían sobre una historia viva y tangible. Como dijimos, ellos construían el conocimiento, teniendo los medios para adquirirlo al amparo de la seguridad y orientación del maestro. En nuestras actuales sociedades el individualismo tiene una gran oportunidad de ser superado, y en ese reto la escuela tendrá mucho que ver.

El grupo como la célula del aprendizaje, y la relación intergrupal, la meta necesaria. Hubiera parecido que el grupo, con sus roles y tareas definidas, sería la panacea educativa que daría la solución a muchas cuestiones en el terreno de la educación. Pero esta concepción deja al grupo aislado, impidiendo su crecimiento y limitando su acción. Célestin propició el intercambio epistolar con otras comunidades, docentes y grupos de niños, lo que ensanchó el poder comunicativo de este medio: la escritura, la historia, la geografía, los idiomas, las costumbres de vida, dejaron las inapetentes páginas de manuales o libros escolares enajenantes, para alimentarse de la vida misma. No hace falta imaginar cuánto de las posibilidades que nos brindan las tecnologías hoy, poniendo el mundo y el conocimiento humano a la distancia de un click, hubiera sido la fascinación de los niños del sur de Francia de las primeras décadas del siglo XX. ¿Los docentes hemos aprovechado al máximo estas condiciones actuales para una “pedagogía viva”?

La didáctica como instrumento de acción sobre las cosas y el mundo. Las prácticas educativas que se realizan en el vacío, en abstracto y desestimando las situaciones en las que se pueden articular capacidades y aprendizajes significativos, no llegan a impactar en la medida que el currículum o los programas teorizan. Los aprendizajes y contenidos cobran sentido cuando se pretende transformar e intervenir el mundo, poniendo en diálogo aquello que se intenta aprender con las vivencias concretas a las que los individuos nos enfrentamos cotidianamente. Una vez más, la invitación del maestro provenzal supera las barreras del tiempo, y nos interpela a pensarnos en el contexto contemporáneo.

El centro de la escuela: el estudiante. Puede sonar a cliché, cansados de repetirlo y escucharlo durante tantos años, pero a veces se hace necesario volver a rescatar este principio. La escuela debe estar pensada y concebida para que el estudiante pueda vivenciar experiencias formativas de crecimiento y emancipación, en el sentido más amplio de los términos. Son ellos quienes insinuarán el sendero a trazar por los trabajadores de la educación, y en este rol protagónico, cada contexto definirá las coordenadas educativas para apostar por la mejor escuela posible. En esta misma dirección, Célestin Freinet nos advierte sobre evitar las recetas metodológicas, pensando cada situación en beneficio de los propios estudiantes. La gran obra de este pedagogo es un hálito de inspiración y renovación, pero está claro que traspolando técnicas y métodos que tuvieron éxito en un escenario, no se asegura una educación de calidad e inclusión. El docente debe arrogarse su rol intelectual y transformador.

Asunción de la responsabilidad docente priorizando a los más desfavorecidos. Está en el espíritu normativo de nuestra Ley Nacional de Educación. El maestro de la educación popular dejó claras muestras que es posible triunfar allí donde las condiciones son adversas, donde los sujetos presentan trayectorias de vida y escolares complejas; ni la pobreza material o la precariedad en cualquiera de sus formas, puede imponerse cuando hay un espíritu comprometido. Ese compromiso del educador y la escuela determinará con mucho peso cómo se inclinará la balanza. En esta idea reiterada de la sociedad justa que se aspira construir, anidan gran parte de las convicciones a las que no se puede renunciar.

Renovación del marco institucional, animándose a la flexibilidad y la innovación. A pesar de las innumerables objeciones a las que solemos adherir rápidamente en relación con esta afirmación, los marcos normativos y curriculares habilitan pensar la escuela –desde lo pedagógico e institucional– desde un lugar nuevo y fundante. La escuela de la modernidad del siglo XVIII, con su éxito relativo a las sociedades enmarcadas por el nacimiento de los Estado nación, ha dejado una marca tan profunda que, a más de doscientos años de su fundación, sigue atrapada en sus propias reglas y estructuras. Por fortuna, la era de la comunicación y el conocimiento han arrimado hasta nuestras narices, prácticas escolares llevadas a cabo en muchas escuelas locales, nacionales y del mundo, que debieran inspirarnos a pensar nuevas institucionalidades y maneras de abordar lo educativo.

¿Cuánto de esto aspiramos afrontar los educadores? Educación y comunicación son prácticas sociales de filiación con la propia cultura. Cuando Freinet limitaba el acceso y poder de los manuales en el contexto de sus clases, tenía en mente este mismo pensamiento: textos que sostenían relaciones de poder que el maestro pretendía subvertir; contenidos presentados en una composición artificial y ajena a las experiencias de vida de los niños. A partir de la comunicación en su amplio sentido –no restringida solo a los “medios” que puso en marcha en la escuela– pretendió erigir una práctica social de filiación cultural, de familiaridad e identidad. Asimismo aproximó a sus estudiantes a otras realidades, ampliando sus horizontes, acción consecuente con la intención de acercamiento cultural. En un mundo globalizado donde las fronteras se vuelven difusas, y la penetración cultural amenaza las identidades locales, la escuela tiene la doble oportunidad de promover esta filiación a la vez que vincular las culturas para el mutuo conocimiento, para el respeto de la diversidad y las diferencias, en pos de un mundo armónico.

Inacabable viaje de tensiones renovadas
Los efectos de algunas acciones se ramifican de maneras inimaginables. Solemos quedarnos embelesados en los brazos más robustos de ese árbol, o en el tronco, pero una reflexión que se precie de justa, comprenderá que las yuxtaposiciones y mixturas son la esencia que complejizan toda la historia del hombre. Del talle leñoso, con aires sureños, brotan los nombres de Olga Cossettini, Luis Iglesias o María Saleme de Burnichón, quienes con sus matices y diferencias, entonaron al unísono el canto por los desfavorecidos, los postergados y excluidos. Estos grandes maestros argentinos también fueron protagonistas de la revulsiva educación que añoraba un futuro con menos desigualdades y mayores oportunidades para la inclusión. Empero, no es posible desechar la idea de que, en el silencio del desconocimiento y la discreción, otros tantos docentes incansables fueron, son y serán, la encarnación del maestro Célestin.

Las fichas de dominó empujan a otras, iniciando nuevas reacciones en cadena. Por pura contingencia o por intención, la mente lúcida y ávida de conocimientos, está presta a descubrir las posibilidades que se presentan en los sutiles resquicios de los sucesos que nos atraviesan. Una mirada inquieta, sagaz, con el destello del aventurero que implora descubrir la clave que descifra el tesoro, aguarda ansiosa que la pieza rectangular monocromática le indique cuál es el nuevo rumbo, la mejor dirección a tomar. Incluso, que le indique o le empuje porque no queda otra opción, da igual. Pero en este contrapeso de azar y voluntad hay algo que no puede faltar, ese plus que abrazó Célestin Freinet, el educador del pueblo, el revolucionario, una de las figuras trascendentes en materia pedagógica que dejó la historia: un compromiso inquebrantable por la educación y el deseo de una sociedad mejor. Incluso, el convencimiento de que aun en las circunstancias adversas –personales o sociales–, se puede lograr el mejoramiento que nunca se alcanza de una vez y para siempre, sino que es un inacabable viaje de tensiones renovadas, movimiento y cambio. Un rasgo intrínsecamente humano.


Fuente:
Revista Novedades Educativas Nº 311. Noviembre 2016.
Autores: Pablo Cabral y Horacio A. Ferreyra


También le puede interesar

NE 311 Cuerpo y aprendizaje / Proyectos audiovisuales en las escuelas / Innovación académica


Cabral, Ferreyra y otros
$ 129,00

Estrategias para explorar los medios de comunicación


Gustavo Mórtola
$ 660,00

Diseñar y gestionar una educación auténtica


Ferreyra y Peretti (Comps.)
$ 660,00

Movimiento, juego y comunicación


Dalia Zylberberg y Mercedes Oliveto
$ 575,00

Aprender a emprender


Horacio Ademar Ferreyra
$ 250,00

TIC en la escuela secundaria, Las


Libedinsky, Pérez y otros
$ 695,00