Investigación, curiosidad y teoría

Una conversación entre Ángela Menchón y Daniel Brailovsky forma parte del ciclo de conversaciones que mensualmente Novedades Educativas ha ido publicando durante todo el año 2016.

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AM: Un desafío interesante que compartimos es el de acompañar a estudiantes en sus proyectos de investigación, ya sea para realizar una tesis, o para realizar un trabajo final de carrera. En cualquier caso, se trata de la cuestión de la investigación. Nosotros, por un lado, investigamos juntos, y por otro lado, acompañamos o enseñamos a otros investigar. Así que, de alguna manera la pregunta que nos convoca es ¿qué es investigar?

DB: A mí suele pasarme, no sé si te pasa a vos también, que lo primero que siento que necesito hacer para acercar a estudiantes o tesistas a la investigación es sacudir algunos prejuicios, algunos estereotipos que tienden a existir. No solo como prejuicios sociales, que uno escucha en la calle, sino también del propio ambiente académico, acerca de la investigación.

AM: ¿Y cuáles serían esos prejuicios?

DB: Se me ocurren principalmente tres. Uno de estos prejuicios es el rictus medicional, la reducción del acto de investigar a un acto de medición, el exceso de celo con el vocabulario técnico. Estamos muy acostumbrados a leer en los diarios que ciertas investigaciones, norteamericanas en general, dicen verdades en tono estadístico a las que nadie cuestiona porque se presentan desde este lugar indiscutible de la cifra. Y así la gente llega a creer que “se ha demostrado” que las personas son un 7,2 % más felices si comen tal yogurt, o relaciones así de ridículas en las cuales el rictus investigativo parece estar dado por la posibilidad de hacer una medición exacta de algo que las personas en la vida cotidiana no perciben como algo exacto, sino que perciben como una sensación vaga. Y ponerle un número a esa sensación vaga, según estos prejuicios, sería investigar. Creo que eso a veces nos lleva a deformar la visión que tenemos de la investigación. A lo mejor ahora, si profundizamos un poco la cuestión, podemos discutir por qué eso es falso. O en qué sentido es falso.

Una segunda falsedad, un segundo estereotipo, o un segundo sesgo, creo que tiene que ver con la excesiva confianza, o la excesiva devoción respecto del método. Cuando el investigador desarrolla su trabajo, fascinado por la “maquinaria” de la investigación, se sumerge en preguntas y problemas del orden de ¿cómo operacionalizar mejor mis variables?, ¿cómo definir la muestra? ¿La muestra es intencional, o representativa? ¿Qué tipo de validez tiene? El lenguaje metodológico parece deslumbrar, porque otorga una apariencia más transparente y manipulable a la realidad que se investiga. Pero esa maquinaria, es necesario recordar, no piensa por nosotros. Muchas veces vemos que el investigador en formación se llega a cegar, a fascinar con la maquinita, al punto de ponerla delante del problema. Hace poco tuve una conversación muy linda con Carlos Skliar sobre este tema y pensábamos ¿qué lugar darle al método? Y él me decía que el método puede ser interesante, puede ser importante, puede ayudar a pensar, pero lo que no hay que hacer es ponerlo delante de la curiosidad, o ponerlo delante de todo lo demás, como si el método fuera como una cortadora de césped que vos vas arrastrando y solo te resta ir detrás por el camino que te abre el método, recogiendo “resultados”. Bueno, quizás no es para eso el método. Muchas veces cuando escuchamos a los tesistas decir cosas demasiado sofisticadas acerca del método, como si ese fuera su problema, descubrimos que lo que en realidad les falta es conectarse con su curiosidad. Y lo que necesitan no es más método, sino leer más, invertir más tiempo, más esfuerzo, ponerle más pasión y más compromiso a la pregunta que los moviliza a investigar. Estos son problemas muy importantes, que muchas veces se disfrazan de problemas metodológicos.

Y una tercera cuestión, tiene que ver con el tipo de legitimidad que se supone que aporta la investigación. O sea, voy a tratar de decirlo de una manera muy gráfica… Cuando nosotros leemos algo en un informe de investigación y eso después es citado para fundamentar otra idea, el texto dirá: “porque como ha dicho Pérez (2015, p. 19) la educación…”. Y sucede que, por el solo hecho de que aquello que dijo Pérez fue publicado en un informe de investigación uno le otorga el permiso de ser fundamento de otras ideas, que se apoyan en las ideas de Pérez (por decir un apellido al azar, no me refiero a ninguno de los Pérez que hemos leído). Ese acto de confianza, ese acto de legitimación que le otorgamos al texto publicado, que se supone pasó por el proceso de investigación, es una confianza cuestionable. Porque ¿es una confianza en qué? Es una confianza en la institución académica, en primer lugar, en los editores que autorizan publicaciones, en las universidades que aprueban trabajos, en los comités que deciden que aquello es un resultado válido de una investigación. Pero en última instancia, es una confianza en personas institucionalizadas que producen esa legitimidad y eso nos hace a veces dejar afuera otros textos que no pasaron por ese proceso pero que son valiosos, textos literarios, textos filosóficos, conversaciones. Es decir, hay una cantidad de otros mundos de lenguaje que nos pueden ayudar a pensar, que pueden convertir nuestras ideas en ideas más fuertes, confrontándolas, apoyándolas en ideas más profundas, agregándoles elementos y sentidos, y que no provienen de ese ambiente tan legitimado.

AM: Si lo miramos desde un punto de vista filosófico, decir que algo es válido porque lo dijo Pérez, no deja de ser una falacia de apelación a la autoridad. Lo que deberíamos preguntarnos es hasta qué punto no estamos legitimando esas falacias porque hay un sistema instituido dentro de lo que es el mundo de la investigación, que legitima determinadas voces sobre otras más autorizadas para decir. Me parece que lo que venías diciendo se vincula con que el concepto de investigación fue subsumido a la lógica de las ciencias naturales, de las ciencias empíricas, y esto viene desde hace rato. Podríamos decir que desde el siglo XIX cargamos con ese problema, muy moderno, y hasta el día de hoy seguimos atrapados por ese lenguaje cuantitativista, que busca medir, que busca convertir el objeto en algo que tiene unas dimensiones reconocibles, y que se puede saber hasta dónde llega y cuáles son sus características. Un poco en la línea de este sesgo de lo medicional que mencionabas antes. Y en sentido, que la investigación haya quedado subsumida al lenguaje de las ciencias empíricas hace que el concepto de investigación se vea sesgado.

Se me ocurren dos cosas a partir de este planteo. Primero, el problema de pensar que “el método” es uno solo. Pensar que hay un solo método para investigar y que tiene que ver con las reglas que figuran en el Manual de Sampieri (Sampieri, 1991), por mencionar uno que se emplea en los talleres de tesistas, y que hay que seguir esos pasos como si fueran dogmas, como si siguiéramos el Discurso del método, de Descartes (Descartes, 2004). El segundo problema reside en quién da ese método. Ese método viene de afuera, viene de una comunidad académica que tiene reglas. Entonces, lo que pasa muchas veces es que el que investiga o el que se sumerge en el mundo de la investigación no construye un método propio. Creo que es importante tener un método, pero un método es simplemente un camino, una forma de ordenar esa búsqueda. Si entendemos la investigación como búsqueda, es razonable pensar tenga ciertas lógicas, cierto orden u ordenamiento. El asunto es si ese ordenamiento me sirve, si estoy cómoda en él, o si es simplemente un ordenamiento que estoy siguiendo para cumplir con los requisitos institucionales. Me pasa muchas veces como docente de taller de tesis que los estudiantes entregan un trabajo y me dicen “espero que este trabajo satisfaga tus expectativas”. Entonces yo siempre pienso y les digo, “el trabajo no tiene que satisfacer mis expectativas, sino las tuyas”. Atravesadas, claro, por ciertos requisitos institucionales.

DB: ¿Y esto se aplica a la investigación filosófica también?

AM: Sí, siempre dependiendo de qué creamos que significa investigar en filosofía. De alguna manera, las ciencias más duras nos han robado el concepto de investigar y los filósofos no sabemos bien qué es investigar en nuestro campo. Y sin embargo, todos los filósofos han investigado. Se han hecho preguntas sobre la realidad, han planteado problemas, los han construido y han generado sus propias estrategias para poder responder a sus preguntas. En ese sentido, creo que en filosofía no es que carecemos de método, sino que hay tantos métodos como filósofos existen.

DB: ¿No sería más o menos lo mismo decir que carecemos de método y decir que hay tantos métodos como filósofos existen?

AM: No, si creemos que el método tiene que ver con el pulso propio que uno le imprime al camino que está siguiendo. Muchas veces en filosofía pasa que se demoniza la cuestión del método como forma hegemónica de proceder. Pasa al revés que en las ciencias empíricas. Entonces el filósofo tiene que escribir desde la intensidad o desde el acontecimiento, desde el fluir, cuando en realidad si uno se pone a pensar, grandes filósofos que quedan enmarcados dentro de esta reflexión, han tenido sus métodos. Esto es polémico, escribir de manera fragmentaria quizá también es un método. Estoy entendiendo la realidad de una manera que creo que solo puedo expresarla a través de fragmentos y me ordeno de esa manera para decir.

DB: Quizás esta singularidad en la búsqueda del método que es propia del universo filosófico, también tiene que ver con el hecho de que en la filosofía los objetos de estudio son siempre objetos de pensamiento. En las ciencias sociales, en cambio, y sobre todo en la ciencia social empírica los objetos de estudio pueden tener la apariencia de problemas prácticos. Entonces, al vestirse de variables, al vestirse de indicadores, la cosa empírica elude un poco el compromiso del pensamiento puro. Al investigar desde el pensamiento en la filosofía no queda más remedio que analogar un poco el método al estilo, analogar el método a las formas de pensamiento. Quizás este tironeo entre el pensamiento y los datos de la realidad, como dueños de la investigación, pueda tener que ver con esta distinta visión del método en el campo de la ciencia social empírica y en el campo filosófico.

AM: Son cuestiones que, además, tienen que ver con la escritura. Porque finalmente la investigación termina convirtiéndose en texto, y eso señala también algunos caminos a la hora de investigar.

DB: Absolutamente. Cuando se enseña una materia metodológica, cuando se le ofrece a los estudiantes un panorama de lo que es la investigación, sus momentos, los pasos a seguir, etc., aparece siempre el modelo del proyecto de tesis o del proyecto de investigación que tienen que escribir. Y tiene sus partes absolutamente establecidas. Entonces todo se trata de definir el problema de investigación, tratar de formular objetivos generales y específicos, después escribir un marco teórico, hacer un estado del arte… Hay toda una serie de pasos para los cuales ya hay nombres, y esta forma de definir los momentos de la investigación, o los procedimientos de la investigación, o las cosas que hace falta hacer para investigar, a veces encorseta un poco, o deja en un segundo plano, las motivaciones de la investigación. No estoy diciendo que este formato sea malo, ni mucho menos. Lo que digo es que se pueden decir esas cosas de una manera sutilmente diferente, pensando estos momentos como momentos personales, como momentos de motivaciones, más que como pasos a seguir.

AM: ¿Y cómo serían estos momentos personales?

DB: Lo primero que hay es lo que vos llamabas “la búsqueda” y que también podríamos llamar la curiosidad. Es decir, ¿cómo empieza una investigación? Empieza cuando te viene una pregunta desde adentro. Hace poco compartimos una mesa con Walter Kohan y él hablaba de las preguntas. Y una de las disyuntivas que aparecieron era si la pregunta era una operación dirigida hacia un mundo exterior, que uno de alguna manera organiza para extraerle a ese mundo una racionalidad, una lógica; o si en cambio la pregunta es algo que te sucede.

AM: La pregunta como herramienta o la pregunta como síntoma.

DB: Exacto. Y creo que en la investigación, la pregunta, la curiosidad, empieza un poco como síntoma. O sea: vos investigás porque a tu alrededor hay algo que te pica, hay algo que te arde un poco, hay algo que vos sentís que no está dicho, que podría decirse desde otro lugar, que está injustamente omitido, o silenciado, o expresado con sordina. Por lo menos, idealmente, creo que una investigación empieza con este sentimiento, con esta curiosidad, con estas ganas de entender, con estas ganas de saber cosas que no sabemos, de dar sentido a cosas que sentimos que no lo tienen. Y cuando a uno lo acomete esta curiosidad, esta pregunta sintomática, estas ganas de ponerle sentido a cosas que aparentemente no lo tienen, lo siguiente que pasa es que uno necesita escuchar otras voces, porque mi voz propia no alcanza para satisfacer mi curiosidad.

AM: La curiosidad te lleva a conversar con otros…

DB: Sí, porque yo no puedo hacerme una pregunta y después contestarla, solamente razonando, solamente examinándome. Necesito escuchar otras voces. Y la manera más profunda, la manera más detenida, más ordenada y más rica de escuchar otras voces es leyendo. Entonces, en general, lo segundo que pasa es que viene la lectura. Después esa lectura se puede convertir en un estado del arte o en un marco teórico, por supuesto.

AM: Es interesante esta categorización de las lecturas en “estado del arte” y “marco teórico”, ¿no?

DB: Creo que existe una diferencia interesante entre el estado del arte y el marco teórico. Tal vez son dos géneros de escritura diferentes, y tal vez son dos maneras distintas de leer, también. Si yo tuviera que definir esa diferencia diría que cuando leemos textos que después terminan bajo el título “marco teórico”, lo que estamos haciendo es leer algo que nos ayuda a pensar y a escribir. Aunque siempre leemos para que la lectura nos ayude a pensar, la lectura conectada con el marco teórico es la lectura de todo aquello que me enfrente a un interlocutor que me profundice, que me desafíe, que me ayude a pensar con ciertas palabras, que me proporcione un vocabulario. O que me haga dudar de mis vocabularios. Y ahí vale leer absolutamente cualquier cosa: ahí leé lo que se te dé la gana, leé el diario, leé literatura, leé filosofía, cuentos infantiles, conversá con personas, leé apuntes sueltos, leé prólogos, leé listas de supermercado si querés, porque de lo que se trata no es de unirse al bando de los vigotskianos, los foucaultianos o los bourdianos, sino de confrontar tus ideas con otras que te ayuden a pensar.

Lo que se suele llamar “estado del arte”, “estado de la cuestión” o “repaso de antecedentes”, en cambio, tiene un poco que ver con un requisito de la investigación que es no pensar desde cero. Entonces uno necesita leer investigaciones o textos que sean el producto de reflexiones más ordenadas, preferentemente investigativas, acerca del mismo tema o de temas parecidos, o de temas que estén incluidos en la misma categoría que el que yo estoy investigando. De esa manera, por un lado, evito volver a pensar cosas que ya fueron pensadas, como si las pensara por primera vez. Obviamente que las voy a tener que pensar de nuevo, aunque las hayan pensado otros, porque no era esa mi cabeza, era la de otro. Pero hay líneas de razonamiento que, si yo hago ese camino de leer investigaciones previas, me voy a dar cuenta de que son caminos que ya fueron recorridos, de los cuales se pudo dejar una huella, pudieron aparecer una serie de ideas, de razonamientos, que a mí me pueden servir para partir de un punto más avanzado, o para tratar de refutar algunas de esas cosas también, por supuesto.

AM: Recapitulando: lo primero era la curiosidad, y lo segundo era escuchar las voces de otros a través de las lecturas, de los libros, de la biblioteca.

DB: Y una vez que ha pasado esto, uno necesita ir a ver con los propios ojos. Es decir, uno necesita, como decía mi abuelo citando a su vez a Søren Kierkegaard, “sumergirse entre la multitud y darse un baño de humanidad”. Es decir, uno necesita hablar con personas que están conectadas a ese problema, uno necesita preguntar, uno necesita ir y mirar, que es lo que usualmente, en los diseños de investigación, se llama “trabajo de campo” y que se materializa en entrevistas, en encuestas, en observaciones, en análisis de documentos y objetos. Más allá de los procedimientos establecidos, de los protocolos que existan para los trabajos de campo, creo que esta es la parte de la investigación en la que uno necesita salir y mirar, conectarse, tocar, sentir, oler, escuchar, para entender desde otro lugar. Y ahí aparece lo que uno leyó, aparece revitalizada la curiosidad, y este es el momento en el que se mete la pata más profundamente si uno pone el método adelante. Porque cuando vos sentís la necesidad de salir a ver, no tenés que hacer ocho entrevistas semiestructuradas en base a un cuestionario, ¡es absurdo eso! Lo que tenés que hacer es todo lo que haga falta hacer para entender. Todo lo que necesites hacer para entender, lo tenés que hacer. Seguramente hay cuidados que uno debería tener para no cometer torpezas, para no poner palabras de uno en la boca de otro, y sobre todas esas cuestiones trata la metodología pensada, la metodología razonable, pero no la metodología atolondrada que dice “defina de antemano cuántas entrevistas va a hacer”. La típica pregunta de los tesistas es ¿y cuántas entrevistas tengo que hacer? Yo estoy empezando una investigación sobre los pizarrones y una de las preguntas que en algún momento se me hizo fue “¿cuántos pizarrones van a analizar?”.

AM: ¡Todo un problema! “¡Qué sé yo! Ocho negros y siete verdes…” (risas).

DB: ¿Y cuántos querés que analice? Los que necesite analizar para entender lo que necesito entender acerca de los pizarrones. Este es el sentido del trabajo de campo. Y, por último, uno va tratando de ordenar todo esto que aparece, pensando y escribiendo, y la escritura en la investigación es algo que sucede absolutamente todo el tiempo. Porque cuando siento curiosidad, escribo mis preguntas; cuando leo, escribo al margen de los textos; cuando voy a ver la realidad en el trabajo de campo, escribo anotaciones, observaciones, reflexiones, y todo el tiempo estoy escribiendo. La escritura de la investigación demanda en algún momento ponerle un orden, ponerle nombre a los capítulos y esas cosas, pero la escritura sucede absolutamente todo el tiempo y no es el proceso final en el cual uno redacta un informe, sucede todo el tiempo.

AM: Sí, pensaba algo curioso y es que de alguna manera el método es una especie de muro que nos protege contra la subjetividad, contra la propia subjetividad, porque el método hace que todo lo que dice uno tiene que estar apoyado en lo que dijeron otros, que las preguntas que uno hace no induzcan la respuesta, que no dejen traslucir las propias emociones del investigador. Parecería que hay algo ahí con el diseño, con la cuestión del método, que lo que hace es ubicarnos en un lugar de enunciación científico. Y “científico” se entiende tradicionalmente como objetivo, aséptico, neutral, no político, donde el investigador de alguna manera se borra. Entonces pensaba en eso, en el método como una muralla que me separa de mi yo, cuando en realidad esa curiosidad, esa incomodidad intelectual que moviliza la investigación, no deja de ser un movimiento subjetivo, que empieza desde uno. Pero por otro lado, pensaba también, que estos momentos que vos nombrabas como marco teórico y estado del arte, son los momentos en que esa subjetividad se encuentra con otros, porque de alguna manera investigar también es situarse dentro de una comunidad académica, que hace tiempo ya viene realizando ciertas prácticas, y uno lo que hace es sentir que se está “filiando” con esa comunidad y empieza a hablar el mismo idioma, a utilizar la misma jerga, porque una investigación nunca viene de uno solo. A mí lo que me parece que se pone en juego en una investigación son las propias motivaciones tratando de articular con lo que otros ya hicieron. Y en este sentido pensaba al investigador, con una metáfora que ya hemos pensado en otros momentos: como un viajero que llega a una ciudad que no conoce. Y cuando uno llega a una ciudad que no conoce tiene muchas preguntas. Por ejemplo, quiere saber adónde queda un museo, y entonces les pregunta a otros para que le den pistas. Y preguntarles a otros puede ser preguntarle al vecino que pasa, preguntarle al que atiende el puesto de diarios, pero también puede ser comprarse un mapa y mirarlo, o comprarse esas guías que dicen “no te podés perder tal y tal lugar”, entonces lo que uno hace es informarse y armarse un mapa mental con respecto a cómo es ese mundo en el que uno está entrando. Y si uno quiere saber cómo es La Gioconda va a tener que ir y mirarla, y quizás en ese camino de ir a ver La Gioconda uno se encuentre con otras cosas que lo distraen, que no estaban en esa guía y que sin embargo forman parte del viaje. En ese sentido pienso al investigador como un viajero…

DB: Se parece un poco a la metáfora que propone Rosana Guber en El salvaje metropolitano, que dice que cuando uno está haciendo trabajo de campo, los informantes en la etnografía son como guías en la selva, que lo llevan a uno por lugares, y uno los va siguiendo, confiando en ellos, o desconfiando de ellos. Son guías que nos llevan a conocer su mundo de representaciones.

AM: ¡Está buena la imagen! Por otro lado, vos hablabas de algunos clichés o estereotipos que se suelen dar en estas cuestiones. Una de las cuestiones más frecuentes que se suelen dar cuando empezamos a hacer un trabajo de investigación, a sumergirnos en el mundo de la investigación, es que se mezcla un poco esa curiosidad inicial con respecto a un aspecto de la realidad que desconocemos y nos motiva, con las ganas de transformar ese mundo que no nos gusta, un mundo que vemos como injusto, un mundo en el que quisiéramos intervenir de alguna manera. ¿Y cómo se patentiza esto? Se patentiza en que muchas veces los planteos iniciales de investigación suelen ser planteos de proyectos de intervención sobre la realidad. Es decir, alguien quiere investigar sobre las faltas de ortografía en los alumnos de secundario, y lo primero que aparece es la propuesta de implementar un taller para trabajar más la lectura y la escritura y mejorar la ortografía. Siempre aparecen estas ideas de “mejorar”, “modificar”, “hacer pensar”, “concientizar”, que son todos verbos que indican, de una manera u otra, una transformación en la realidad. Y esto lleva a que se confunda el concepto de “problema de investigación” con la idea de que hay algo que hay que resolver. En el lenguaje coloquial, cuando uno dice “tengo un problema”, en general se refiere a que hay algo que lo aqueja, algo que lo afecta y que tiene que ser modificado. Pero en ciencia, en filosofía, “problema” significa otra cosa: problema es una pregunta elaborada sobre algún sector de la realidad, que incluso de alguna manera estamos haciendo existir por el solo hecho de problematizarlo. Por eso plantear preguntas tampoco es tan sencillo. El problema hay que construirlo, porque construyendo el problema también estoy construyendo el objeto que quiero mirar. Entonces, esta confusión entre “problema” como pregunta y “problema” como situación conflictiva que hay que resolver lleva muchas veces a que investigar se confunda con transformar el mundo.

DB: ¿Pero investigar no es siempre intervenir sobre el mundo?

AM: Por supuesto, en el sentido de cierta imposibilidad de neutralidad por parte del investigador. Cuando yo interrogo a personas sobre un tema que me da curiosidad, que me preocupa, sobre el que quiero escribir, de alguna manera estoy modificando a aquella persona a la que le pregunto, estoy haciendo entrar en juego a otros en mi proceso, o sea, que nunca el escenario queda neutral. Pero yendo a lo más estricto, yo siempre les digo a los estudiantes con los que trabajo, que si uno quiere modificar el mundo primero tiene que conocerlo. Si uno encuentra un problema y lo quiere resolver, primero tiene que saber cuáles son las causas de ese problema, cuáles son las características, cómo se presenta, si se presenta de la misma manera en distintos contextos, si adquiere determinados matices, cuáles son los autores que estudiaron en ese problema, cómo se ha venido nombrando ese problema en otros trabajos, y en ese sentido pienso siempre a la investigación como un proceso en principio cognoscitivo. Por eso cuando trabajamos en la formulación de la pregunta, en la formulación de los objetivos de la investigación, siempre trato de que se busquen verbos que impliquen conocer el mundo: describir, indagar, explorar, comprender, caracterizar, reconocer, analizar, comparar. Y luego sí podemos pensar en plantear proyectos a partir de ese conocimiento que uno produce cuando investiga.

DB: Este problema que vos planteás acerca de la distancia que hay entre conocer un problema, en el sentido filosófico de “problema”, y generar una política que modifique la realidad, es uno de los errores habituales que Catalina Wainerman señala en un libro bellísimo que escribió hace unos cuantos años junto a Ruth Sautu, llamado La trastienda de la investigación.

AM: Bueno, estamos llegando al final de la página, terminemos antes de que nos caigamos de la revista.

DB: Gracias. ¡Un placer volver a conversar!

Daniel Brailovsky, Doctor en Educación
Ángela Menchón, Profesora de Enseñanza Media y Superior en Filosofía.


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