Neurodisparates. Cuando las neurociencias descarrilan

Por Juan Vasen || Artículo de opinión.
Médico especializado en psiquiatría infantiljuvenil y psicoanalista

Entrevista a Rosa María Cifuentes
El cerebro tiene muchas maneras de fallarte. Es complejo, como un coche caro del que hay 6000 millones circulando (Mc Ewan, 2005).

En los últimos años el cerebro ha sido puesto en escena de una manera inédita. Desde la creación del sintagma “la década del cerebro”, una gran cantidad de autores y libros tratan desde diversas perspectivas el rol del órgano más complejo y fascinante de nuestro organismo.

No se trata solo de investigaciones científicas publicadas en papers, sino de libros de difusión masiva, columnas en diarios, notas y paneles en la televisión, difusión de programas en las escuelas. De ser un órgano silencioso en su cotidiana labor, el cerebro ha sido lanzado a los medios y escenarios a dar cuenta de sí mismo y de su fundamental y compleja tarea.

Las neurociencias, a su vez, han realizado aportes considerables para el reconocimiento de las intenciones de los demás y de los distintos componentes de la empatía, de las áreas críticas del lenguaje, de los mecanismos cerebrales de la emoción y de los circuitos neurales involucrados en ver e interpretar el mundo que nos rodea. Asimismo, han obtenido avances significativos en el conocimiento del correlato neural de decisiones morales y de las moléculas que consolidan o borran los recuerdos, en la detección temprana de enfermedades psiquiátricas y neurológicas, y en el intento de crear implantes neurales, que, en personas con lesiones cerebrales e incomunicadas por años, permitirían leer sus pensamientos para mover un brazo robótico (Manes y Niro, 2014).

Pese a todos estos avances,

(…) todavía no hay una teoría general del cerebro que explique su funcionamiento general ni sabemos cómo las neuronas y sus conexiones dan lugar ese proceso íntimo, personal, subjetivo que es propio de cada uno de nosotros al experimentar o vivir una situación dada (Manes y Niro, 2014).

Si esta última confesión fuera tomada verdaderamente en serio, tal vez debería haber un poco de moderación en esta inflación cerebral. Porque las múltiples investigaciones de las llamadas neurociencias dan resultados pocas veces concluyentes y suelen aportar mucho menos que lo que se traduce a su potenciada y no siempre bien encarada difusión. Porque en este ámbito los descubrimientos son imprecisamente traducidos del lenguaje científico al mediático o bien al político legislativo como hallazgos concluyentes, curas o leyes milagrosas. Sin la cautela para establecer correlaciones causales o certezas, los medios y la política se deslizan hacia expresiones propias de un lenguaje religioso o culinario buscando recetas, tips y formulaciones más propias del marketing que de aportes serios al cuidado de la salud o la mente. El cerebro es entonces volcado al escenario y dotado de “personalidad” propia y así configurado desborda su carácter de humilde y laborioso ente orgánico para pasar a tener un ser propio y variadas pasarelas de despliegue en la vida cotidiana.

Entonces se le piden al cerebro (como si pudiera responder…) explicaciones sobre diferentes procesos que abarcan no solo el pensamiento y sus funciones o disfunciones, sino también su rol en el amor, la felicidad, los aprendizajes, el rendimiento laboral, los deportes, la creatividad, la ética, la moralidad y la vida en general. Pedro Bekinschtein extrema humorísticamente su crítica a este estilo de transmisión diciendo que “el cerebro está sobrevalorado. Mucha gente vive lo más bien casi sin usarlo” (2015).

Ese descarrilamiento también se evidencia cuando se establece una equivalencia entre la pretensión de conocer más sobre el noble órgano (y nada hay de cuestionable en ella) y conocerse a sí mismo. “Pensar nuestro cerebro” (Manes y Niro, 2014) termina eludiendo la complejidad de pensarnos en tanto seres en situación y no en tanto entes orgánicos funcionales o funcionantes, por compleja que sea nuestra neuroquímica. Shakespeare retrucaba anticipadamente a la neurobiología con bastante fundamento cuando en La tempestad (1980) decía que “los hombres estamos hechos de la misma sustancia con que se trenzan los sueños”. No solo de neuronas vive el hombre.

En este contrapunto se evidencia una de las anteriormente confesadas limitaciones de las llamadas neurociencias, esto es el acceso a la singularidad. Porque si la neuroquímica puede explicar los miedos o angustias, las depresiones o delirios en general, no accede a ese nivel de singularidad que se pone en juego en un encuentro con un ser que sufre. Mis miedos son diferentes a los de cualquier otra persona, aunque ambos estén soportados por los mismos neurotransmisores y puedan mitigarse con los mismos psicofármacos. Esa singularidad es inaccesible a cualquier protocolo, entrevista o psicofármaco.

(...) El artículo completo se encuentra disponible en la Revista mensual de educación. Novedades Educativas, Febrero 2017.

Autor: Juan Vasen
Fuente: Revista nº314. Novedades Educativas. Edición Febrero 2017.

Colección 0a5



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