La escuela, un lugar privilegiado para el diálogo intergeneracional

Por Fernando Onetto.
Esta columna anticipa los contenidos del libro que se publicará en 2018 en la colección Noveduc Gestión.

Artículo de Fernando Onetto
Este artículo pertenece a la edición nº324/325 de la Revista Novedades Educativas. (Disponible en la Biblioteca Digital)


El gesto educativo básico consiste en un volver sobre el pasado propio y el pasado de la humanidad y, contrariando el lenguaje adolescente, recuperar lo que “ya fue”. Porque lo que “ya fue” sigue siendo. Como el que se inclina hacia la alforja que cuelga en su espalda, toma algo de allí de lo ya sabido y lo entrega a las manos de un niño o un joven para que ellos también vayan llenando de saber sus propias alforjas con lo propio y lo recibido. Cuando nos volvemos para revisar en nuestro depósito de saberes aprendidos nos encontramos con seres humanos que hicieron una entrega de sus aprendizajes. En mi opinión, no es posible separar la educación de la tradición, entendiendo tradición como un entregar (tradere) lo recibido. Educar no solo es un acercarse a los recién llegados, también es un volverse para rescatar a los que ya no están. La educación será siempre hacer válido y persistente un legado. La educación trascurre al interior de un universo de significados que, como el mismo cosmos, solo se constituyó en el transcurrir del tiempo. Si nuestra experiencia del tiempo se adelgaza en un puro presente, en un recomenzar que no tenga nada para entregar que haya recibido de otros, la educación estaría en problemas.

La tradición educativa en problemas
La cadena de tradición educativa hoy está en problemas. Y estos problemas no vienen principalmente de la desactualización científica y/o tecnológica de los contenidos. Tampoco tiene su causa principal en una inadecuación del formato escolar. Ni es la rigidez de los métodos pedagógicos suficiente explicación para que la cadena básica de tradición educativa esté obstaculizada. El problema de base, en mi opinión, es que las mismas etapas evolutivas parecen estar en camino de extinción. El niño, el anciano y el adulto van diluyendo sus rostros para dejar en el escenario social solo a diferentes modos de ser adolescentes. Los podríamos llamar adolescentes precoces (niños), adolescentes prolongados (adultos) y adolescentes tardíos (los ancianos). De ser esto verdadero, la educación se habría transformado en una tarea entre adolescentes. Esto no está ni mal ni bien, no tengo motivos para lamentar la desaparición de ciertos roles sociales del pasado. Lo preocupante es que este carácter contemporáneo de los actores educativos estaría sepultando la temporalidad como dimensión educativa. La educación sería hoy una tarea sin pasado. Adolescentes precoces, prolongados y tardíos coinciden en un mismo espacio compartido con los “adolescentes de verdad”. Pero nada de malo tampoco habría en esto. Podríamos estar ante un interesante experimento cultural de absorción de las etapas de la vida. De hecho, la humanidad vivió la mayoría de su historia sin verdaderas infancias y más tiempo aún sin una adolescencia como la entendemos hoy. Lo único que amenaza el hecho educativo es la descalificación de los saberes del pasado. Esta descalificación es una operación artificiosa porque todo saber tiene un proceso de gestación que lo liga a los saberes precedentes y de algún modo los asume, reformula o cuestiona. Pero, hoy parece que el primer gesto educativo, es decir el gesto reflexivo de volver sobre nuestros propios pasos para aprender, no goza de buena prensa.

Los años y la autoridad
En el párrafo anterior intentamos mostrar que sin el horizonte temporal el saber se vuelve incomprensible y la educación luce muy difícil. Pero también tenemos otra cuestión para pensar. Me refiero a la invalidación del argumento de los años como argumento de autoridad educativa. Me apresuro a aclarar que nadie podría sostener que solo el tener más años otorga esa autoridad. Sin embargo, no parece discutible que el educar a otros sea parte del rol adulto. Y para acceder a la adultez pareciera indispensable haber vivido algunos años. Una autoridad desconectada de la experiencia de vida sería una versión novedosa de la autoridad educativa. ¿Estamos también aquí embarcados en un experimento social? Nuestra jerga pedagógica nos reitera que la autoridad se construye y se legitima desde el reconocimiento del otro. Ni los años ni el rol son, entonces, suficientes para legitimar la autoridad. Puedo compartir esta idea, aunque me parece que no dice todo lo que habría que decir sobre la autoridad. No comparto el optimismo de apostar todo a que la autoridad se fundamente en las cualidades de las personas, en los buenos argumentos, el consenso y la negociación. Lo que deja afuera esta perspectiva es la necesidad de contar con algo relativamente incondicionado para poder ejercer la autoridad de enseñar. Y a mi entender enseñar es un gesto de autoridad.
Un modo sencillo de definir la autoridad es decir que la posee aquel que puede dar por terminada una discusión. Si no hay silencio, si no cesa la deliberación no se da paso a la toma de decisiones. En educación la decisión a tomar se puede resumir así: "seguiremos este camino que parece el mejor para ofrecerte aprendizaje”. Decidir puede implicar equivocarse, pero no decidir sería equivocarse con seguridad. Allí falta una autoridad. "Tienes que aceptar esta decisión que ya hemos discutido porque te lo digo yo que soy tu maestro, tu padre, o tu director y soy el que está a cargo". Esto es lo que funcionó hasta ahora. ¿Someteríamos a asamblea de niños las decisiones de un hogar? Tampoco corresponde hacerlo en la escuela. No desestimamos la delegación de decisiones en niños y adolescentes que, por ejemplo, el nuevo código procesal argentino establece. Pero no creo que el legislador estuviera pensando en diluir la responsabilidad de ejercer la autoridad que tienen los adultos que educan a los niños y a los jóvenes. Para ello deberán atreverse a poner punto final a la discusión. No estoy pensando que hoy los adultos sean cómodos y deserten de su responsabilidad. Más bien creo que estamos ante un desafío cultural más de nuestra época. Por otra parte, es bueno recordar que desafíos los hubo siempre.

La innovación y la educación
Pero hay también una interdicción a los años como proveedores de autoridad educativa desde la asombrosa capacidad de renovación que tiene la tecnología. Me refiero al impacto de la aceleración de los avances tecnológicos y su cultura de la obsolescencia. Los microtransmisores duplican su capacidad de almacenamiento cada dos años. Esto es ácido derramado sobre el valor del pasado como fuente de saber. Una obsolescencia indefinidamente acelerada se puede llevar consigo hasta la misma experiencia del tiempo. No solo la memoria del pasado se va volviendo irrelevante, sino también las anticipaciones del futuro. Los expertos no se atreven a decirnos, por ejemplo, cómo será el trabajo del futuro. La aceleración de la renovación tecnológica parece diluir las proyecciones sociales y esto a la educación le afecta profundamente.
El desafío de innovar pensado solo como demanda del mercado tiende a olvidar que el mismo concepto de innovación sería incomprensible sin lo ya sabido previamente. ¿Cómo puede alguien distinguir lo nuevo sin un conocimiento bastante exhaustivo de lo ya sabido? También se olvida que no hay innovación ex nihilo, desde la nada. Toda innovación se remite a través del lenguaje a lo previo. Lo innovador es una posibilidad escondida en lo ya conocido. En un mundo en constante innovación tal vez la tarea de la escuela no sea seguir el ritmo de la aceleración tecnológica, sino más bien ofrecer la pausa para apropiarse de conocimientos sólidos sobre lo ya sabido. Tal vez no haya nada más innovador que esto.

Conclusión
Hemos llamado la atención sobre la vinculación entre educación y tradición educativa, entendida como un gesto continuamente renovado que vincula lo ya sabido con los nuevos interrogantes que trae la experiencia histórica del hombre. La educación se instala donde se recupera la experiencia del tiempo humano. La vida se empeña todos los días en ofrecernos aprendizajes. Podemos haber vivido mucho y aprendido poco. Pero hay aprendizajes que no se logran solo con más esfuerzo sino también con más tiempo.
Como consecuencia de lo que he propuesto hasta aquí como reflexión surge esta idea: la educación muestra sus desafíos más profundos en la actualidad solo cuando se la lee en clave intergeneracional. ¿Cuáles son los modos de recuperar lo intergeneracional en la educación? Tal vez si encontráramos alguna respuesta prometedora a esta pregunta se abriría un claro para salir al encuentro de una educación mejor. Y nos evitaríamos el penoso espectáculo al que asistimos diariamente y nos presenta como novedosas experiencias educativas ya probadas en la escuela hace más de cien años.

Autor: Fernando Onetto (Ver perfil y libros)
Fuente:
Este artículo pertenece a la edición nº324/325 de la Revista Novedades Educativas. (Más información)
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