Mundos adolescentes y vértigo civilizatorio

Mundos adolescentes y vértigo civilizatorio



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Hoy en día en los sectores acomodados la adolescencia se prolonga indefinidamente para los jóvenes, y los mayores se adolescentizan con las cirugías, las cremas, las tinturas, las gimnasias, las vestimentas. En los sectores pobres tampoco hay infancia ni adolescencia: trabajo infantil, disgregación de la familia, desnutrición, analfabetismo, delincuencia, adicciones, estigmatización, reclamo del descenso de la edad de imputabilidad. En suma: exclusión social. Frente a ello, planteado como un flagelo social, la primera salida es la de recurrir a los saberes constituidos, y nada más cómodo que medicalizar, psiquiatrizar, biologizar, y reducir la solución del problema a más fármacos, más represión, más reclusión. Una vez más el saber psiquiátrico sirviendo de fundamento "científico" para el ejercicio del poder (represión). Contra esta salida fácil y terrible Marcelo Viñar, propone -con vehemencia y pasión- otra mirada de la adolescencia y de la exclusión social, como requisito científico y ético.
De lo que aquí se trata es de pensar desde el psicoanálisis, y en una fecunda interrelación con otras ciencias del sujeto, en el ámbito candente de lo cultural, las formas de crear (inventar) un campo de subjetivación para/con aquellos que han sido privados del acceso a una palabra fundadora. Por todo ello, y mucho más, considero este libro como esencial para pensar la adolescencia y el psicoanálisis en este mundo cambiante.
Palabras de Daniel Gil

Capítulo 1.
La mirada a las adolescencias del siglo XXI

Una perspectiva dialógica: transformación y no etapa
No al singular
No al determinismo lineal
No a la naturalización, sí a la construcción
No a la herencia positivista
El tiempo vivencial
El cuerpo
El espejo de los pares: las tribus adolescentes
Conductas de riesgo
Adolescencia y proyecto de vida
El adolescente aburrido y sin brújula. La exclusión
Toxicomanía y adicciones
Filiación, adolescencia y exclusión

Capítulo 2.
Vértigo civilizatorio


Capítulo 3.
Vida secreta, ensoñación


Capítulo 4.
Adolescencia y campo dialógico

¿Qué “objeto” miramos? ¿Cómo lo miramos?
Juventud y mundo de hoy
Psicoanálisis y ciencias sociales. Confluencias y diferencias
La mente, en su relación al tiempo y al relato
Interdisciplina y multidisciplina
Ayer y hoy en la cultura

Capítulo 5.
Violencia y marginalidad. Centro y margen

Violencia adolescente
Cultura adolescente
Actuaciones adolescentes: impulsividad auto y hetero destructiva

Capítulo 6.
Sobre trauma y vulnerabilidad


Capítulo 7.
¿Qué puede decir un psicoanalista sobre exclusión social?

Ciudadanía y subjetividad
La mente del “hombre superfluo”
Volviendo al tesoro de la memoria
La mente del marginado
Algunos fundamentos del Grupo de Palabra
La experiencia de sí mismo. El sujeto consciente de sí
Estamos hechos de palabras: “El narrador” de Mario Arregui

Capítulo 8.
¿Cómo pensar la condición de sujeto humano del tercer milenio?

Naturaleza humana y construcción de la subjetividad
Psicoanálisis y exclusión
Marginalidad excluida y potencialidad sociopática
Apostillas

Marcelo N. Viñar

Doctor en Medicina. Psicoanalista. Miembro titular y didacta de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Trabaja como psicoanalista, en la clínica, en la docencia y la reflexión teórica. Ex profesor agregado del Departamento de Educación Médica de la Facultad de Medicina (UDELAR). Coordina el Grupo de Investigación de Campo sobre Adolescencia Marginada y Menores fuera de la ley. Fue Presidente de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU); Presidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina (FEPAL); Representante en la Junta Directiva de Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA); Asesor del Consejo Nacional de Educación en temas de convivencia saludable y prevención de la violencia.

Foto: UDELAR (http://www.universidad.edu.uy)

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Con la expansión del conocimiento médico y el éxito en la erradicación de las enfermedades trasmisibles, la violencia pasó a ser la primera causa de muerte entre los jóvenes. ¿Cómo no preocuparse? Drogadicción, accidentes, suicidios y homicidios, conductas delictivas, auto y hetero agresivas dominan –en este mundo mediático– la primera plana de todo tipo de publicaciones. Entre la pubertad y los treinta años la muerte violenta ocupa el primer lugar en las causas de mortalidad y trunca vidas en el momento más fecundo y expresivo del ciclo vital.

No es este el enfoque que queremos adoptar como punto de partida, porque es un andarivel o un tobogán que nos conduce a la psicopatología, con las virtudes y excesos que esta disciplina de la modernidad conlleva, en su empeño por discernir la normalidad de la patología. Esta preocupación –tan necesaria y fecunda en medicina– no se adecua al objeto de estudio que queremos abordar porque desemboca en criterios taxonómicos que suelen distraer y sustraer lo esencial de la problemática. Pensamos, con Néstor Braunstein, que cuando se clasifican fenómenos humanos resulta necesario reflexionar sobre una epistemología de la clasificación, antes de sistematizarla y cuantificarla. La epidemiología informa y retrata el estado de las cosas y su magnitud; no tiene instrumentos para conjeturar el origen y la génesis del mal y semiotizar comprensivamente sus características. Clasificar y cuantificar pueden ser vectores del conocimiento, pero no sustituyen el pensar. Y nunca podemos dar por sabido qué es la adolescencia, qué son las adolescencias, ahorrarnos sus aristas enigmáticas y buscar, con rigor y penuria, los caminos para semiotizarla.

En este desarrollo nuestro empeño será restituir las adolescencias al campo de la cultura –cada sociedad genera el tipo de adolescentes que se merece– y aunque no somos antropólogos por formación, un imperativo del siglo XXI es que cada ciudadano sea –o intente ser– semiólogo o antropólogo de la época y lugar que le toca vivir; en su defecto, caerá en la patología del tedio o el vacío que asedian nuestro presente, el sinsentido del mundo que se habita y que lo alberga. Muerte de las utopías, dicen algunos pensadores del mundo contemporáneo, contrastando y oponiéndose a la debacle de las engañosas pero eficaces utopías sesentistas que desembocaron no solo en el derrumbe de ilusiones, sino en los cataclismos totalitarios y genocidas que marcaron de horror el siglo que pasó. La salud es el silencio de los órganos, postulaba Virchow en los albores de la medicina moderna, la eupnea y la buena digestión son silenciosas. Solo pensamos en la respiración o la digestión, cuando hay diarrea o hay dispepsia; el criterio de normalidad y patología toma entonces la plenitud de su vigencia. Como dice el Padre Mateo, el bosque que crece es silencioso, su presencia a veces solo se hace manifiesta por el ruido del árbol que cae. Tratándose de “adolescencias”, que llegan cuando ya estamos aburridos o fatigados del niño que gratifica con su aprobación nuestra sabiduría y disciplina, e ingresan a ese escenario que el saber popular ha llamado (sagazmente) la edad de la bobera, esto nos fastidia y predispone a solo ver y valorar, en el tumulto adolescente, aquello que es estridencia y desmesura.

Voy a arriesgar en este prólogo una autopresentación del autor, geronte respetable… cercano a partir.

Decir que he pasado la vida, me he ganado la vida, practicando una clínica de inspiración freudiana no agrega mucha información al lector, pero a mí me sirve para afirmar que esto no equivale a decir “soy psicoanalista”. Esto último remite a lo genérico de un oficio y lo primero me permite la coquetería de poner en relieve la singularidad de mi vocación y perfil.

Incapaz de apasionarme por el desarrollo teórico de mi disciplina –los modelos metapsicológicos, por los que mi tribu de pertenencia es tan ávida– he orientado mi interés y curiosidad hacia la interdisciplina. La lectura de José Pedro Barrán, de Daniel Gil, de Manuel Castells, de Zygmunt Bauman, de Hanna Arendt, Marie-Claire Caloz Tschopp, y la profusa y profunda literatura del mundo concentracionario, me han ayudado más en mi oficio y quehacer que muchos héroes de nuestro parnaso. Además este libro no surge sólo de la bibliografía consultada y del trabajo en la soledad de mi gabinete donde estudio, sino de la revisión de sucesivas charlas y conferencias, cuando en el intercambio con colegas, además de exponer, recibía, además de enseñar, aprendía. Distinguir el intercambio del plagio requeriría de la avezada técnica de Sherlock Holmes, y carece de interés. Lo que sí interesa de este origen es que pauta la importancia actual y candente del tema y de las dificultades para abordarlo. Me declaro, pues, más portavoz que autor –si éste es el que sabe o pretende saber–. Yo sólo me asumo en la intención de ir “a la carga” en un asunto que a todos nos desborda, nos tiene atónitos y perplejos; y como decía Paco Espínola, intento “sacudir la modorra” de un mundo adulto que se repliega en retirada y suele remplazar el necesario conflicto intergeneracional por una suerte de demagogia juvenilista.

Si bien el derrumbe del orden patriarcal trae el progreso, la emancipación y la libertad, una cierta resistencia produce, como enseñan las leyes de la dialéctica, una síntesis entre los contradictorios que no saldría a luz si no hubiera confrontación. Esta inquietud que nos anima es un modo de estar presente, a pesar de nuestra tontería o decrepitud.

Hay modos de razonar que pueden domesticar nuestra mente u obnubilar nuestra mirada sobre el adolescente. No se puede hablar sobre la normalidad de un torbellino, de un ciclón o un terremoto, que son metáforas justas que utilizamos cuando queremos referirnos a lo que la adolescencia le hace a nuestra vida psíquica. El desafío consiste en reconocer la originalidad singular de esta etapa que media la transición entre la infancia y la vida adulta. Por eso somos reacios a los estudios empíricos que solo privilegian las regularidades observables por encima de la detección de lo original o singular.

En la periodización de la vida, más que de tiempos cronológicos o franjas etarias, cabe subrayar para las adolescencias un trabajo psíquico transformacional a llevar a cabo, con sus logros o fracasos; estos se podrán llevar a cabo más precoz o tardíamente, según las características del individuo-sujeto, con las exigencias del espacio sociocultural en que ocurren.

Las pinceladas que preceden pretenden ser una justificación del título de este libro: la proscripción del singular “la adolescencia”. El singular haría referencia a una entidad reificable, cuyas cualidades y atributos estables se pueden describir y explicar en sí mismas, y el plural “adolescencias” –que apunta a la construcción cultural y social– a la subordinación a un contexto de tiempo, espacio y circunstancia, configurando una unidad
mínima e indisociable.

En otros términos, es exigible un enfoque dialógico, en el que se interrogue tanto la mirada como lo mirado; la posición y perspectiva del observador, el por qué y para qué observa, es tan importante como las características del objeto observado.

Hoy tenemos claro (casi como una verdad de perogrullo) que el mundo cambia de manera más acelerada que antaño, lo que implica un cambio en la producción de subjetividades. Y también es muy importante el hecho de que se han modificado los criterios y los procedimientos para entender e interpretar la realidad y sus cambios. Antaño buscábamos la especificidad de un método y la definición de un objeto de estudio para delimitar el territorio y el perímetro de nuestra investigación y acción. “Separar para comprender” –nos enseñó José Luis Calabrese– fue uno de los criterios normativos de la ciencia natural y de los paradigmas de la modernidad. La ciencia moderna logró así un progreso incalculable acumulando y sistematizando hallazgos. A las virtudes, logros y frutos de ese proceder le fueron siguiendo, como la sombra al cuerpo, sus límites y fracasos. La ansiada causa prínceps de un fenómeno pudo ser usada con criterio reductivo, inspirada en el postulado del determinismo universal, de un universo que, si no era transparente, debería serlo con el progreso del saber. Por consiguiente, los límites entre exploración científica, ideología y fanatismo se fueron haciendo difusos y algunas afirmaciones llegaron a extremos caricaturales. El uso mecanicista de ese determinismo se volvió insuficiente y el descubrimiento de causalidades caóticas y catastróficas derrumbó la ilusión de un mundo definitivamente transparente.

Donde antes regía la consigna de la pureza del paradigma –separar para comprender– hoy prevalecen la multicausalidad y los paradigmas de la complejidad que empujan a privilegiar la inter y transdisciplina en los procedimientos para explorar el mundo humano. Ya no se trata de descifrar lo real y aproximarse al ideal agustiniano de hacer coincidir lo real con nuestra comprensión (Adaequatio res et intellectus) sino la consigna de Leibnitz de “explorar mundos posibles”. La diferencia no es menor, casi la distancia entre un neurótico y un fetichista.

Volviendo al potrero específico de nuestro tema, tenemos la desmesurada pretensión de tomar posición no solo como psicoanalistas y médicos, sino apuntar a una antropología de la adolescencia. Es decir, empeñarnos en no anclar el tema en el referente psicopatológico del discurso médico (que siempre queda alineado en el eje de lo normal y lo patológico), sino tratar de vincularlo a las producciones inmediatas de la cultura, cuyos referentes y puntos de atracción son siempre múltiples y equívocos; con lo que perdemos en precisión pero ganamos en libertad. Esta oposición es riesgosa pero consciente, porque aunque este trabajo procure decir verdades, no es disponiendo de ellas, sino buscándolas, como se apunta o apela a un lector-interlocutor que no sea un convencido o un objetor, sino alguien que de la producción de coincidencias y discrepancias logre una controversia que nos aproxime mejor al objeto que queremos estudiar y comprender.

La elección del plural para “adolescencias” busca preservar la diversidad y singularidad de los casos, tanto en lo que remite al psiquismo (estructuración psíquica y/o construcción identitaria) como a los factores socioculturales que las configuran y modelan. Que la psicología se ocupe de los individuos y su intimidad y las demás ciencias sociales se ocupen de grupos, conjuntos y multitudes, fue una falacia que tuvo vigencia y que atendía más al dispositivo de trabajo y reflexión (y por tanto a calmar las perplejidades e ignorancias del investigador), que a atender la complejidad del objeto que abordábamos, al sujeto que alternativamente vive su intimidad y su vida pública, ambos espacios en constante ósmosis e interacción, como la membrana de una célula.

Toda psicología es psicología social; el otro siempre está como socio, modelo, adversario o enemigo, nos decía Freud en 1919. Y no sólo está, sino que su prioridad es determinante, nos modela y configura. La identidad humana no puede ser concebida como una serie más o menos exhaustiva de cualidades y atributos, y conducir a una mismidad identitaria autorreferida. La identidad humana solo puede ser pensada en relación, como paisaje de analogías y contrastes con otros humanos, y lo que observamos no son esencias, sino algoritmos de una perpetua variación.

Hoy los sociólogos y los psicoanalistas se leen mutuamente –al menos en las lecturas valiosas que vale la pena intentar– y se interrogan e interpelan. Es tan falsa la calificación de psicosocial como continuidad que desconoce lo irreductiblemente heterogéneo, como el cierre de fronteras que desconozca las mutuas interacciones y co-dependencias. Lo psíquico y lo social, esa zona crítica entre el mundo interior, íntimo y secreto, y los espacios compartidos en una cultura y sus instituciones formales e informales, son múltiples y decisivas y es, en nuestro tema, una zona privilegiada a explorar.

Esta obra no es el resultado de un plan preconcebido sino que fue construida a partir de notas de una serie de charlas y conferencias llevadas a cabo en distintos contextos académicos, como necesidad de dar cuenta de una experiencia en curso y su reflexión. Por ello el lector constatará la existencia de reiteraciones y juzgará si son fastidiosas o ayudan a la comprensión.

En otro aspecto, los destinatarios e interlocutores fueron a veces mis colegas (psicoanalistas) y otras tantas, educadores o estudiantes. Cualquier texto está marcado por las capacidades y límites de quien expone, pero el interlocutor imaginario a quien se dirige impregna y modela la forma de su escritura. He querido preservar esa heterogeneidad de registros para que sean manifiestas las dificultades en la transferencia de discursos. Cada tribu crea sus claves y dialectos, y cree que es el hegemónico y que todos lo entenderán. Construir un saber interdisciplinario es un desafío de la época.

Mi anhelo es que mi texto no sea “especializado” o hermético sino al alcance de cualquier profesional en ciencias del sujeto.

Este libro no es solo fruto de mi empeño, también es el producto de quienes me escucharon y padecieron, sus interpelaciones abrieron surcos y me ahorraron falsas rutas. A riesgo de omisiones quiero explicitar mi gratitud al diálogo permanente con mi mujer Maren Ulriksen y a la entrevista interminable que mantenemos con José Pedro Barrán, Daniel Gil y Gerardo Caetano.

En la recta final el desorden de mis anotaciones pudo lograr cierta coherencia gracias a la lectura minuciosa y a la paciencia tesonera de Martha Ulfe, Rosario Peyrou y mi editor Pablo Harari.

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