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Fernando Osorio propone una serie de conjeturas respecto de los destinos de la funci�n parental. Analiza el descr�dito de la palabra del adulto que oscila entre la omnipotencia y la impotencia, en relaci�n a la vivencia de autoridad y a la puesta de l�mites, dejando a los ni�os desprotegidos ante un mundo hostil. Recorre los modos en que se aceptan y naturalizan en la cultura moderna algunas transgresiones que resultan perjudiciales para la salud mental de un ni�o.
Tambi�n repasa algunos conceptos fundamentales de la psicolog�a: los procesos de constituci�n subjetiva, las etapas de la evoluci�n psicosexual, los lugares que un hijo puede ocupar en la constelaci�n familiar y en la fantasm�tica parental y el valor que tiene el circuito de la demanda entre padres e hijos.
Estas reflexiones se pueden transformar en herramientas para entender los motivos profundos de ciertos acontecimientos y para que los adultos comprendan las situaciones cotidianas de la infancia cuando deben tomar decisiones y actuar frente a determinadas encrucijadas.
Introducci�nCap�tulo 1.
El valor de la funci�n materna
Cap�tulo 2.
El lugar del ni�o como equivalencia simb�lica
Cap�tulo 3.
La represi�n del padre
Cap�tulo 4.
La vigencia de un mito
Cap�tulo 5.
La temprana manifestaci�n de la sexualidad infantil
Cap�tulo 6.
Los objetos del mundo del ni�o: la disarmon�a del objeto de satisfacci�n
Es necesario volver a pensar lo que se perdi� de la familia; revisar nuevamente los destinos err�ticos de la funci�n parental y analizar las consecuencias que generaron, en los ni�os y en los j�venes, esta p�rdida y este desequilibrio social.
Los docentes del nivel inicial se preparan para responsabilizarse de un saber hacer y de los efectos que produzca su intervenci�n, porque son los primeros adultos responsables de la socializaci�n secundaria. Pero, muchas veces, los desequilibrios sociales superan cualquier buena intenci�n y el educador se ve obligado a resituar no s�lo su intervenci�n, sino su saber, result�ndole dif�cil no ser tildado de conservador o liberal.
Para algunos hechos de la vida cotidiana de la escuela, siente que francamente no tiene los recursos. Los ni�os en la actualidad se cr�an sobre preceptos que la posmodernidad se cuestiona poco y nada: la decadencia de la autoridad paterna; el desequilibrio en los roles sociales de la justicia y la seguridad; la promiscuidad sexual; los consumos y los abusos de casi cualquier sustancia o mercanc�a. Estos imponderables se transforman en los par�metros sobre los cuales los ni�os de este siglo se identifican. Y son, precisamente, las organizaciones escolares del nivel inicial las que padecen prima facie este desequilibrio.
El rol maternalizado del docente de nivel inicial
Es esperable que un docente del nivel inicial se desentienda del imperativo categ�rico que lo coloca como �segunda madre�. La maternalizaci�n del rol es una consecuencia de la deformaci�n profesional, no importa el g�nero. Tanto una maestra como un docente var�n pueden maternalizar el rol y caer en el imperativo: segunda madre.
El ingreso de un beb� al jard�n es un movimiento subjetivo que tendr�a que poder ayudarlo a demarcar un l�mite, un territorio distinto. No es con una segunda madre o con un padre maternalizado con quien deber�a encontrarse. Las diferentes percepciones, los contrastes y las frustraciones suelen permitirle a un ni�o sano un progreso de su maduraci�n psicoafectiva que no hay razones para impedir, simulando que nada cambia. Es justamente desde la frustraci�n y la adaptaci�n a esas nuevas experiencias que el beb� y el ni�o peque�o podr�n cumplir con determinadas operaciones de separaci�n de su madre. En general, la experiencia indica que no lo favorece encontrarse con una segunda madre, indistintamente del g�nero del docente de inicial, que intenta reproducir, de modo renegatorio, una escena familiar o maternal.
Es el beb� quien llega a un mundo vertiginoso y cambiante. Es responsabilidad del adulto acompa�arlo para que pueda adaptarse a ese mundo; no lo contrario. Pretender que sea el mundo circundante el que se acomode al ni�o es presentarle una realidad que no coincide con la materialidad que lo rodea, con la que vivir� en un futuro. Los niveles de frustraci�n de los que se lo quiere preservar pueden llegar a ser finalmente mucho m�s da�inos para su psiquismo, debilitado por esta acci�n, cuando tenga que enfrentarlos.
Suelen escucharse, tanto en la consulta cl�nica como en las organizaciones escolares, madres que preservan esta conducta renegatoria para que nada cambie. Entonces establecen, por ejemplo, un �absoluto� silencio mientras �su majestad el beb�(1) duerme o come; mantienen en penumbras los sitios por los que circula; no le entregan el infantil sujeto a ninguna persona; no conf�an a nadie su cuidado; no pueden dejarlo; no pueden separarse; no pueden habilitar a nadie para que cumpla una funci�n que consideran imposible de delegar. Se hace evidente que son ellas las que no pueden dejar a los ni�os en el jard�n y postergan los per�odos de adaptaci�n hasta m�s all� de lo esperable.
Si las organizaciones escolares, en el nivel inicial, trabajan espec�ficamente la separaci�n gradual entre madre e hijo, para que pueda comenzar el proceso de socializaci�n secundaria,(2) nada m�s lejano ser� construirle un mundo ficticio, tal como el de segundo hogar o segunda madre.(3) Muchos docentes del nivel inicial se maternalizan en la relaci�n con las madres de sus alumnos. Suelen hacer alianzas sobre determinadas cuestiones atinentes a la crianza, favoreciendo y promoviendo al ni�o para que no se encuentre con frustraciones, tal como quiere su madre. Y justamente los docentes deben poner en pr�ctica esas acciones que frustran al ni�o y le muestran que el mundo no pasa s�lo por la relaci�n con su madre. Un ejemplo muy habitual se produce cuando una madre solicita al docente de su hijo que realice determinada acci�n que ella omiti� o no pudo hacer; cuando pide cierta complicidad para que el ni�o reciba un trato preferencial con relaci�n a los dem�s, o determinado acompa�amiento; a veces el pedido es ocultar alg�n error que la madre pudiera haber deslizado. All� aparecen algunos docentes de nivel inicial cubriendo, para que el ni�o no se frustre, con la excusa de que �l no tiene la culpa de la negligencia o la sobreprotecci�n de su madre. Y no advierten que est�n renegando una situaci�n que tiene que ver con la realidad material en la que vive ese ni�o, lo que es complejo para su psiquismo.
Resultar�a perjudicial para un beb� o un ni�o peque�o, f�sica y mentalmente sano, la postura que sostienen determinadas teorizaciones de la psicolog�a, de darle continuidad a la funci�n materna(4) dentro de la organizaci�n escolar. Especialmente las psicolog�as posfreudianas que responden a la psicolog�a del self, del yo, de las defensas yoicas. Todas estas teorizaciones apuntan al fortalecimiento de una estructura consciente que le permite al sujeto una supuesta autosuperaci�n de sus problemas. En general, toda la escuela inglesa y americana se alinea en este sentido. El origen tiene su fundamento en la psicolog�a conductista, luego la psicolog�a sist�mica y actualmente en las neurociencias y la neuropsicolog�a.(5) Estas formulaciones postulan que el sujeto sabe de s� mismo y tiene los elementos suficientes para hacer consciente lo inconsciente y poder superar las represiones primordiales. Responden as� a un criterio capitalista que tiende a reintegrar y rehabilitar a los sujetos al sistema productivo, puesto que un sujeto enfermo no produce y genera una p�rdida econ�mica al Estado. Para ello hay que implementar estrategias epidemiol�gicas que inserten a los sujetos enfermos nuevamente en el sistema, pero a cualquier precio. �sta es la raz�n del auge de la medicalizaci�n en esta �poca.
El jard�n de infantes no puede olvidar su categor�a de organizaci�n para la educaci�n. Y si bien los docentes de nivel inicial desarrollan acciones que pueden estar emparentadas con funciones familiares de crianza, tales como la higiene, la alimentaci�n, el sue�o o cualquier otro h�bito de la vida diaria, no se trata de una crianza familiar. Para esta �ltima est� la familia, la que tampoco deber�a perder esto de vista.
Algunas posturas te�ricas de la psicolog�a moderna sostienen que, si al ni�o se le ofrece algo muy diferente de lo que le brinda la madre, se atentar�a contra su psiquismo. Y es precisamente desde lo diferente, desde lo que no est� m�s, desde lo que no encaja exactamente, desde donde el ni�o progresar� en su desarrollo ps�quico.
Maternidad y maternaje
La noci�n cl�sica de maternaje sugiere que la mujer que se convierte en madre desarrolla instintivamente una funci�n de cuidado, una serie de procesos psicoafectivos con relaci�n a su beb�. Esta noci�n no contempla la ambivalencia como proceso psicoafectivo en la madre. Es decir, no avala, como conducta materna, el posible rechazo que una mujer pueda sentir por su hijo reci�n nacido o al que directamente no identifica como hijo. Tampoco contempla lo que le pasa a una mujer que da su consentimiento para dar en adopci�n a su beb� o a aquella mujer que puede dejar en una bolsa de residuos al reci�n nacido. Ninguna de estas mujeres desarrolla el llamado �instinto materno�, por lo cual no puede hablarse de instinto materno, ni de maternaje como acci�n psicogen�tica que se produce luego del parto, porque la noci�n de instinto no es selectiva en los animales inferiores, se cumple en todos los miembros de la especie.(6) Y si no se cumple es porque hay una anomal�a gen�tica o una mutaci�n. En el caso del abandono humano, no se ha demostrado tal anomal�a psicogen�tica, a pesar de los esfuerzos que hace la ciencia moderna para encontrarle, a todo, una explicaci�n medible.(7) La antropolog�a moderna, a trav�s de los estudios de g�nero, de notable actualidad en Latinoam�rica, ha podido reubicar esta noci�n.(8) Delimita la cuesti�n de la maternidad espec�ficamente a la capacidad de la mujer para gestar y parir y refiere como maternaje a la acci�n aprendida por parte del adulto con relaci�n a su hijo, en lo que hace al cuidado, la crianza y la responsabilidad que tienen sobre �l. Y lo novedoso de la propuesta es que no limita esta funci�n a la mujer.(9) Corresponde decir, entonces, que este aprendizaje psicoafectivo que desarrolla, o no, un sujeto luego del parto, con relaci�n al reci�n nacido, se cumplir� en determinadas condiciones. Estas circunstancias tendr�n que ver con el estado de salud f�sica y mental del sujeto que gesta y pare y de la salud f�sica y mental de quienes se transforman en el entorno de ese sujeto convertido en madre �prioritariamente del sujeto que cumpla la funci�n paterna�. Este �ltimo rol ser� el puente que se construir� entre madre e hijo para que puedan separarse y mantener distancia, pero seguir enlazados en el afecto.
Cruzada normalizadora
Dado que los docentes de nivel inicial son los primeros en encontrarse y tratar con las actuales transformaciones familiares, resulta importante detenerse a pensar el modo en que se presentan algunas familias modernas en el jard�n.
Desde estas p�ginas se intenta sostener una posici�n te�rica y �tica que est� siendo fuertemente cuestionada. La actual es una �poca en la que se intenta cuestionar todo.(10) Entre muchos otros, este cuestionamiento se refiere al intento posmoderno de equiparar los sexos.(11) Existe ante la ley una igualdad como seres humanos y existe una igualdad con respecto a los derechos y obligaciones como ciudadanos, tal como se sostiene desde las nuevas legislaciones, sobre todo a partir de la Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos (ONU 1948). Pero una cuesti�n muy diferente es creer que hay igualdad entre los g�neros respecto de la sexualidad y de las pr�cticas sexuales. El intento de equiparar y normalizar cualquier conducta sexual posibilita, entre otros aspectos de la cuesti�n, que los medios masivos de comunicaci�n hagan apolog�a de determinadas pr�cticas sexuales, como es el caso del travestismo. Del mismo modo, posibilita que ciertos grupos fundamentalistas pretendan la normalizaci�n de algunas aberraciones sexuales, como la pedofilia. De hecho un tribunal holand�s, en el 2006, se neg� a prohibir un partido pol�tico de ped�filos que pretenden, entre otras cosas, bajar la edad de consentimiento para tener relaciones sexuales de los diecis�is, como es actualmente en Holanda, a los doce a�os.(12)
En este libro expondremos aspectos de la conformaci�n familiar que pueden percibirse muy conservadores, porque sostendremos la necesidad de una conformaci�n familiar �tradicional� como punto de partida para la salud mental de un sujeto.(13) Esto quiere decir que se espera que haya:
1.�������� un padre que funcione como tal, poniendo l�mites a sus hijos y tomando a su mujer como causante de deseo sexual y de amor, y
2.�������� una madre que no abuse de su omnipotencia materna y que pueda nombrar a un hombre como el padre de sus hijos, a quien ame y en quien pueda apoyarse para criarlos, respetando la distribuci�n de roles que la cultura impone.
Esta moderna equiparaci�n de los sexos, sostenida por muchas agrupaciones civiles, no apunta s�lo a los derechos humanos, que por supuesto son incuestionables. Esta equiparaci�n termina planteando que cualquier presentaci�n sexual, por ser parte de esta cultura, es normal. Para algunos te�ricos modernos pareciera que da lo mismo que la funci�n materna o paterna sea cumplida por una mujer o por un hombre. Da lo mismo tener dos padres del mismo sexo que una madre soltera, o que dos mujeres al frente de una casa.
La realidad de la vida cotidiana, en muchos lugares del mundo, demuestra que los ni�os y los j�venes no se est�n criando con la salud mental que esa equiparaci�n posmoderna pretende.
El psicoan�lisis postula, tal como lo se�al�bamos m�s arriba, que lo instintual no existe en el humano, sino que todo su bagaje psicogen�tico se desarrolla seg�n el entorno de crianza. A partir de esta enunciaci�n, se ha desarrollado una corriente te�rica, de mucha pregnancia en la cultura occidental, que justifica cualquier conducta sexual calific�ndola como �normal�.(14) Esta corriente normalizadora de las conductas sexuales desviadas tiene muchos matices y representantes. Y, actualmente, hay un enfrentamiento entre te�ricos de las diferentes corrientes. Los posmodernos censuran a quienes sostienen que no da lo mismo cualquier conducta sexual, calific�ndolos de conservadores o moralistas.
No se trata de ser conservador. Se trata de no sostener, a ultranza, conductas y discursos francamente renegatorios. Si efectivamente la homosexualidad fuera natural y no una desviaci�n de la conducta, tal como lo afirman estos te�ricos posmodernos, la raza humana tendr�a se�alada la fecha de su extinci�n por falta de reproducci�n. Si efectivamente la reproducci�n y supervivencia de la raza s�lo se sostiene en la uni�n heterosexual, es porque algo �no natural� ocurre en la homosexualidad. No se trata de una opini�n homof�bica o discriminatoria. Nada m�s lejos en la intenci�n de este autor. Es fundamental respetar los derechos humanos y que cada sujeto pueda vivir como ha elegido. Lo que comienza a complicarse es que no se reconocen los l�mites que tiene esa elecci�n. Aunque se quiera renegar de esto, la homosexualidad no garantiza la reproducci�n ni la supervivencia de la raza. Para que una pareja homosexual pueda tener hijos deber� acudir a un partenaire del otro g�nero, aun a trav�s de la m�s alta tecnolog�a reproductiva, aun sin tener el m�s m�nimo contacto con el otro sexo.
La actitud renegatoria de algunos sujetos homosexuales no garantiza la salud mental de los ni�os que pudieran criar. Porque se los criar� desde la creencia de que se puede prescindir del sexo opuesto. Sobre todo en la pol�mica actual sobre la adopci�n. La renegaci�n es un aspecto del psiquismo humano que produce muchas alteraciones mentales. Es un concepto que el psicoan�lisis ha desarrollado para explicar la actitud que algunos sujetos desarrollan con relaci�n a la ley y a la normativa que los atraviesan en su inserci�n a la cultura. Sin esta ley y esta normativa no hay sujeto de la cultura; hay salvaje. Sin el extremo del salvajismo, la renegaci�n construye un tipo de sujeto que pretende desconocer la legalidad de algunos asuntos. Para el psicoan�lisis, la renegaci�n es el mecanismo que desarrollan los sujetos perversos para evadir la legalidad que lo atraviesa. Y si bien no le suponemos a la homosexualidad, ni al homosexual la categor�a de perversi�n o de perverso, sostener una vida homosexual criando hijos como si se tratara de una pareja heterosexual requiere sostener ciertos niveles de renegaci�n.(15)
Y no se trata de entrar en la vulgar pol�mica de si son o no roles culturales que puede cumplir cualquier humano. Por supuesto que el rol materno o paterno lo puede cumplir cualquier humano; de hecho, en muchas familias es as�: padres feminizados y maternales y madres omnipotentes, masculinizadas y fundamentalistas. No obstante, las consecuencias de esa alternancia pueden producir serias perturbaciones para quien reciba ese cuidado. Por supuesto que no da lo mismo, para un beb�, que la funci�n materna la cumpla un var�n y no da lo mismo que una mujer cumpla la funci�n paterna. Esta desviaci�n normativa y cultural tendr� como primera consecuencia una acci�n renegatoria sobre la formaci�n de ese sujeto. Y quien se cr�a en un contexto renegatorio muy bien puede incorporar ese rasgo como condici�n de subjetividad.
Si en una familia de padres heterosexuales, con roles invertidos, se producen severas perturbaciones en el psiquismo de los ni�os, no hay duda de que las consecuencias ser�an mucho m�s graves en una familia homoparental.
No se trata de pretender que un sujeto pueda cumplir mejor que otro una determinada funci�n o rol social, de lo que se trata es de no negar la diferencia sexual anat�mica de los sujetos que pueden cumplir esa funci�n; sin considerar la marca que imprime en un hijo esta renegaci�n.
Socialmente para un ni�o no es lo mismo presentar dos padres varones, o dos padres mujeres, a sus compa�eros de escuela. Esa presentaci�n est� hablando de algo. All�, en esa presentaci�n, se advierte que falta algo. �Qu� falta? Posiblemente, a la pareja de mujeres le falta el reconocimiento de que para tener al ni�o hizo falta un hombre. Y, en el caso de la pareja de varones, que hizo falta una mujer. Si hay algo que se intenta negar, en esta modernidad sexual de la igualdad, es la diferencia sexual anat�mica.
Corresponde, a esta altura, hacer un recorrido breve sobre lo que se denomina actualmente �cruzada normalizadora de las perversiones�. En estos �ltimos a�os, los medios masivos de comunicaci�n le han dedicado grandes segmentos al controvertido tema de la uni�n civil entre personas del mismo sexo. Esto ha ido generando otros debates: �se trata de una intenci�n normalizadora de las perversiones? Este debate no deja alternativas para una reflexi�n m�s a fondo. S�lo hay contraposici�n de argumentos detr�s de discursos moralizantes contra otros funcionalmente permisivistas y renegatorios. Ni la heterosexualidad ni la homosexualidad, ni ninguna otra condici�n sexual humana garantizan la felicidad, el bienestar o la salud. Lo que no se est� pudiendo pensar en esta discusi�n es, justamente, que los asuntos de la sexualidad humana no resisten el debate p�blico. Los mismos argumentos que se utilizan para destruir a una pareja homosexual podr�an ser utilizados contra una pareja heterosexual. La condici�n er�tica del ser humano, �ntima y privada, es violentada en nombre del �inter�s p�blico� y el debate social que son, por excelencia, los nuevos discursos de poder, posmodernos.
N�tese que antiguamente las fuerzas pol�ticas que regulaban las pr�cticas
sexuales en Occidente eran: el derecho can�nico, la pastoral cristiana y la ley civil.
Dicha regulaci�n no hac�a m�s que una violenta intromisi�n en la vida privada de las personas.(16) Hoy estas fuerzas han dado lugar a un discurso reivindicatorio de ciertas pr�cticas sexuales que, si se est� atento, deja nuevamente en aguas turbias la delimitaci�n entre lo p�blico y lo privado. El argumento hist�rico equiparaba las perversiones con un acto delictivo, ya que su expresi�n no estaba dentro de los preceptos y tradici�n judeo-cristianos. La desviaci�n sexual fue tomada por importantes juristas de los �ltimos dos siglos como el organizador ps�quico de un delincuente. La desviaci�n sexual se tom� como el potenciador o la semilla de toda una conformaci�n alterada y peligrosa de la conducta y del comportamiento, que s�lo merec�a un castigo ejemplar. El progreso de la t�cnica y la imposici�n de la tecnolog�a industrial violentaron mecanismos de poder pol�tico para controlar a los hombres en sus desviaciones (de cualquier naturaleza) con la intenci�n de rescatarlos como fuerza de trabajo y para disciplinarlos. Es decir, cambi� el escenario, pero no las intenciones.
Los tiempos pasaron y los mecanismos de poder se acomodaron a los nuevos tiempos. As�, los dispositivos de control social debieron provocar un giro normalizador en su discurso, dada la creciente oposici�n de grandes grupos sociales (aunque minor�as) embanderados en los derechos humanos y contra la discriminaci�n, a quienes se deb�a comenzar a incluir en los circuitos productivos, l�ase globalizaci�n. La desviaci�n sexual pas� a ser, en esta nueva ola discursiva, una �elecci�n de vida�. Los seres humanos pasaron a ser libres electores de su condici�n er�tica, sin importar los condicionamientos intraps�quicos y sociales de esa desviaci�n. La condici�n sexual del hombre, �ntima y privada, pas� a ser de �inter�s p�blico� y debate social.
�C�mo algo que fue cruel e injustamente castigado es ahora ensalzado? Tanto contraste no hace m�s que echar un manto de sospecha sobre cu�l puede haber sido en aquel momento y ser hoy mismo el inter�s pol�tico, econ�mico y social puesto en juego sobre estas minor�as. La llamada normalizaci�n es una m�scara que obtura la posibilidad de hablar del sufrimiento del hombre, de lo traum�tico, del dolor de su existencia, de su soledad frente a lo que verdaderamente no puede manejar. Imponer la idea de que la condici�n sexual de un sujeto es una elecci�n y de que, por esa raz�n, hay que respetarla y no conmoverla, es falaz. El punto oscuro de todo esto es si el sujeto sufre o no por esa �supuesta� elecci�n, y esto no es un debate p�blico, no debiera serlo. Hay un discurso pol�tico que opera detr�s del sujeto. O, mejor, que lo atraviesa y que lo piensa en t�rminos de producci�n econ�mica, sin importarle su subjetividad, su deseo, su sufrimiento. Esta vez no hay hogueras, ni censura, ni persecuci�n social. Esta vez, la llamada normalizaci�n (cruzada normalizadora de las perversiones) opera como un aparato de poder y saber que amenaza nuevamente con olvidarse de la dignidad del hombre, exponi�ndolo p�blicamente y forzando legislaciones sobre cuestiones que deber�an ser absolutamente privadas.
�Por qu� toda esta advertencia? Porque en el texto que sigue se advertir� un tono, el del autor, que podr�a considerarse del per�odo rom�ntico de la historia cultural del hombre. En las p�ginas que siguen hay un ideal que tiene que ver con volver a pensar lo que se perdi� de la familia, los destinos err�ticos de la funci�n parental y lo que gener�, en los ni�os y en los j�venes, esta p�rdida. No da lo mismo ser hombre que ser mujer, desde el punto de vista subjetivo, para un hijo. La sexualidad se construye desde la cultura y desde los ideales parentales. Estos ideales y normas no deber�an ser transmitidos desde una actitud renegatoria sobre los hechos, enmascar�ndolos en asuntos culturales o de derechos humanos.(17) Y, como dijimos, los docentes de nivel inicial, al ser los primeros que soportan el encuentro con la familia moderna transformada, deber�n estar preparados para ello.
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Notas
1. �His majesty the baby� es una formulaci�n de Freud en su Introducci�n del Narcisismo (1914, cap. 2): �His majesty the Baby, como una vez nos cre�mos. Debe cumplir los sue�os, los irrealizados deseos de sus padres; el var�n ser� un gran hombre y un h�roe en lugar del padre, y la ni�a se casar� con un pr�ncipe como tard�a recompensa para la madre. El punto m�s espinoso del sistema narcisista, esa inmortalidad del yo que la fuerza de la realidad asedia duramente, ha ganado su seguridad refugi�ndose en el ni�o. El conmovedor amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo redivivo de los padres, que en su transmutaci�n al amor de objeto revela inequ�voca su pr�stina naturaleza� (Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu).
2. Berger y Luckman (1968) exponen la noci�n de socializaci�n secundaria, que tiene lugar una vez producida la socializaci�n primaria en el se�o familiar, pero que prosigue a todo lo largo de la vida y que tiene que ver con la tarea de iniciarse en los roles propios de la vida social. Este proceso se pone en marcha cada vez que una persona entra en una situaci�n nueva y tiene que asumirla como algo que afecta su vida de manera estable y continuada, y que �est� mucho m�s bajo el control de la persona que la primaria� (en Berger, P. y Luckman, T., La construcci�n social de la realidad, Buenos Aires, Amorrortu, 1968).
3. Se pueden consultar much�simas opiniones sobre este tema en un Weblog: �Madre, padre, tutor o encargado. El lugar de los padres en la escuela de hoy�, en: weblogs.clarin.com/educacion/
4. Otros trabajos sobre el tema en �El proceso reproductivo. algunas consideraciones sobre el maternaje�, de Ignacio Gonz�lez Labrador, en Revista Cubana de Medicina (La Habana, 2001).
5. Sobre los avances de la epidemiolog�a neoliberal se puede leer: Sandra Yannuzzi y Fernando Osorio, Inteligencia y subjetividad. Encrucijadas de la psicopedagog�a cl�nica y del psicoan�lisis (Buenos Aires, Noveduc, 2006).
6. Acerca del amor maternal como naturaleza o cultura se puede consultar el trabajo de Banditer, Elizabeth: �Existe el amor maternal? (Barcelona, Paid�s- Pomair�, 1981) y tambi�n el libro: Banditer, Elizabeth, XY, la identidad masculina (Bogot�, Norma, 1993).
7.�Algunas investigaciones en Chile se�alan que el desarrollo de la funci�n de maternaje ser�a la expresi�n de un gen determinado y no un aprendizaje. Se puede consultar: Hern�ndez G., Guillermo; Kimelman J., M�nica y Montino R., Olga, �Salud mental perinatal en la asistencia hospitalaria del parto y puerperio� (Revista M�dica de Chile N� 11, nov. 2000).
8.��Yanina �vila, colaboradora del Programa Universitario de Estudios de G�nero en la UNAM, asegura que la asociaci�n actual entre maternidad y maternaje no es natural, sino que es una concepci�n cultural que deviene en el mito de que las mujeres �somos las �nicas responsables de criar a nuestros hijos�� (en Mujeres, maternidad y cambio. Pr�cticas reproductivas y experiencias maternas en la ciudad de M�xico, �ngeles S�nchez Bringas, Programa Universitario de Estudios de G�nero / Universidad Aut�noma Metropolitana-Xochimilco, 2003).
9.�Fern�ndez, Ana Mar�a, Los mitos sociales de la maternidad (Buenos Aires, Centro de Estudios de la Mujer, UBA, 1993). Y tambi�n otro libro de la misma autora: Las mujeres en la imaginaci�n colectiva. Una historia de discriminaci�n y resistencias (Buenos Aires, Paid�s, 1992).
10.�Sobre la tergiversaci�n que existe entre lo moderno y lo posmoderno y la decadencia que se intenta transmitir sobre los valores del humanismo se puede leer: Inteligencia y subjetividad. Encrucijadas de la psicopedagog�a cl�nica y del psicoan�lisis, ob. citada.
11.�Sugiero leer el debate que genera el psicoanalista Juan Ritvo, en su libro Del Padre, Pol�ticas de su genealog�a (Buenos Aires, Letra Viva, 2004), en torno a los derechos que reclaman los homosexuales a poder configurar un v�nculo id�ntico al de los heterosexuales, exigiendo poder adoptar hijos. Ritvo contesta a Elizabeth Roudinesco, quien, en su libro La Familia en desorden (Buenos Aires, Fondo de Cultura Econ�mica, 2003) declara la muerte de la autoridad y del patriarcado, y la agon�a conceptual del psicoan�lisis y su incapacidad para interpretar el presente hist�rico. Juan Ritvo se pregunta ��a qu� quedar� reducida la diferencia de los sexos? �No se fortificar� el poder materno hasta arrasar toda diferencia?�
12.�Se puede ampliar la informaci�n sobre esta nota del diario holand�s en: http://www.lukor.com/not-por/0607/17143654.htm
13.�Sobre los diferentes tipos de familia y sus transformaciones actuales se puede leer: Cl�nica de las transformaciones familiares, de D�borah Fleischer (Buenos Aires, Gramma, 2003).
14.�Muchos medios masivos de comunicaci�n hacen apolog�a, por ejemplo, del travestismo o la prostituci�n.
15.�Sandra Yannuzzi define renegaci�n como el �arrasamiento de la subjetividad� y destaca �la marcada vocaci�n del perverso por los discursos, la fascinaci�n que produce en el neur�tico el manejo admirable de la palabra. Los temas siempre son los mismos, la moral, la �tica, la est�tica y tambi�n sobre el amor y el deseo, sobre todo lo que contribuye a constituir los ideales que ordenan el comportamiento humano. Ejemplos nos sobran. De Sade hasta nuestros d�as en la repetida oratoria, en donde podamos localizar cada vez c�mo se afirma lo que en un mismo discurso se niega, sin siquiera rozar con el pudor o la verg�enza�� (publicado en http://www.psiconet.com/argentina/ameghino2002/renegacion.htm).
16.�Una nota de Santiago Kovadloff, en el diario La Naci�n (2003) fue inspiraci�n para alguno de los conceptos desarrollados. Sugiero la lectura de un p�rrafo que apunta a la responsabilidad de las religiones en la decadencia social de las familias: ��Voceros oficiales y semioficiales del catolicismo y del juda�smo no ocultan su inquietud ante las alteraciones que afectan a la familia. En ellas ven un s�ntoma eminente del deterioro de los valores que estiman esenciales. La proliferaci�n del divorcio y de los v�nculos homosexuales, la desorientaci�n de los padres ante sus hijos, integran el repertorio de ejemplos indicativos de la crisis espiritual que los desvela. Pero cabe preguntarse si no han sido tambi�n cristianos y jud�os los que han contribuido, a trav�s de los desaciertos sembrados por muchos de sus representantes, a que se ensanchara el �mbito de la actual incertidumbre familiar. Si la autoridad de los adultos se ha deteriorado, no hay por qu� descartar que entre ellos figuren curas y rabinos. Junto a la cr�tica de usos y costumbres que es preciso realizar, resulta indispensable un ejercicio radical de la autocr�tica extensivo a todos los �mbitos y sectores con responsabilidad social en materia de familia...� (el art�culo completo en La Naci�n on line: http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=552332).
17.�Dejar� abierto, para otra oportunidad, el debate de la adopci�n a cargo de parejas del mismo sexo.
Fernando Osorio
Psic�logo (UBA, 1989). Se desempe�� de 1992 a 2000 como coordinador del Equipo Interdisciplinario del �Programa de Rehabilitaci�n Psicosocial Infanto-juvenil para Menores en Conflicto con la Ley Penal� (Consejo Nacional del Menor y la Familia). Realiz� estudios de posgrado en la Facultad de Derecho (UBA) y en la Facultad de Psicolog�a (UBA). Actualmente es columnista en la revista Caras y Caretas que dirigen Felipe Pigna y Mar�a Seoane.
Recibi� el auspicio de la UNESCO para el dictado de su Seminario �Violencia en las escuelas�, actividad que realiza desde 2003 en la Facultad de Derecho (UBA) y fue declarada de �Inter�s educativo� por la Legislatura de la Ciudad Aut�noma de Buenos Aires y por la Comisi�n de Educaci�n del Senado de la Naci�n.
En 2009 presidi� el Comit� Organizador del �1er Congreso Internacional sobre Conflictos y Violencia en las Escuelas�.
Título: ¿Qué función cumplen los padres de un niño?
Subtítulo: Perspectivas psicológicas y modelos vinculares (74)
Autor/es:
Fernando Osorio
Colección: 0a5 La educación en los primeros años
Materias: Desarrollo emocional - Formación docente - Gestión educativa - Psicología infantil