Pinochos: marionetas o niños de verdad

Pinochos: marionetas o niños de verdad

Las desventuras del deseo


$ 1265,00


En cada capítulo del texto original de Las aventuras de Pinocho, Esteban Levin encuentra otra historia, multiplicada en interrogantes, ideas y reflexiones que desarrolla en este libro. ¿Cuáles son los misteriosos secretos de ese cuento devenido leyenda, mito? Pinocho, el muñeco de madera, ¿puede ayudarnos a comprender la actual experiencia infantil? Los pronósticos, síntomas y malestares de la niñez, ¿admiten ser repensados a la luz de la historia de este personaje?

Los niños –pinochos– se sublevan ante las certezas de los diagnósticos predeterminados. Se mueven, inquietos, apasionados, y nunca están en la misma posición. La condición infantil corporal los torna más vulnerables al otro y a lo otro; sin embargo, al jugar se protegen, piensan y, como es “de mentira”, crean otra escena. Se dan cuenta de que la fantasía puede ser real y, al mismo tiempo, lo real la limita hasta hacerla existir como escenario subjetivo. Damos lugar a lo imposible para que la escena propia de la niñez sea posible. En esta singular travesía, ¿seremos capaces de crear con ellos el espacio infantil, para que advenga la desventura del deseo?

Prólogo a la nueva edición, revisada y actualizada

Introducción

Capítulo 1
De cómo Maese Cereza encuentra un leño que habla


Ariel descubre el sutil valor de la demanda
¿Recibir a un niño, un leño o un diagnóstico?
La amplitud de la demanda
El comienzo de la gestualidad

Capítulo 2
Maese Cereza le regala el trozo de madera a Gepetto, que quiere fabricar un muñeco ideal


Los papás de Martín, desahuciados y angustiados por el supuesto diagnóstico están apesadumbrados, desorientados. ¿Cómo recuperar el espejo donde reconocerse en su hijo?
Padres: Incertidumbre y perplejidad
Vigilar y castigar a los más pequeños

Capítulo 3
Gepetto fabrica el muñeco y lo llama Pinocho


Juan usa el cuerpo y encuentra el placer en el movimiento corporal. Ambos comienzan las travesuras
La mirada que no ve
El uso del cuerpo

Capítulo 4
El encuentro de Pinocho con el Grillo parlante


Y el de Julián con el otro cuerpo
El pensamiento en movimiento
Plasticidad e imaginación

Capítulo 5
Pinocho tiene mucha hambre y necesita comida


Rodrigo y Carlos quieren responder al ideal de la cultura y buscan con el cuerpo alguna respuesta
Los niños más fuertes y débiles del mundo
Infancia, cultura y poder

Capítulo 6
Pinocho discute con el Grillo parlante


Agustín no siente dolor y pelea contra el diagnóstico
El rostro nos mira
El movimiento del dolor
Cuando Cenicienta se encuentra con Pinocho

Capítulo 7
Gepetto, por amor, renuncia a la comida y se la dona a Pinocho


Mientras, Luis toma distancia de los miedos y puede jugarla otra escena
Donde duele el dolor corporal
Los miedos carcomen la experiencia

Capítulo 8
El estado de excepción de Pinocho y Pedro


¿Cuál es la escuela para ellos?
Incluidos como excluidos

Capítulo 9
Una música brillante atrae a Pinocho. Vende su libro para satisfacer la curiosidad y saber qué misterio hay allí


Alberto encuentra un espacio donde experimenta y recrea lo que le pasa
El goce imaginario en la infancia
Re-crear sin hablar

Capítulo 10
En el teatro de títeres reconocen a Pinocho y festejan su llegada, pero aparece el titiritero Comefuego, el ogro


Fernando no puede reconocerse en ningún lugar. Busca denodadamente cómo hacerlo
El espacio de la complicidad

Capítulo 11
Comefuego, conmovido, decide perdonar a Pinocho, quien a su vez dona su madera para salvar a un amigo


Fernando confirma la alianza y defiende su guarida
Del uso del objeto a la alianza del sujeto
El hábeas corpus de la infancia

Capítulo 12
El gran titiritero Comefuego le regala a Pinocho cinco monedas de oro, pero el Zorro y el Gato lo engañan para sacárselas


Estela, supuestamente, está integrada e incluida. La escuela especial, ¿tiene que desaparecer?
Lo original del origen
La exclusión de la inclusión
La des-integración de Estela

Capítulo 13
Pinocho, en la posada del Camarón Rojo, sueña con los milagros


Claudio no quiere dejar de ser el único
El poder de Claudio frente al títere-ballena
La irrealidad de la escena

Capítulo 14
Los asesinos se apoderan de Pinocho, pero no pueden retenerlo


Víctor no sabe lo que tiene en el cuerpo, reacciona violentamente, nadie le habla de eso
Pinocho y Víctor en riesgo
Los muñecos también enferman

Capítulo 15
Los asesinos apresan a Pinocho y, para obtener las monedas, lo ahorcan


Pablo sobrevive al funesto diagnóstico
Cuando un diagnóstico inhabilita
El gesto inicial de Pablo
Los tiempos escénicos

Capítulo 16
La niña de cabellos azules usa su poder y recoge el cuerpo de Pinocho, pero… ¿estará muerto o vivo?


Rodrigo, Joaquín y Cristian están en el protocolo diagnóstico: ¿son objetos o sujetos?
Vivir o morir en la infancia
¿Los padres diagnostican?

Capítulo 17
Pinocho no quiere tomar remedios y, sin ellos, va a morir. Después, dice mentiras


Martín no está en condiciones de jugar, dialogar o mentir; ¿puede curarse?
Martín se mueve: los gestos demandan
De las cosas a los juguetes: el amor en juego
Representar, estereotipar, jugar
El destino de un niño no está prefijado

Capítulo 18
Pinocho encuentra al Gato y al Zorro y se decide: se va al Campo de los Milagros a sembrar las monedas


Leandro pone en escena la violencia y los temores que lo desestabilizan
Los niños y los adultos, ¿se clasifican igual?
Leandro y Pinocho juegan la otra escena

Capítulo 19
A Pinocho le roban el oro, quiere ser millonario. Sin embargo, va preso


Tobías, Marcos, María y Carlos están apresados en su cuerpo; ¿cómo liberarlos?
La experiencia fragmentada, ¿se unifica?
Las pistas para salir del encierro

Capítulo 20
Pinocho queda libre, va a la casa del hada, pero en el recorrido hay una horrorosa serpiente que se lo impide


Ezequiel, limitado en sus movimientos y para caminar, no encuentra el camino. El humor abre la posibilidad de un nuevo destino
El humor infantil y la representación
¿Qué Pinocho es Ezequiel?
El andador del deseo
La complicidad del humor

Capítulo 21
Un campesino atrapa a Pinocho con un cepo y lo obliga a ser un perro guardián


Clara, atrapada en un auto, no quiere ni puede salir. ¿Quién puede ayudarla?
Del llanto al gesto
El espacio dramático
Pasear: la demanda en acto
Los amigos juguetes

Capítulo 22
Al descubrir a los ladrones, Pinocho queda libre


Sol no puede separarse de su imagen, necesita encontrar otro espejo para reflejarse libremente
La imagen que devora
Los otros espejos

Capítulo 23
La muerte de la niña de cabellos azules conmueve a Pinocho. Una paloma lo lleva al mar y salta al agua para rescatar a Gepetto


Domingo Faustino no demanda nada, se mueve siempre de la misma manera. El goce carcome la experiencia. ¿Probamos renombrarlo sujeto?
El hijo del nombre
La postura estereotipada
La apertura de la gestualidad

Capítulo 24
Al llegar a una isla, Pinocho se encuentra solo, asustado, no sabe qué hacer. Triste, se dirige al pueblo de las Abejas industriosas


Víctor, Laura, Christian y Marcela pueden relatar los miedos que exaltan sus sueños. Al hacerlo, otra historia sucede
Los monstruos en sueños: las pesadillas
Los miedos y la interdisciplina

Capítulo 25
Para ser un niño de verdad, Pinocho promete estudiar y obedecer


Mauricio no puede jugar, se defiende y aísla hasta que encuentra el gesto potencial de la demanda, donde la angustia sin nombre deviene escena
El cerebro de un niño no es una máquina
El llanto de Mauricio
El movimiento gestual: la espera
La plasticidad de la escena: la red

Capítulo 26
Pinocho va a la escuela. Primero es discriminado, luego endiosado, después sale corriendo para ver al gran tiburón


Vicente no termina de integrarse, lo sacan de la escuela y los tratamientos. ¿Adónde puede correr?
Herencia e inclusión
La interdisciplina, ¿es posible?

Capítulo 27
Los guardias arrestan a Pinocho luego de una gran pelea con sus compañeros


Alejandro también pelea, golpea las cosas sin respuesta. ¿Será un posible llamado?
La respuesta de Alejandro
El toque sin eco
La apertura de la experiencia
Alejandro y Pinocho: ¿Homo Faber u Homo Sapiens?

Capítulo 28
A punto de ser devorado como un pescado, Pinocho pide clemencia


Los gestos de Sofía demandan ser mirados y escuchados sin el estigma que los define y clasifica
La historia infantil no se diagnostica

Capítulo 29
Después de varias peripecias, Pinocho vuelve a la casa del hada, que le promete transformarlo en un muchacho de verdad


Lorenzo des-cubre sus manchitas y puede jugar, preguntar y hablar de ellas
Las camisas del cuerpo
El duelo: la rebeldía de Lorenzo

Capítulo 30
A Pinocho le ofrecen ir al fantástico País de los Juguetes. Ambivalente, vacila


Juan Pablo no alcanza a comprender las convulsiones que padece. ¿Cómo hacer para soportarlas?
De la convulsión a la representación
El juego: un acto ético

Capítulo 31
Luego de cinco meses gozando en el fantástico País de los Juguetes, Pinocho se despierta con una desagradable sorpresa


Tomás sale del ritual y el pensamiento enlazado a la imaginación se juega en el escenario
Actuar e imaginar lo que no saben
El destino del azar
El ilimitado País de los Juguetes

Capítulo 32
Sorpresivamente, el cuerpo de Pinocho sufre una metamorfosis y se vuelve un burro de verdad


Graciela genera la musicalidad que cobra vida en la escena fundante
La musicalidad del silencio
El pentagrama ficcional: el calderón significante
Plasticidad en Pinocho y Graciela
Metamorfosis y memoria

Capítulo 33
El muñeco-marioneta convertido en borrico es vendido a un circo, pero en una función queda rengo y vuelven a venderlo, muy barato, para que hagan un tambor con su piel


La mano lastimada de Graciela, al dibujarse, acaricia el sentido que pintan los trazos
El toque musical
La intervención como bricolage

Capítulo 34
A Pinocho lo arrojan al mar, pero vuelve a ser un muñeco. Para salvarse, nada y es tragado por el gran tiburón


Graciela se rebela y pelea para integrarse a un grupo
La potencia de la integración
Identidad y diferencia

Capítulo 35
Dentro del tiburón, Pinocho encuentra a Gepetto. Ambos están atrapados. ¿Cuál será la salida?


La paradoja del rey Salomón tal vez sea una respuesta al problema de Claudia
Del manual a la experiencia infantil
Interrogar el diagnóstico: del organismo al sujeto
Ética: experiencia de un objeto o de un sujeto

Capítulo 36
Finalmente, Pinocho logra salvar a su padre y el cuerpo de madera lo abandona, pero… ¿podrá convertirse en un niño de verdad?


Federico se despide; ¿cuál será el próximo destino?
El espejo de Pinocho
¿Dónde está el sujeto?
La despedida en escena


Epílogo
De cómo los Pinochos no coinciden con la madera
La herencia y el cuerpo: el destino secreto
Bibliografía

Esteban Levin

Licenciado en Psicología. Psicomotricista. Psicoanalista. Profesor de Educación Física. Profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras, director de la “Escuela de Formación en clínica psicomotriz y problemas de la infancia” Es autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales.

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¿Cómo es ser un niño de verdad?

Este es uno de los interrogantes fundamentales que se despliega en estas aventuras. Pinocho va en busca de su origen; lo apasiona saber; la intensidad lo lleva a saltar al vacío y tiene que partir constantemente. Para eso, quiebra una y otra vez la seguridad de la familiaridad: miente y corre sin parar, abandona a su padre Gepetto, se arroja a la aventura, desconoce el riesgo… El deseo se despega de la madera e, infiel, se dirige hacia el siguiente nacimiento.

¿Cuál es la sangre que lo habita?

Por amor, Pinocho escapa; como todos, tiene una deuda originaria que saldar. Al mismo tiempo, en cada desventura, se va dando cuenta de que se trata de una pretensión imposible. Los niños-pinochos necesitan olvidar para recordar; la infancia dramatiza la experiencia de construir el pasado y, al unísono, este los constituye. Cuando no pueden hacerlo, no logran separarse del cuerpo, del diagnóstico, de la dificultad y se alejan de crear gestos, recrear imágenes y de poder jugar con ellas plásticamente.

Muchos de los chicos que aparecen en estas aventuras soportan la tristeza de ser considerados la madera descarnada de un déficit, un trastorno o un pedazo de cuerpo. ¿Qué sentido tiene el desapego de un niño triste? ¿Cómo puede sostener y sustentar la sutileza de una promesa (ser el hijo deseado), cuando intempestivamente aparece la obscena astilla de un síndrome que cuestiona la genealogía?

Pinocho, como cualquier hijo/niño, es la promesa pero también la decepción, la incipiente posibilidad de tropiezo, de fracaso y luego de frustración, al no lograr cumplirla. Cada vez más se acorta el plazo; es un ideal que se actualiza en los gestos, las palabras y los pensamientos.

Ellos, nuestros niños-pinochos, representan el linaje de los diferentes, excepcionales, anormales; son los que incumplen la promesa, cuestionan el ideal y defraudan la potencia indecorosa del progreso social esperado. Incluidos pero excluidos, pertenecen a la excepción del sistema, a la coartada siempre en el borde, en la frontera entre la angustia catastrófica por fragmentar cualquier espejo y el riesgo latente, imponderable, de la propia e inefable muerte.

Sin embargo, ni Pinocho ni los niños son la madera, el cuerpo o lo deficitario. ¿Cuál es su secreto? ¿Son un cuerpo?... ¿Lo representan?… ¿Existen en él?… ¿Dónde empieza y finaliza lo corporal?... Lo carnal, ¿envuelve al sujeto, a la identidad, el dolor, el ser? Tocar el cuerpo, ¿es tenerlo, poseerlo, imaginarlo, pensarlo, dramatizarlo? ¿Se acaricia un órgano, una marioneta, un deficiente, un diagnóstico, un pronóstico…?

La madera, la organicidad, lo diagnosticado, no se acaricia; de hacerlo, remitiría cruelmente a la cosa en sí misma, a la presencia del aroma mortal del anonimato: el sujeto queda excluido de él.

La caricia impalpable no va a la búsqueda de la temperatura y el contacto; no sabe ni conoce aquello que persigue; si lo supiera, no iría. Este desconocimiento es esencial: se fuga sin proyecto previo hacia un territorio sin cartografía ni contenido. La caricia es lo intocable del toque; no se tiene, se dona en el encuentro por el otro cuyo hallazgo inexistente, previamente, se halla en cada aventura.

¿Cómo nombrar la cruel densidad del aislamiento que sufren los niños-pinochos? ¿Acaso la soledad desolada no prefigura la voluptuosidad mortal de lo diferente? ¿Se puede integrar e incluir a un niño como un ser-cuerpo excepcional?

La infancia parte del desconocimiento y el no saber. Pinocho no entiende lo que es el dolor; en la primera noche de vida no solo se quema los pies sin registrarlo, sino que tampoco sabe qué es llorar. Los chicos, con el tiempo, se van dando cuenta de que los adultos también lloran y que incluso sus papás, que parecen muy seguros de sí mismos, no pueden evitarlo. De a poco, toman conciencia de la vulnerabilidad, comienzan a percibir la humanidad gestual del acto de llorar, no debido a un golpe, una lastimadura o un accidente carnal, sino por el dolor de existir siempre en relación al Otro y al deseo que lo invoca y convoca por fuera de lo corporal. Solo en este sentido los recuerdos duelen, alegran e historizan.

Los niños-pinochos representan la vitalidad móvil, paradojal e inverosímil de la experiencia infantil. Atraviesan la niñez entre la realidad y lo irreal, la seguridad y la incertidumbre, el placer y el dolor. En este contexto juegan; al hacerlo, inventan lo disparatado, el absurdo, el humor, la comicidad, la ironía, la mentira y la incongruencia propios de la creencia y la desventura, en donde despliegan y habitan lo sensible, sus afectos más intensos, rebeldes, arcaicos y originarios.

Cuando por cualquier motivo (miedos, síntomas, hechos traumáticos, pandemias que implican cuarentenas...), los pequeños no pueden poner en escena el cuerpo, el movimiento, lo corporal dramatiza la angustia y el encierro del sufrimiento. La experiencia se empobrece, opacándose hasta desligarse de la chispa infantil; la plasticidad estalla en sentido inverso, desliga y escinde peligrosamente la propia sensibilidad hasta perder la curiosidad. Frente a esto, buscamos relacionarnos con los chicos, recuperar lo infantil de la experiencia a través del acontecimiento que implica jugar, esencial para la puesta en juego de la plasticidad simbólica y la constitución de la subjetividad.

Los niños y Pinocho, frente al desamparo, encuentran una posible salida, no sin riesgo ni temor. Cuando pueden, intrépidos, se lanzan al campo de la ficción. Los chicos que aparecen en este libro sufren y no pueden jugar; para poder hacerlo, compartimos con ellos (como lo hacemos a través de las aventuras) la opacidad de la experiencia que producen, para poder, desde allí, establecer una relación, un “entredós” que nos permita descubrir el horizonte de la plasticidad lúdica. Entonces lo disparatado cobra vida a la par de la narración de Collodi, el autor de Pinocho. Hablamos con las cosas; los juguetes invitan a jugar; emerge la fantasía, el ritmo del lenguaje donde la materialidad, la imaginación y el símbolo transgreden y generan la potencia afectiva en un territorio temporal y espacial en el que pueden constituir y hacer uso de la imagen corporal.1

Como en todas las historias, en el encuentro con estos chicos es preciso atravesar desafíos: Pinocho es fiel reflejo de ellos.

Con los niños es necesario encontrar y consolidar puertas relacionales, detalles, variaciones que abran y provoquen acontecimientos, quiebres en el tiempo que rompan con el encierro defensivo de ellos y marquen un antes y un después de la realización.

En las narraciones se recurre a el hada azul, a varitas y polvos mágicos, a hechizos, a lámparas maravillosas, a encantamientos más o menos diabólicos; en nuestra práctica profesional apelamos a la ficción para salir del círculo reproductivo del sufrimiento, para romper la incredulidad y constituir la creencia, para apostar sin tapujos a lo impensado de un pensamiento por venir.

De esta manera re-creamos junto al niño la complicidad e intensidad de una nueva desventura, donde no todo está dicho ni prefigurado de antemano. A partir de ella descubrimos la natalidad de una nueva experiencia –imprevisible, originaria– tanto de la plasticidad neuronal como de la simbólica, donde nuestros niños-pinochos toman el cuerpo, la palabra y la imaginación escénica para ser y pensar como otros que les permiten ser ellos, no como una madera ni como un órgano, sino sujetos deseantes en la ficción del tiempo venidero.

Esteban Levin
Junio de 2020



Nota
1. Recuerdo en este instante, mientras escribo el Prólogo, uno de los ritmos infantiles de la primera infancia: “En la casa de Pinocho, todos cuentan hasta ocho, pin uno, pin dos, pin tres, pin cuatro, pin cinco, pin seis, pin siete, pin ocho”. Un juego corporal, rítmico y sensual, que nos permitía, sin darnos cuenta, apropiarnos del lenguaje y poner en escena la imagen del cuerpo a través del juego.

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