Jorge Larrosa: "El oficio de profesor tiene que ver con el amor"

Licenciado en Filosofía y doctor en Pedagogía.

Nuevo libro de Jorge Larrosa
Su última obra se presenta en conversación con Karen Rechia (Más información)

Jorge Larrosa es profesor en Universidad de Barcelona. Estudió en la Universidad de Londres y en el Centro Michel Foucault (París). Karen Rechia es licenciada en Historia por la Universidad Federal de Santa Catarina (Brasil) y se interesó, muy especialmente, en las maneras de hacer de profesor. (Ver perfil completo)

¿Por qué ese no-uso de la palabra alumno?
La condición de alumno es una condición administrativa y, digamos, posicional (como también es administrativa y posicional, al menos en primera instancia, la condición de profesor). Pero la obligación del profesor es convertir a los alumnos en estudiantes, es decir, hacerles pasar de la condición institucional y posicional de alumnos a la condición existencial y pedagógica de estudiantes. El profesor universitario trata con jóvenes, claro, trata con alumnos, desde luego, pero su deber, me parece, es tratar a los jóvenes y a los alumnos como estudiantes. Es posible que aún no lo sean, es posible que no lleguen a serlo, pero hay algo importante que depende de ese “como si”, de ese tratar con ellos “como si fueran” estudiantes.

Parto de una inspiración arendtiana para preguntarte si vas a abordar ese amor, que no es en absoluto un amor sentimental, bajo la óptica del profesor.

El oficio de profesor tiene que ver con el amor. Con el amor al mundo y con el amor a la infancia, entendiendo esta última como “novedad (en el mundo)” y como “capacidad de comenzar”. Tiene que ver con el modo como nosotros, que habitamos el mundo, recibimos a los nuevos, a los que vienen al mundo por nacimiento, a los que (precisamente por su condición de natales) tienen tanto la capacidad de empezar algo nuevo como la capacidad de renovar lo viejo.

¿Cuál es la relación entre docencia y oficio?
Si prefiero hablar de oficio y no de profesión es porque la palabra "profesión" está contaminada por la ideología del profesionalismo y de la profesionalización. Es ahí, a las profesiones profesionalizadas, donde se ha desplazado eso de las competencias, de las capacidades, de los saberes técnicos y de los modos de hacer expertos. Por otra parte, el oficio aún remite a la artesanía: a la materialidad del trabajo, a la tradición en que se inscribe, a la huella subjetiva del artesano que lo realiza, a su presencia corporal.

Me reconozco en eso de la indistinción entre lo que se hace y lo que es; en eso de que el oficio de profesor no tiene que ver con competencias, con técnicas didácticas o con resultados sino con serlo "de verdad" (sea eso lo que sea); en eso de que incorpora una serie de hábitos que constituyen un éthos, una costumbre, un modo de ser y de actuar, un modo de vivir; en eso de que el oficio debe ser ejercido con devoción, es decir, entregándose a él, respetándolo, y con un sentimiento no coactivo de la naturaleza de nuestro deber; en eso de que implica compromiso y, a veces, pelea; en eso de que el oficio de profesor implica cuestionarlo todo; y, sobre todo, huyendo de toda solemnidad y de toda grandilocuencia, me reconozco también en lo que el oficio tiene de ínfimo y de cotidiano, de algo que se hace cada día (y no en momentos excepcionales) y de un modo siempre menor, con gestos mínimos, modestos, casi desapercibidos, sin espectáculos
ni artificios.

¿Cómo ves el ejercicio de la autoridad en clase?

En “La crisis en la educación” Arendt habla de la crisis de la autoridad en el mundo contemporáneo. Y también en otros textos del mismo libro como “La crisis en la cultura” o “¿Qué es la autoridad?”. Y lo que viene a decir, respecto a la sala de aula, es que la autoridad del profesor descansa en otra autoridad, en la de la tradición, en la de la disciplina que imparte, en la de los textos que da a leer. Y que cuando esas cosas pierden su autoridad, la pierde también el profesor, y solo le queda el autoritarismo, es decir, la fuerza. O la persuasión si entendemos por ella su forma contemporánea: el profesor carismático, atractivo, presuntamente interesante, gracioso, buen comunicador, ese profesor que se luce a sí mismo, que concentra sobre sí el brillo, la atención y, por tanto, la influencia, ese tipo de profesor al que podríamos llamar, con Valeriano López, peda-gogó. Yo, desde luego, no soy de esos profesores. Y tampoco uso (o, al menos, no de manera consciente) la autoridad derivada de la posición institucional (el estúpido poder de aprobar o suspender). Creo que ni soy fuerte (en ese sentido) ni soy persuasivo (en ese sentido). Tal vez por eso mis clases transmiten a veces una sensación de esfuerzo, de tensión, de pelea incluso. Solo espero, eso sí, que sea una pelea limpia.

Fuente: Estas preguntas y respuestas son solo un fragmento del último libro de Jorge Larrosa. P DE PROFESOR (Más información)
Equipo: Jorge Larrosa y Karen Rechia (Ver perfil)


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