¿Pero qué quería o podía decir estar-juntos?

Por Carlos Skliar. Unas palabras para reflexionar de su nuevo libro "Mientras respiramos (en la incertidumbre)". ¡Una gran obra con ilustraciones!

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Estamos dentro de una interioridad a la intemperie, intocados, intocables, sin contacto, y los cuerpos son una incógnita que revelan todo el arte y todo el dolor de la proximidad y la lejanía.

Pero antes, mucho antes del distanciamiento social, la cuestión del estar-juntos se había vuelto un problema que remitía demasiado al lenguaje formal, a la suma y/o a la resta de cuerpos presentes, y mucho menos a la contingencia de la existencia misma: parecía ser apenas una negociación comunicativa, una presencia literal, física, material de dos o más cuerpos específicos puestos a dialogar y, entonces, a converger y consensuar obligatoria, irremediablemente.

Quizá la expresión estar-juntos obligue a una primera diferenciación: no disimular la distinción entre seres ni la contrariedad que ello provoca; si no hubiera contrariedad no habría pregunta por la convivencia; y la convivencia es tal porque en todo caso hay –inicial y definitivamente– perturbación, intranquilidad, turbulencia, diferencia, afección y alteridad.

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Estar-juntos supone, al mismo tiempo, ser afectado y afectar; porque estar en común, estar entre varios, estar entre distintos, como lo expresa Jean-Luc Nancy, “Es ser tocado y es tocar. El ‘contacto’ –la contigüidad, la fricción, el encuentro y la colisión– es la modalidad fundamental del afecto” (Nancy, 2007).

Este contacto de afección no es un vínculo de continuidad, no es el reflejo de una comunicación eficaz sino, sobre todo, un embate de lo inesperado sobre lo esperado, de la fricción sobre la quietud, de la existencia del otro en la presencia del uno.

Una buena parte de los discursos acerca de la convivencia –sobre todo, aquellos que pretenden capturar todas las configuraciones posibles de la relación entre nosotros y ellos, o entre lo mismo y lo otro, o lo idéntico y lo diferente– afirmaban el convivir, sí, pero a condición de que no se perpetuaran las embestidas ni las extrañezas y que el contacto se mantuviese a una distancia prudencial, matizada por palabras de orden como tolerancia o aceptación o reconocimiento del otro, quizá porque allí justamente no habría relación, sino un exceso de lejanía o indiferencia.

Esa distancia que se asume como distancia de altura o distancia de jerarquía es posible pero imposible a la vez, porque, como continúa diciendo Nancy:

(…) lo que el tocar toca es el límite: el límite del otro –del otro cuerpo, dado que el otro es el otro cuerpo, es decir lo impenetrable (…) Toda la cuestión del co-estar reside en la relación con el límite: ¿cómo tocarlo y ser tocado sin violarlo? (…) Arrasar o aniquilar a los otros –y sin embargo, al mismo tiempo, querer mantenerlos como otros, pues también presentimos lo horroroso de la soledad– (Nancy, 2007).

Es necesario detenerse un instante en la idea de distancia, en esa imagen que le confiere un sentido inmediato y manifiesto de desatención, desapego e incluso de absoluta indiferencia. Porque también hay una imagen de la distancia que marca el espacio común, lo que es nuestro en un cierto sentido, lo que no se aleja hasta volverse infinito, sino que crea un lugar donde las cosas puedan acontecer.

La convivencia con los demás se juega, entonces, entre un límite y un contacto con el otro que no debería perder su alteridad; sin embargo, ¿cómo sería factible ese deseo de dejar que el otro siga siendo otro? ¿Acaso la voluntad de la relación debe ser, siempre, voluntad de dominio y de saber/poder acerca del otro? ¿Qué límites de afección plantea el otro cuerpo, no ya apenas en su presencia material –es decir, el aquí estoy yo–, sino, sobre todo, en su propia existencia –esto es: no solo que estoy aquí, sino que yo también soy–?

Quizá la respuesta al enigma del estar-juntos radique en la palabra conversación, en una suerte de elogio a la conversación Sócrates se iba de su hogar y deambulaba todo el día por las calles. ¿Qué es lo que hacía exactamente el filósofo cuando salía de su casa?

Aparentemente, nada más que visitar ferias y plazas deportivas para conversar con las personas. Él era, por lo tanto, una especie de conversador que perdía el tiempo hablando con conocidos y desconocidos. En lugar de cuidar del hogar, de la mujer y los hijos, en vez de ejercer la profesión de escultor aprendida junto a su padre, en lugar de conducir una ordenada y atildada vida burguesa, Sócrates vagabundeaba y se dedicaba a mantener conversaciones inútiles con todo tipo de personajes.

Estas no son ni han sido épocas del vagabundeo o del ejercicio filosófico, sino más bien del “esfuérzate”, “empréndete” y, sobre todo, del “conócete a ti mismo”. Creemos saber muchas cosas de nosotros, es cierto, pero no las más esenciales o decisivas a la hora de contar una vida, nuestra vida, o la de cualquiera. Los jerarcas del cerebro nos están haciendo creer que lo que importa es la masa encefálica; ciertos gobernantes nos inducen al esfuerzo del inexistente trabajo al que incluso llaman digno; las empresas nos venden una felicidad hipotecada o a hipotecar; la mayoría de las publicidades imponen una familia heterosexual y un perro (mejor aún si es un golden retriever).

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El conocimiento de uno mismo se ha transformado en la clave para una supuesta vida mejor, escondiendo o disimulando un mundo horroroso. Pero queda claro, a poco de comprender, que esa vida es únicamente la individual, la propia, la apropiada, las vidas como propiedades privadas, a salvo de toda confusión con lo público.

Mientras tanto, se desconoce quizá lo más importante: en primer lugar, la simple existencia de los demás y, por más conocimiento que tengamos sobre nosotros mismos, lo que desconocemos será siempre mucho más vital. Conocernos de este modo, a partir de lo que desconocemos, no nos hace más sabios, pero sí más desnudos, tal como llegamos al mundo.

Ahora bien: conversar no es hablar dos o más personas sino hacer cosas juntos con el lenguaje; es tener la oportunidad de sentir o pensar algo por vez primera o de reelaborar una idea que parece haberse fijado como obsesión. Es lo contrario del lenguaje del decir por decir, del que ocupa el sitial del silencio, lo corrompe y lo malversa, pues todo naufraga a la hora de las presentaciones insistentes y de se yo soy que comienza el derrotero de la inminente separación, la anticipada despedida sin ninguna bienvenida a la vista.

Yo pienso, yo siento, me parece a mí, yo digo que, en mi opinión, para mí, es que yo, desde mi punto de vista, lo que yo creo, según mi propia experiencia.

La conversación se transforma así en un relato de prontuarios, diagnósticos y posibles tratamientos. La difícil complicidad silenciosa se ve aquejada por monosílabos bruscos, y no da paso al callarse para escuchar aquello que está antes, durante, después y aún después del después todavía. Pero el silencio no es lo opuesto a la conversación, sino el deseo de sobrevivir más allá y más acá de un lenguaje inescrupuloso: la mentira, el engaño, la adulación, el descrédito, el ufanarse uno de uno mismo, el retirarse otro a su absoluta alteridad. Como si en esa forma de la conversación ciertos subrayados se hubiesen equivocado completamente de texto y de líneas.

A los refugiados, exiliados, prófugos del hambre y de los misiles, no se les concede ninguna virtud e incluso se los rechaza en la puerta, se les niega el paso sin que puedan siquiera transformarse en visitantes ocasionales. No lo son, no lo han sido, no parece que alguna vez puedan ser bienvenidos en un futuro próximo; más bien todo indica que se recrudecerá la guerra desigual en medio de furiosos océanos. No hay conversación; el silencio es sepulcral, hablan siempre los mismos y mueren otros: también, siempre los mismos.

Pero al visitante ocasional, al recién llegado, al que está de paso y habla más o menos la misma lengua y aparenta medianamente una misma nacionalidad, sí que se le concede un poco más de tiempo. Como si su carácter provisorio, pero no la precariedad, le confiriese una forma respetable de escucha distinta, más desnuda quizá: se sabe que la polvareda de lo dicho no permanecerá, se irá con él donde quiera que vaya, y entonces desaparecerá el peligro de develar a los demás algún que otro secreto recién confesado.

Un desconocido encarna esa luminosa posibilidad, porque no abusaría ni relativizaría lo escuchado en nombre de un vínculo anterior. Porque a nadie le importa qué es de la historia del visitante, sino en tanto y en cuanto su presencia no juzgue en vano; porque las referencias a su propio mundo no interesan en absoluto y porque, al fin y al cabo, su vida anterior carece de toda importancia. Y, sobre todo, porque enseguida se dejará de escuchar.

De ese modo, la confesión se vuelve atractiva frente a esos recién llegados que se parecen curiosamente a los que ya estaban allí, verdaderos animales de escucha, portadores de veracidad, liberados del juicio permanente, relatos de una única vez. Como algunos personajes ciegos que en la mitología griega representan lo justo o lo verdadero y la adivinación de lo que vendrá, no solo porque no puedan ver sino porque no han visto con precedencia, ni sostienen la presunción de que haber visto algo sea ya saberlo de una vez y para siempre; al menos, hasta que no se cometa el pecado de hablar con quien no se debería o el de callarse cuando se exige la confesión.

En las conversaciones ocasionales no siempre se trata de uno y de otro; es más, da la sensación de que esas formas de la conversación son monólogos perversos que instalan a los exitosos por sobre los débiles o un paralelismo entre dos voces que nunca se tocan, que nunca se reúnen, como si se tratara de un desfile de dramáticas únicamente prolijas.

Nadie mejor que Walter Benjamin para describir la pérdida de la conversación: una libertad que se esfuma por el desinterés en el interlocutor, la sustitución del otro por la pregunta sobre sus posesiones, las condiciones de vida como único tema. Una pésima obra de teatro donde los actores están atrapados y deben representar, por cansancio o por desdén, siempre el mismo diálogo empobrecido; “La libertad de la conversación se está perdiendo. Así como antes era obvio y natural interesarse por el interlocutor, ese interés se sustituye ahora por preguntas sobre el precio de sus zapatos o de su paraguas, Ineluctablemente, en cada tertulia acaba insinuándose el tema de las condiciones de vida, del dinero” (Benjamin, 2002).

Uno puede callarse, uno debería callarse para que algo ocurra. Algo que sea de interés común y no de interés económico. En estos casos, no será el lenguaje solamente –sobre todo en su artificialidad denigrante, en su belleza abolida– un buen comienzo para mirarse a los ojos y saber si algo puede ser dicho o todo merece dejar de escucharse.

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Fuente: Fragmentos extraídos del libro "Mientras respiramos (en la incertidumbre)". > Más información
Escribe: Carlos Skliar (Ver perfil)

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