Infancias en estado de excepción

Infancias en estado de excepción

Derechos del niño y psicoanálisis


$ 475,00


Las instituciones no quieren ver lo que la infancia les muestra. Se procuran múltiples intervenciones para abordar la violencia infantil y adolescente, pero los adultos nada quieren saber de su complicidad con esa violencia. Cada uno —desde su singularidad— deja liberadas a las infancias a un desvarío sin límite… las deja en banda.
Era necesario contar con un texto que revisara lo que se dice y se juega alrededor de eso que llamamos “infancia”. Era necesario revisar, confrontar, desmenuzar los conceptos de infancia, niñez, menor, minoridad…, no sólo por una necesidad “académica”, la urgencia es “social”, es “judicial” y hasta “política”; y la autora no vacila ante el riesgo de cuestionar al establishment de “la infancia”, que la alude sobreentendida y casi natural. Este es, también, un libro novedoso por lo arriesgado de sus formulaciones, las que no se limitan a la mera enunciación y demostración; por el contrario, todo se sostiene en interesantísimos casos clínicos y relatos de la vida cotidiana.
Infancias desbandadas, desguarnecidas, con carencia o deuda de institucionalidad. Para decirlo contundentemente: infancias con eclipse de institucionalidad.
Extractado del prólogo de Marta Gerez Ambertín

Prólogo
Por Marta Gerez Ambertín
Introducción
Infancia, Derechos del niño y Psicoanálisis
Capítulo 1.
Infancias…
Capítulo 2.
La Ley y las leyes
Capítulo 3.
Escrituras de la ley
Capítulo 4.
Institución de infancia. Mistificación - Desmitificación
Capítulo 5.
Estado de excepción. Paradigma de gobierno
Capítulo 6.
Infancias en estado de excepción
Capítulo 7.
Infancia en falta de institución(es)

Mecedes S. Minnicelli

Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Doctora en Psicología (UNR). Directora de la Carrera de Especialización de Posgrado en “Infancia e Institución(es)”. Profesora adjunta a cargo de residencias en Psicología Jurídica (Facultad de Psicología, UNMDP). Directora del Proyecto de Redes Interuniversitarias “Infancia, Educación, Derechos de niños, niñas y adolescentes. Psicoanálisis y Ciencias Sociales I (2007) y II (2008) de la PPUA-SPU”, Ministerio Nacional de Educación, Ciencias y Tecnología, Argentina.
Autora de numerosas publicaciones nacionales e internacionales entre ellas del libro Infancias públicas. No hay derecho (noveduc libros, 2004). Compiladora y co-autora de Infancia e Institución(es) y de Infancia, legalidad y juego en la trama del lenguaje (ambos editados por noveduc libros, 2008).

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Infancias desbandadas
Por Marta Gerez Ambertín


“Es honra de los hombres proteger lo que crece…”.
A. Tejada Gómez


Me complace prologar este libro de Mercedes Minnicelli. Ante nada porque es un libro necesario. Era necesario contar con un texto que revisara la mayor parte de lo que se dice y se juega alrededor de eso que llamamos “infancia”. Era necesario revisar, confrontar, desmenuzar –como hace Mercedes– los conceptos de infancia, niñez, menor, minoridad… y no sólo por una necesidad “académica”, la urgencia de ello es “social”, es “judicial” y hasta “política”; y la autora no vacila ante el riego de cuestionar al establishment de “la infancia”, que la alude sobreentendida y casi natural.
Pero hay más aún: este es, también, un libro novedoso por lo arriesgado de sus formulaciones, las que no se limitan a la mera enunciación y demostración; por el contrario, todo se sostiene en interesantísimos casos clínicos y relatos de la vida cotidiana.
En efecto, desde el inicio Minnicelli destaca –con la necesaria insistencia y los tiempos lógicos de la reiteración– la hipótesis que recorrerá el texto. Hipótesis que atrapa al lector, ya que va acompañada de sólidas argumentaciones apoyadas en fragmentos sobre las infancias en la vida cotidiana, en lo público y lo privado.
La hipótesis central –que anuda todos los capítulos del libro– afirma:
"La infancia producida en estado de excepción genera por efecto refractario nuevas generaciones ´en banda´".
Ahora bien, es todo un hallazgo convertir a una combinación de anfibología y oxímoron en el centro del núcleo de un texto. Porque “en banda” es eso; por un lado, una cláusula de doble sentido, y por otro, una combinación de sentidos opuestos. “Banda” proviene del francés antiguo bande, bende, y este del franco binda: lazo, lo que queda claro cuando decimos que “Pedro forma parte de la banda de Juan”; sin embargo, si la banda de Juan expulsa a Pedro, decimos que “Pedro se quedó en banda”. Quedar “en banda” es quedar fuera del “lazo”, des-anudado, solo, aislado, excluido, silenciado. El texto de Mercedes mostrará cuán alto es, para ciertas infancias, el precio a pagar por permanecer en banda… para no quedar en banda.
Desde esta hipótesis se desliza la original deconstrucción –donde se vinculan discursos jurídicos, filosóficos y psicoanalíticos– que hace la autora de la pluralidad de las infancias. Infancias desbandadas, desguarnecidas, con carencia o deuda de institucionalidad. Para decirlo contundentemente: infancias con eclipse de institucionalidad.
Minnicelli tiene la cautela y la perspicacia de ubicar el significante “infancia” liado a la legalidad del lenguaje y a los vericuetos del deseo. Desde allí escruta ese significante en la múltiple variedad de sus significaciones y nos conduce, de manera ingeniosa, por los senderos de las infancias. En cada capítulo podemos descubrir las discursividades diversas sobre las infancias y, cuando ya parece agotarse su pluralidad, la autora muestra nuevas maneras de decir las infancias. Incluso en los intentos de decretar “el fin de la infancia”, esta renace multifacética.
Decía Barthes que, probablemente “la sociedad se resista a la semiosis, en un mundo que sería aceptado como un mundo de signos, sin nada atrás”, pero Minnicelli no sólo se resiste a ubicar la infancia y las infancias como un mundo de signos sin nada detrás, sino que trabaja denodadamente ese significante en su variable polisemia hasta generar en el lector la necesidad de comenzar por interrogar, cuando de la infancia se habla, de qué infancia se habla y con qué intenciones se hace. Infancia e infancias, los discursos sobre ellas no son nunca inocentes ni transparentes. De ahí que estén siempre sujetos a una resignificación que pende de las configuraciones sociohistóricas e ideológicas.
Cuando Minnicelli afirma que considerará la infancia como un término polisémico ya que, como significante, opera en el hablante en sus decires y silencios, no hace sino generar el necesario interrogante sobre los juegos de poder en el lenguaje y de las ideologías subyacentes. Así, va vinculando y separando infancia de niñez, niñez de menor y menor de minoridad. Parecen lo mismo, pero no lo son. Con sostenidos desarrollos que acentúan ora el logos, ora el pathos, la autora muestra los obstáculos ideológicos y epistemológicos que se juegan en esos nada ingenuos intentos de formularlos como equivalentes o sinónimos o de sobreentenderlos como tales.
Desde una minuciosa lectura de Freud y Lacan, por un lado, y de Agamben y Legendre, por el otro, insiste en que “infancia” se instituye por y en el campo del lenguaje; pero también que es preciso que la infancia instituida e instituyente sea atravesada por los dos tiempos de la operación de lenguaje: mistificación-desmistificación. Sólo así podrá ser legislada e instituida para encontrar el soporte simbólico-imaginario que bordee lo real.
Las contemporáneas infancias desbandadas mentan el eclipse de institucionalidad. Las infancias se muestran “sin límites”: niños y niñas transitando por diferentes escenarios –familiares, sociales, educativos y judiciales– dejan perplejos a los adultos –trátese de padres, docentes o profesionales– que, muchas veces, no saben cómo intervenir ante “la violencia sin límites” de la infancia, de la que son, sin embargo, cómplices. Violencia que hurta la palabra de unos y de otros. Los niños sólo hablan o intentan hablar con el cuerpo y los adultos se desbarrancan por la pérdida de la eficacia de sus palabras: desfallecimiento del Otro que desaloja a unos y a otros, que rompe los lazos (se des-banda) genealógicos porque se ha eclipsado la vigencia simbólica de discursos y prácticas en el estado de excepción que vivimos. Como resultado de ello, los procesos de subjetivación son atrozmente frágiles, tanto que suelen precipitar a la desubjetivación a falta de un Otro que brinde soporte a la ley.
Minnicelli destaca lo paradojal que resulta que, mientras por un lado se declama que vivimos en tiempos de los derechos del niño (el siglo XX fue declarado el siglo del niño), por el otro, en la primera década del siglo XXI, se registran hechos que rompen toda ilusión de su bienestar: alta mortalidad infantil y desnutrición, participación directa o indirecta de niños en conflictos armados, explotación sexual y laboral, prostitución, tráfico de cuerpos para la venta de órganos, etc. Como en muchos aspectos, se intenta ocultar –tras el exceso de declaraciones o de inflación legislativa– la falta de acciones concretas, de aplicación rigurosa de las convenciones que sobre niños y jóvenes han suscripto los países. ¿Cómo, si no, entender leyes como la 26.061 (sancionada en 2005 y reglamentada en 2006 y merced a la cual los niños pueden presentarse ante situaciones que los afecten de la mano de un abogado de niños que los asista para que se los escuche y se tenga en cuenta su opinión), cuando nuestro país es signatario de la Convención Internacional de Derechos del Niño que tiene casi veinte años? ¿No expresa esta reiteración esa ancestral práctica iberoamericana de “la ley se acata pero no se cumple”?
¿Cuál, entonces, la distancia entre el discurso que se proclama y la práctica efectiva en torno a los derechos del niño? Niños y adolescentes sujetos de derecho, pero sólo en su forma enunciativa, porque la realidad muestra otra cosa, y es que la suspensión de la ley en el marco del derecho se instala como regla y, desde allí, cobra fuerza-de-ley-sin-ley.
Siguiendo esos postulados de Agamben, la autora resalta la íntima relación de la anomia con la ley, la que se impone en sociedades violentas como las nuestras, en las que la ley sólo adquiere “fuerza-de-ley”, esto es: la ley, como acto legislativo válido y sus efectos jurídicos, se transforma en “fuerza-de-ley”, sintagma que alude no a la ley, sino a decretos extraordinarios que el Poder Ejecutivo está autorizado a emitir en casos de estado de excepción. En suma, si “hecha la ley, hecha la trampa”, la resultante no puede ser otra que la anomia que prima en las infancias desbandadas.
Así, en estos tiempos, “el estado de excepción” es la regla de la sociedad en la que el mercado ha sido erigido en el regulador supremo. Estado donde fuerza-de-ley y anomia terminan anexando la ley con la suspensión de su regulación social y jurídica. Fractura (o extrema posibilidad de ella) del lazo social… des-bande. En la sociedad del “sálvese quien pueda” nadie se salva, mucho menos los niños y adolescentes.
Mercedes ha tenido el valor y la sabiduría de no entramparse en las remanidas fórmulas del declive o la declinación de la función paterna (la que no habría que pensar como causa sino como consecuencia de sociedades cada vez más desiguales). Trabaja, en cambio, las paradojas de los Nombres-del-Padre, las paradojas de la ley, ya que la anomia brota del corazón mismo de la ley. De allí la importancia de su texto, que se interna tanto en los caminos posibles de la desmistificación de las infancias (dando cuenta de las operaciones simbólicas operativas para lograrlo), como en la mistificación de las infancias que, ubicándolas como “excepciones”, obtienen el espacio anómico en el que “todo se puede”… y terminan desbandadas.
Elocuentes los casos y viñetas que permiten hacer un seguimiento ameno de hipótesis tan complejas.
Una niña (Malena) es violada a las 13 años por su padrastro. Resultado de esa violencia es un bebé que acabará muerto en un hogar de tránsito. La niña, obligada a devenir madre, nunca será escuchada, nadie querrá saber de sus vejámenes, ni de la ausencia de causalidad que se juega en ella entre la violación, el embarazo y la presencia de un bebé que la obliga al ejercicio de una maternidad que no puede significar. El niño muere y, ¿paradójicamente?, toda la preocupación se centra en las causas de su muerte y no en la violación de la madre-niña y la complicidad de los adultos que la acallan. ¿Adónde han ido a parar los mandatos de la Convención de Derechos o la ley 26061 que manda a “escuchar” a los niños? Una fuerza-de-ley-sin-ley se impone. La nena es internada en un hogar de tránsito, queda desinstituida de lazo familiar (des-bandada)… pero todos se horrorizan por la muerte del bebé, un segundo crimen resultado del primero que nadie investiga. Sólo una niña desbandada cargará sobre sí ambos crímenes. Quien de nada es culpable ha devenido responsable de todo.
Este caso expone a cielo abierto la ausencia de la ley simbólica y el borramiento del Otro. Allí donde los niños solicitan ser vistos sólo reciben la mirada ciega que inflaciona el espacio anómico. De allí que el libro marque las diferencias lacanianas entre la mirada –como objeto a– y la visión –como campo del deseo del Otro– que hace lugar a la pregunta de los niños sobre el lugar que les cabe en el deseo de los adultos.
Otro caso elocuente de esa mirada ciega es el de Sonia, de unos siete años. Los padres, la escuela común y la especial a la que la derivan psicólogos y psicopedagogos la ubican bajo el rótulo de “retraso mental”, pero, en el consultorio psicoanalítico, Sonia procura –y obtiene– un lugar en el deseo del Otro. Entonces se verá a las claras –desde el deseo de la analista– que la niña tiene un “problema en la vista”: el especialista diagnostica una miopía avanzada que puede compensarse con lentes. ¿Final feliz? ¡Todo lo contrario! Se inicia una guerra de discursos donde cada implicado trata de desresponsabilizarse: la madre contra el padre, los padres contra la escuela, los especialistas “psi” contra otros especialistas, unas instituciones contra otras. La nena, “mal mirada” por todos, es dejada “en banda” –como dice Minnicelli–, tan en banda que, cuando puede poner en palabras que era abusada sexualmente por un amigo de la madre, esta hace una denuncia judicial que luego retira, como es retirada Sonia del análisis, quedando al descubierto que todos la querían tonta pues, ¿qué crédito dar a las palabras de una tonta? La nena había visto y hablado demasiado y tal vez por eso todos los sistemas, desde el familiar hasta el educativo y el judicial, la dejan en banda.
Las instituciones no quieren ver lo que la infancia les muestra. Se procuran múltiples intervenciones para abordar la violencia infantil y adolescente, pero los adultos nada quieren saber de su complicidad con esa violencia. Cada uno –desde su singularidad– deja liberadas a las infancias a un desvarío sin límite… las dejan en banda.
En banda queda Román que, no sólo padece desde los 7 años ser un “niño de la calle” la que se alterna con “hogares de admisión”, sino que finalmente va a parar a un hogar de internación de ¡régimen cerrado!, que es casi como decir: va a una cárcel para menores. En estados de permanente fuga encuentra en la calle un espacio menos anómico que en los lugares donde era encerrado. ¡Cuántas cosas están mal para que un niño se sienta mejor en “la calle” que en un internado! Pero esto es sólo el comienzo. Confundido en el informe policíaco con su padre –que mató a una hija luego de violarla, atrocidad de la que Román fue testigo a sus 5 años– se registra su “entrada” por “homicidio” y pasa a ser considerado inmediatamente un menor peligroso. Un error, de los muchos que se cometen en los informes policiales, periciales, judiciales, etc. (¿quién da crédito a las palabras de un niño… de un niño de la calle?), dejará a Román en banda.
Espacio anómico que habita el “niño de la calle” y el niño/adolescente del country en sus desbocados viajes de egresados; la niña pobre alojada en un “hogar de tránsito” y la niña rica que, para ser aceptada por su tribu, se someterá a terribles aniquilaciones; la niña de clase media rechazada por su madre y la escuela por “ver y hablar demasiado”; en suma, recortes, viñetas y casos clínicos y de la vida cotidiana que muestran infancias en su variedad y singularidad, todas ellas circulando en el espacio anómico en el que se han eclipsado los Nombres-del-Padre. Père-version del padre que goza con la mistificación de las infancias que le convienen, y que no puede desmistificar las infancias que debe salvaguardar.
Pero Mercedes hace más que conducirnos por los meandros del espacio anómico, tiene la valentía y la creatividad como para ir ofreciendo algunas claves simbólicas que acoten los espacios anómicos de las infancias en banda, para lo cual rehúsa colocarse como higienista, moralista o educadora de almas. Como psicoanalista que es, muestra que sólo la apelación al deseo es la brújula para no extraviar nuestra humanidad ni la humanidad que habita en las infancias.
El lector seguramente encontrará en las páginas que se apresta a explorar un camino novedoso para atravesar las infancias desbandadas; las propias infancias que lo asechan y ensordecen –como los gritos de la Erínnias– y las infancias de los prójimos que, una vez avistadas, producirán el temor, el temblor…, pero también el deseo de escrutarlas desmitificadas. Allí seguramente me asociaré a los lectores para pedir a la autora más preguntas y más respuestas sobre un tema tan acallado por muchos y tan bien tratado por Mercedes Minnicelli.

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