Maternidades, paternidades y adolescencias

Maternidades, paternidades y adolescencias

Construirse hombre y mujer en el mundo. Relatos a viva voz (83)


$ 470,00


Ser adolescente y ser madre o padre implica cambios y reestructuraciones de vital importancia en la construcción identitaria de un sujeto. Mucho se ha escrito sobre este “fenómeno” social. Pero ¿qué piensan y sienten los adolescentes que han recorrido este camino de construcción de parentalidad? ¿Cómo estructuran su subjetividad a partir de la mirada social que los rodea? ¿Qué oportunidades dicen haber tenido para criar a sus hijos en el pleno ejercicio de sus derechos? ¿Qué apoyo han recibido? ¿Qué obstáculos han enfrentado?
Este libro reúne testimonios y relatos de adolescentes madres y padres, participantes de una organización de la sociedad civil de la ciudad de Montevideo. Busca, así, darles voz y palabra a quienes han atravesado la experiencia y el desafío de dos crisis identitarias: ser adolescentes y devenir madres/padres en contextos sociales de pobreza.
Junto a la voz de los adolescentes, otros interlocutores dialogan con sus vivencias en un encuentro imaginario que pretende aportar líneas de reflexión que trasciendan visiones centradas en prejuicios y mandatos adulto-céntricos. De esta manera, el texto se constituye en referencia ineludible para aquellos que, desde diferentes lugares, asumen el desafío de acompañar y aprender de estas situaciones.

Prólogo
por Jason Beech
Introducción.
Parir palabras.
Andrés Peregalli y Yohana Sampietro
Capítulo I. 
Casa Lunas, escenario para desplegar la palabra.
Yohana Sampietro y Andrés Peregalli
Capítulo II. 
Relatos a viva voz. La mano escribe lo que el corazón manda. 
Adolescentes participantes de Casa Lunas
Capítulo III. 
El “cuidado” como problema público y político. 
En la encrucijada entre maternaje-paternaje e inclusión. 
María Cristina Chardon
Capítulo IV.
Academia, políticas e instituciones. Problemas en las miradas adultas sobre la maternidad y paternidad en la adolescencia. 
Javier Pereira
Capítulo V.
La palabra está viva.
Andrés Peregalli y Yohana Sampietro
Epílogo
Voces que construyen puentes.
Carlos Güida Leskevicius

María Cristina Chardón

Facultad de Psicología (UBA). Profesora Asociada Regular. Cátedra de Psicología Educacional I y Profesora Titular Ordinaria a cargo del dictado de Psicología del Desarrollo Departamento de Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Quilmes).

Ver más

Andrés Peregalli

Magister en Educación (Universidad de San Andrés, Buenos Aires). Licenciado en Ciencias de la Educación, Opción Investigación y Opción Docencia (FHCE-UdelaR, Montevideo). Integrante del Proyecto para la Ampliación de los Enfoques Evaluativos de la Calidad Educativa, IACE primaria y secundaria (UNICEF-CEADEL). Profesor adjunto en Cátedra de Educación No Formal (UCA, Buenos Aires). Integrante del Espacio de Investigación en Políticas de Educación No Formal (FHCE-UdelaR). Integrante de la Asociación Civil Casa Lunas (Montevideo).

Ver más

Yohana Sampietro

Licenciada en Psicología (Facultad de Psicología, Universidad de la República, Uruguay). Posgrado en Psicología Perinatal, Intervención en Crisis, Vínculo temprano y Psicoterapia Madre-Bebé, con mención en Maternidad en la Adolescencia (Instituto Ágora). Docente de la Escuela de Parteras (Facultad de Medicina, Universidad de la República). Docente y tutora en Posgrado en Psicología Perinatal (Instituto Ágora). Co-investigadora en el estudio “Prevalencia de la Depresión Materna en el Primer Año” (PNUD) y en el Proyecto “Mujeres sin Voz” (Escuela de Parteras, Facultad de Medicina, Universidad de la República, Uruguay). Integra el Equipo Técnico de la Asociación Civil Casa Lunas. Centro para madres, padres adolescentes y sus hijos.

Ver más

Javier Pereira

Doctor en Sociología (Universidad de Texas, Austin), con especialización en Desarrollo y Sociedad Civil. Graduado del programa de estudios del sector no lucrativo del RGK Center for Philantropy and Community Service (Universidad de Texas, Austin). Investigador y docente del departamento de Sociología y Trabajo Social (Universidad Católica del Uruguay). Responsable de CIVIS (Programa de Estudios sobre Sociedad Civil, Universidad Católica del Uruguay). Integrante del Consejo Académico del Instituto Superior Salesiano. Áreas de interés: sociedad civil, movimientos sociales, participación ciudadana, advocacy, incidencia pública, voluntariado.

Ver más

Un libro nace cuando es leído por otros, cuando se recorren sus páginas y se descubren sus silencios, sólo así toma la forma de quien lo piensa, lo lee, lo disfruta, lo critica. Un libro habla cuando alguien lo transforma en su equipaje, como ropaje o herramienta. Un libro es, cuando se cuela entre las grietas de las certidumbres y desde allí las interpela.
Al leer los relatos que constituyen el corazón de este libro, y los artículos y reflexiones que los acompañan, hay un tema que surge recurrentemente: el de la educación y los vínculos intergeneracionales. Este tema se juega de una manera particular en el caso de aquellos que son madres y padres en la adolescencia, pero, además, en los tiempos que corren, la cuestión de las relaciones entre generaciones y su vínculo con la educación tiene su complejidad para todos. La educación requiere, por definición, de una diferencia inter-generacional. Los adultos, los que ya están en la cultura, le transmiten a los recién llegados, a los niños, ciertos conocimientos acumulados en parte por ellos mismos y en parte por generaciones anteriores. De este modo, la cultura se conserva y a la vez se modifica a través de la educación. El conocimiento que adquirimos de “otros-mayores” nos proporciona los medios para orientarnos y operar en el mundo (Elías, 1994).1 Los adultos, al tener más experiencia de vida, tienen más conocimientos sobre cómo funciona el mundo y, por lo tanto, son quienes mejor saben qué necesitan saber los niños para orientarse e incluso qué es lo que necesitarán saber cuando sean adultos. Esta diferencia, entre el que sabe y el que no sabe aún, entre el que ha habitado y descubierto el mundo y aquel que necesita una guía para descubrirlo, es inherente al proceso educativo. En un mundo tradicional, esta lógica funciona más o menos bien. Un mundo tradicional es aquel en el cual existe un marco para la acción, basado en el ritual y la repetición, que permanece incuestionable. A la pregunta de “¿por qué lo tengo que hacer?”, la respuesta es “porque siempre se hizo así”. Por lo tanto, un mundo tradicional es en gran medida estable, con pocos cambios entre una generación y la siguiente. En esta situación, los que más saben acerca de cómo orientarse y vivir en el mundo son los que más tiempo lo han habitado: si la experiencia es lo que cuenta, los ancianos son los sabios.
En la actualidad, en un mundo post-tradicional, las relaciones entre generaciones se han complejizado. El rol de los adultos en la cultura ya no es lo que era. Tenemos la sensación de que vivimos en un mundo fuera de control, en el cual los cambios se dan tan rápido que se nos hace difícil seguirlos y adaptarnos. Esto hace que en gran medida los adultos estemos desorientados. No estamos seguros de que los conocimientos que teníamos acerca de cómo vivir sirvan en la actualidad. Pero, más aún, creemos que el mundo en el cual vivirán nuestros niños y jóvenes será tan distinto al actual que estamos desorientados en cuanto a cuáles son los conocimientos que ellos y ellas necesitarán en el futuro. Si es así ¿qué es lo que podemos y debemos transmitirles? Relacionada con esta desorientación de los adultos, aparece la desvalorización de la sabiduría de los ancianos. La juventud se ha convertido en un valor y la vejez en un desvalor. El espejo ha cambiado de manos y son los adultos quienes se reflejan en los jóvenes y quieren parecerse a ellos. Se constituye así, en cierta medida, lo que Mead (1971)2 llamó una “cultura prefigurativa”, en la cual son los adultos los que aprenden de los jóvenes. Esto, por supuesto, constituye otro gran desafío para pensar y poner en práctica el acto educativo. Los vínculos intergeneracionales también se ven afectados por los cambios en la concepción de autoridad a través de lo que Bauman (2002) llama un “proceso de individualización de la acción”. Ya no aceptamos la premisa de que tenemos que comportarnos de determinada manera “porque siempre se hizo así”. La tradición se ha replegado y necesitamos justificar nuestras prácticas a partir de la razón, lo que nos lleva a vivir de una forma más abierta y reflexiva. Si ya no aceptamos que la tradición funcione como una autoridad externa que nos diga qué hay que hacer ni quiénes tenemos que ser, se amplían las posibilidades para la acción y éstas pasan a ser infinitas. En un mundo lleno de opciones, lo único que no podemos dejar de hacer es elegir, tomar decisiones. Si no hay una autoridad externa que nos defina los fines, se genera un nuevo tipo de incertidumbre: no saber cuáles son los fines. Nos tenemos que preocupar por definir nuestros propios fines a partir de una evaluación de los medios con los que contamos.
A los adultos nos cuesta colocarnos en la posición de autoridad y decirles a los jóvenes lo que “tienen que hacer y ser”. Esto, por supuesto, tiene un lado muy estimulante, ya que las nuevas generaciones cuentan con un grado enorme de libertad y autonomía para decidir su propia política de vida. Pero la contracara de esta situación es que la responsabilidad, tanto del éxito como del fracaso, recae en el individuo. A él/ella le corresponde descubrir qué es capaz de hacer, ampliar esa capacidad al máximo y elegir los fines a los cuales aplicar esa capacidad. “Just do it”, “Impossible is nothing”, dicen las publicidades. Y si no lo puedes hacer es por “tu culpa”, porque no tienes las capacidades. La redención está sólo en tus manos (Bauman, 2002).3 Tener recursos significa tener libertad de elegir, pero, también, tener libertad de soportar las consecuencias de “elecciones incorrectas”. Éste es el recurso más valioso con el cual no todos cuentan. Asociado a esta cuestión aparece otro problema, con el cual se enfrenta el equipo de Casa Lunas, que es el de la inclusión, el de generar más oportunidades para quienes no las tienen. Esto también implica un compromiso con el otro, un valor que, en un contexto de individualización de la acción, no abunda. Este es el terreno complejo en el cual se juega la educación en la actualidad y es el terreno en el cual trabaja esta institución con los adolescentes que deben asumir el rol de encaminarse a la adultez siendo padres y madres. 
Pero, además, las madres y los padres adolescentes se encuentran en una posición bastante particular cuando se los piensa desde la lógica de la educación, el conocimiento y las relaciones intergeneracionales. Por un lado, no han llegado a la adultez, todavía necesitan ser educados. En ese sentido, la paternidad/maternidad complejiza y dificultad la adquisición de elementos que el proceso educativo transmite y con ello la posibilidad de tener los medios para orientarse en el mundo. Por otro lado, este “déficit” en su propia educación complica el proceso de transmisión de medios de orientación hacia sus hijos. Pero también es interesante notar cómo la paternidad/maternidad opera en varios de estos adolescentes como impulso para la formación y la adquisición de nuevos medios de orientación para la vida; de esto también hablan los relatos que contiene el libro que hoy nace. 
Los relatos de las y los adolescentes madres y padres destacan que encontraron en Casa Lunas un lugar en el que les dieron apoyo para poder experimentar su paternidad y maternidad con optimismo y con alegría. Reflejan que siempre hay alguien que les plantea que tener un hijo de tan jóvenes les va a “arruinar la vida”. Sin embargo, las experiencias relatadas en este libro son un claro ejemplo del poder de la educación, del cuidado y la palabra para cambiar el destino, para evitar lo supuestamente inevitable. En las palabras de los adolescentes se percibe claramente que han encontrado en esa institución una educación que les ha dado medios para afrontar los desafíos concretos que se les han presentado: proceso que, a decir de todos, se hace con ellos y no por ellos. 
En otras palabras, parece ser que Casa Lunas ofrece una educación para la vida que piensa en la persona en su totalidad. Este enfoque contrasta con lo que está ocurriendo en la educación formal. Como sabemos, uno de los problemas que tiene el formato escolar es la fragmentación del conocimiento y del individuo. La escuela como organización se encuentra atrapada en una lógica de la división del trabajo industrial aplicada a la educación, en la cual los niños, y especialmente los jóvenes, atraviesan experiencias educativas fragmentadas, definidas por los horarios, la división en materias que se presentan como escindidas entre sí, y con muy poca atención a la formación integral de la persona. Estoy convencido de que tenemos que rescatar en nuestras instituciones educativas la idea de educación para la vida. Un enfoque más integral de la educación nos ayudará a abordar de mejor manera los desafíos que nos presentan la inclusión, la complejidad de las relaciones intergeneracionales y muchos otros interrogantes que tienen nuestras sociedades en la actualidad. En ese sentido, celebro que se haya producido esta publicación que muestra los logros de una institución específica, pero espero sirva de inspiración para muchas otras.
Jason Beech
Buenos Aires, 2012

También le puede interesar

NE 276 Innovaciones y buenas prácticas / Problemáticas sociales y escuela


Kliksberg, Zolotow y otros
$ 115,00

NE 266 Netbooks en el aula y escenarios 1:1 / Madres y padres adolescentes


Kliksberg, Peregalli y otros
$ 115,00

Aprendizaje, sujetos y escenarios


Aisenson, Castorina y otros
$ 625,00

Psicología educacional como instrumento de análisis e intervención, La


Sánchez, Aizencang y otros
$ 470,00

Investigación diagnóstica con enfoque participativo


Cardarelli, Brawerman (coords.)
$ 620,00

Consultas

Destacados

Packs Vuelta al Cole